Hijos del vacío

Mi último regalo

Para ti,

Reina de mi pasado,

Recuerdo agridulce,

Para ti,

Que siempre te gustaron

Todas las historias que yo nunca escribí.

Esta historia es solo para ti,

Y que ninguna otra se adueñe de lo que te corresponde.

Prólogo – El origen

La oscuridad deslumbraba con su inusual apatía hacia la vida que allí habitaba, la cual transitaba por las calles de una ciudad desordenada, repleta de misterios insulsos que no aportarían más que una ligera intuición acerca de lo que iba a acontecer. Las luces alumbraban levemente las estrechas calles de la urbe, configurando una atmósfera brumosa, ocultando así, la esencia misma de lo irreal, de la fantasía más terrible y amorosa que jamás uno podría concebir. Supongo que no somos más que motas de polvo que recorren los ladrillos corruptos de un pasado que jamás ha ocurrido, olvidando que el tiempo no es más que un concepto novelesco que poco o nada tiene de verdad. Así empieza esta historia aburrida y poco novedosa, con una ciudad que siempre me despertó gran hastío y pesadumbre, un lugar de profundos recuerdos, de lugares bellos y gente correcta. Un bastión del amor, de la traición y de los buenos escritores. Allí estoy yo, sentado, con un cuaderno rojizo y un lápiz desgastado, corroído por los tachones propios de un poeta, de un narrador sin ideas, buscando en la noche algún retazo de personajes, de hombres dignos y mujeres valerosas. Sé escribir, o eso dicen, pero siempre acabo haciendo historias demasiado complicadas. Esta no es una de ellas, al menos no una de tantas que acaba perdida en el papel, más bien es un intento de bordear la realidad y colorearla con un blanco fantasía. En resumen, y sin desviarme demasiado, tan solo quería ser el director de una película que ya sabía cómo iba a terminar. Y ahí estaba yo, subrayando un nombre, sentado en aquel banco, sujetando mi paraguas, evitando las gotas de lluvia que se escapaban a la gravedad y mojaban dulcemente mi absurdo abrigo. Ahí estaba yo, contemplando con ojos de escritor una calle estrecha y poco iluminada, intentando distinguir la diferencia entre lo negro y lo oscuro, viendo más allá de lo superfluo, de lo material. Y fue ahí, en la nada más absoluta, en el callejón más recóndito y triste, donde un ruido cambió mi cuento, mi historia. Un ruido tan susurro que hizo resonar las invisibles cuerdas que sustentaban al sonido.

Yo agudicé la vista, agarré mis gafas y las limpié, intentando corroborar que lo que allí ocurría no era fruto de la refracción o algo similar, sin embargo, no era así, había visto bien, un portal se había abierto en las sombras de un reino sin luz, de un pasillo siniestro, dejando salir, sin mucho tardar, a un hombre desnudo, cansado, desgastado por su – aparente – largo viaje. Sus ojos, manchados por la sangre de un pasado convulso, atesoraban en su interior al mismísimo terror, encadenándolo a su iris como fantasma a su pasado. Yo observé, sorprendido, absorto, mordisqueando el lápiz cual niño asustadizo, castigado en una clase sin ritmo, sin creatividad. No necesitaba escribir, el cuaderno ya hacía el trabajo por mí, supongo que son cosas que pasan cuando encuentras en un objeto a tu alma gemela. El hombre, si es que se puede llamar así a un producto del vacío, se levantó del suelo despacio, tratando de coordinar sus piernas y asimilar que ya no estaba protegido por el manto de lo inexistente, sino que, ahora, estaba abocado a malgastar energía con cada respiración, con cada bocanada de aire, desperdiciando, así, un pequeñito fragmento de tiempo irrecuperable, a menos que…

Fue entonces cuando una hermosa chica, de pelo castaño y ojos miel, apareció por la calle que cruzaba, algo más iluminada, aunque tampoco demasiado, mirando con miedo hacia mi lado, asustada, pero incrédula, quizá no eligió bien el lado al que mirar, es algo que suele pasar, sino nunca pasarían cosas malas y el mundo sería demasiado aburrido. Tampoco me juzguéis, yo tan solo soy el narrador, aunque bueno, a la mierda, haced lo que queráis, así es esta era, suponed que realmente estaba ahí y que no hice nada por evitarlo, con tal, qué más da. El hecho es que ella estaba ahí, aterrada, acelerando el paso tras verme, yo tan solo la sonreí y la saludé con la mano, no pasa nada, dije bajito, moviendo los labios, cuando, sin previo aviso – lógico por otro lado – la humana criatura la agarró del cuello desde atrás, la giró sin pestañear, la elevó un par de centímetros del suelo y acercó muy, muy despacio su boca a la suya, sin tocarla, mirándola fijamente, saboreando su miedo, estudiando sus lágrimas, ahogando sus gritos con la mano, extirpando su alma con un beso sin roce, decelerando su ritmo cardiaco, vaciando su ser, despojándola de su innegable existencia y convirtiendo su cuerpo en carne putrefacta, agujereada por el tiempo. La dejó caer, sin remordimientos, observando como su cuerpo se retorcía en el suelo, acariciando con crueldad, con su pie, la pierna polvorienta de su presa, mientras, en la piel desnuda y humana del monstruo, la tinta comenzaba a dibujar una mancha que serpenteaba por su brazo. En ese momento, me miró, miró hacia donde yo estaba sentado, mostrándome lo que ocultaba tras el poderío de su mirada, la naturaleza oculta de un animal y fue, entonces, cuando comprendí que los humanos estamos demasiado acostumbrados a ser el cazador, a ser la especie dominante y, en realidad, nos hemos olvidado de lo que es ser víctimas de un poder natural mucho más ancestral, la herencia de lo perverso, del enemigo más antiguo de la luz.

Me miró y, tal como yo lo había entendido, él lo entendió, yo no estaba ahí para hacer nada, siquiera podía, tan solo era un cuentacuentos, tan solo estaba ahí para contar una historia, y la historia acababa de comenzar.

Capítulo 1 – Sombras del pasado

Enfrentarse a un cuaderno en blanco siempre es complejo, histriónico, desesperanzador, pues hay tanto que escribir y tan poco que acabar. No sabría bien por dónde empezar la historia, quizá todo sucedió tal cual lo voy a contar o quizá simplemente no sucedió, nadie lo sabrá nunca, ya que, por mucho que nos quieran vender que todo está estipulado, que somos fieles esclavos de las leyes del universo, en verdad, no somos más que animales egocéntricos que poco o nada entienden de lo que nos rodea. Él, nuestro compañero de viaje, el que será nuestro amigo durante el transcurso de esta historia, estaba sentado, apático, en el suelo de un aeropuerto masificado, vislumbrando como las tiendas bordeaban la media luna que hacia la blanquecina estructura, imaginando, en su interior, como sería si los humanos no se vanagloriasen tanto de su ingenio y abandonaran el consumo, quizá todo sería  demasiado aburrido, a la par que hermoso, pues, aunque creamos que sí, muchas veces lo bueno y lo emocionante no van siempre de la mano, al igual que la belleza, en mayor o menor medida, nos aboca al desastre.

 

Yo, sentado frente a él, dibujaba en mi cuaderno su imagen, su rostro níveo y su piel sin defectos, sazonada con una recortada barba que agudizaba aún más sus virtudes. Sus ojos, sin embargo, nos abrían las puertas al horror, a la desesperación de los hombres, al fracaso de lo perfecto, de lo correcto, encontrando en su ensangrentado gris el único motivo que nos induciría a huir despavoridos de él, contrario al resto de magnetismo que despertaba. Su cuerpo, esculpido en blanca piedra, denostaba una pasión desmedida por la violencia, por la soberbia del dolor, pero, frente a todo, en constante conflicto con la belleza, lo más llamativo de su físico lo encontrábamos en los tatuajes que recorrían su piel, sin vergüenza ni arrepentimiento, sin imágenes claras ni simbolismos manidos, simplemente tinta que cubría, cual río la tierra, su impecable físico, ensuciando así, la carne concebida.

 

Levanté la vista para dar un último retoque al retrato que con tanta generosidad y desconocimiento me había inspirado aquel hermoso hombre sin defecto aparente, intentando captar aún más su personalidad despectiva, su banalidad, su apatía preconcebida hacia el mundo que le rodeaba, gracias a una de sus mayores virtudes, su inexistente miedo a la muerte. Se recostaba, apoyándose en una de las columnas, sin temor a ser juzgado, sin pavor a la opinión de todas aquellas personas políticamente correctas, temerosas de la opinión, culpables de no ser valientes, de vivir castradas en un mundo que las esclaviza sin remordimientos. Entonces, sabiendo que yo lo miraba, intentando seducirme con sus actos, con la única finalidad de que yo contara la historia que estaba por ocurrir – o ya había ocurrido – sacó de su bolsillo una libreta bastante similar a la mía, de color negro, astillada por el roce, con una fina cuerda que servía de cerrojo a sus pensamientos, a sus poemas más insulsos. La abrió con especial cariño, pues hasta los demonios son capaces de amar, de construir castillos con palabras que protejan e inspiren a las personas que, pasionalmente, se adentren en sus dominios. Cogió el desgastado y diminuto lápiz de madera que permanecía oculto en el interior de la libreta y se dispuso a escribir un par de versos que culminarían en desastre:

 

“No hay dragón que queme con su fuego,

El desastre que ha creado el hombre”.

 

Os podéis hacer una idea de lo que sentí en ese instante, su belleza había trascendido a lo físico, su desprecio hacia lo humano, hacia mí y el mundo, había conquistado, por unos segundos, el corazón de un mero escritor, de un vagabundo de las palabras, el cual, terco, se disponía a contar una historia que nunca vivió, en la que nunca estuvo y que solo tenía cabida en algún lugar oscuro de su imaginación. Yo, que no podía ser visto ni escuchado, tenía acceso a cada uno de sus pensamientos, a la totalidad de su tiempo, de su espacio, podía verlo y escucharlo todo sin siquiera pestañear, y, eso, sin duda, era lo más mágico, pues podía verle cada instante de mi vida, daba igual el momento, solo con la ilusión de que, en algunos instantes, breves, él mire hacia mí, atravesando la materialidad de mi ser y me sonría, pese a que, posiblemente, estaría sonriendo a su futuro amor, a la mujer que dará vida a una historia, cuanto menos, ajetreada.

 

Una vez plasmó la idea que tenía en su cabeza en el papel se levantó con desgana, fijándose en la pantalla a la hora que comenzaba el embarque, proyectando en su cabeza la paz que lo envolvía, el futuro que le esperaba. Caminó cansado, dirigiéndose hacia la puerta que lo haría volar hacia su nueva vida, una vida que dejaría atrás todo un pasado de excesos innecesarios y realidades borrosas, de mujeres fugaces y corazones quebrados. Un lugar donde por fin poder reencontrarse con lo que hacía mucho tiempo había venido a buscar a este mundo de placeres mundanos y caminos sin destino. Caminó sin miedo a perder, sin miedo a ser menos que cualquier ente que transitaba por un mar de desesperanza, que viajaba, a veces alegre, por una canción llamada viaje, y llegó, tarde como siempre, a su destino escrito. Mostró su billete, entregando previamente su tarjeta de identidad y, con un desprecio rutinario de la azafata, entró en un avión repleto de personas sin una idea clara de la felicidad. Yo lo seguía, con mi abrigo, mi paraguas y mi cuadernillo de notas, intentando no perder las viejas costumbres de los escritores, los cuales siempre quieren llamar la atención sin ser vistos. Él, por otro lado, era muy observador, ponía el foco en cada uno de los humanos que, algunos temerosos, otros ilusionados, habitaban en ese hogar con alas, en ese maravilloso navío aéreo. Yo podría ver, a partes iguales, el interés de aquellas inocentes criaturas, su temor e interés por la bestia de los ojos ensangrentados, digamos que tenía el mismo poder de atracción que de repulsión, bastante habitual en los de su especie.

 

  • ¿Puedo sentarme? Tengo ese asiento de ahí – preguntó y afirmó a la vez al corpulento hombre que impedía el paso, y que, por desgracia para él, estaba sentado a su lado.
  • Sí, sí, claro, dame un segundo – y tras varios minutos perdidos, el hombre consiguió apartarse, recolocar sus cosas y dejar paso al hombre que nos compete, el cual se sentó al lado de la ventana y miró distraído, a lo lejos, la ciudad que tanto asco le producía, despidiéndose con la mirada de ella, dejando atrás un pasado elegido, borroso e innecesario.

 

El avión no tardó en despegar y dejar su fantasmal estela en el aire, propio de los que no están acostumbrados a marcharse sin más, sin dejar su rastro, aunque sea solo una huella fugaz en la arena. Algunos estaban nerviosos, tensos por el acelerón inesperado de una maquina en constante conflicto con la gravedad, por un navío que se rebela contra las olas alocadas del viento, pero él, más hombre que cualquiera de los que allí se definirían como tal, carecía del mayor de los miedos, lo despreciaba, escupía a la cara a la muerte sin siquiera despeinarse ni un instante, dejando su cabello suelto resbalando por su cuello, esperando que la vida tuviese más sabor de esa manera. Lo que no sabía, en ese momento, es que la vida, por muy controlada que la tengas, siempre nos sorprende con animosidad, demostrando que da igual lo que tú quieras, que cuando ella quiere nos baja a la realidad y nos pervierte con su infumable sabiduría.

 

  • ¿De viaje? – preguntó en su idioma el insulso acompañante que invadía su espacio personal.
  • Algo así, ¿por qué? – contestó sin separar la mirada de la ventana, vislumbrando a través de ella la belleza de la perspectiva, de la metáfora de lo lejano, favoreciendo así un punto de vista más claro y acertado de lo que en verdad acontece ante nosotros.
  • No sé, por hablar de algo, no es que lleve muy bien volar, no sabría decirte el porqué, cuando era pequeño…
  • Yo no es que lleve muy bien hablar – sentenció mirándolo fijamente, regresando segundos después al cielo, como si realmente lo reclamase, fundiéndose con la naturaleza, maravillándose por las extrañas caricias que le hacían las nubes al avión, coloreando su violenta naturaleza con un nuevo color, relajando su deseo de consumir, de apropiarse de lo que nunca fue suyo.

 

Cerró los ojos y se dejó llevar por su única familia, por su única verdad, adentrándose en lo oscuro, en lo hermoso e inmenso del vacío, quedándose plácidamente dormido, disfrutando del choque de las brumosas olas contra el barco de su imaginación. El aire se convirtió en sonido, dando paso a una realidad distópica donde la muerte venía a por él, disfrazada de mujer, besando su frente con cariño, cual madre a su bebé. Él, cansado y sin arrugas, lloraba, por primera vez en su vida, por fin había encontrado lo que por tanto tiempo había buscado, aun así, como cualquier sueño, se difuminó, y la dama blanca, empática, susurró unas palabras sin final: “pronto llegará…”. En ese mismo instante se despertó, despacio, con hambre, con un deseo indescriptible de recuperar la energía que había malgastado en llegar hasta ese punto, pero se contuvo, se levantó, haciendo que el desgastado hombre de su izquierda se tuviese que mover y se fue directo al baño a lavarse la cara. Ahí pudo escuchar, o más descifrar, las palabras del piloto. Al parecer estaban a punto de aterrizar.

 

Cuando se bajó del avión todo estaba tranquilo, la gente que anteriormente luchaba por salir como si nunca lo fuesen a hacer, se había calmado y reía con sus acompañantes, mientras que, por otro lado, el resto de los pasajeros que viajaban solos, permanecían en silencio observando cada nuevo estímulo, apreciando cada matiz, uno de los pocos dones que te facilita la soledad. Nuestra criatura perdida, no era diferente, caminaba relajado, poniendo atención en cada detalle, en cada persona, en cada sonrisa improvisada, con miedo a no sentir, con miedo a volver a ser el fantasma que un día fue. Gracias a eso pudo darse cuenta, algo que para otros quizá carecería de importancia, pero que, para él, era de suma importancia, aquel aeropuerto era mucho más pequeño, más pacífico, con menos ruido y menos comercios, un lugar de paso, un lugar al que posiblemente nadie querría ir, o sí, quien sabe, lo importante es que para él era más que suficiente.

 

No tenía que coger maleta, tan solo salió del lugar con su mochila pegada a la espalda, se arrodilló un segundo a que todo estuviera donde debía estar, sacó su libreta y apuntó unos nuevos versos, una nueva huella que dejase constancia de su irrelevante paso por la tierra que pisaba:

 

“Por mucho que queramos huir de todo

Nunca podremos huir más allá de nuestra piel”.

 

Yo los leí emocionado, al mismo tiempo que los escribía en mi propia libreta, muy similar a la que custodiaba nuestro protagonista, con la única excepción de que la mía no estaba definiendo mi personalidad, sino la suya.

La guardó, no quería perderla por nada de el mundo, era su tesoro más preciado, el único objeto que podía llegar a valer, para él, más que su propia existencia. La única forma de dar vida a su expedición, de crear algo digno de ser recordado, bastante lejos de su propia esencia, de su propios actos inservibles y éticamente reprochables. No le importaba ser la peor persona que había visitado aquel mundo, pero no quería pasar como si nada, sin convertir lo feo en flor, sin dar vida a lo maligno, creando algo único que realmente valiese la pena. Fue entonces, y solo entonces, cuando se levantó, se echó de nuevo la mochila a la espalda y salió del aeropuerto sin mirar atrás, tapando con la capucha su pelo alborotado con un fin mucho más estético que práctico, pues la lluvia apenas mojaba ese día.

 

Podríamos decir que todo acabó ahí, que no había mucho más que narrar una vez las puertas automáticas se cerraron, nada más lejos de la realidad, todo había comenzado, yo lo pude ver de primera mano, como, entre la gente, se podía sentir una sombra rondando, siguiendo y observando a nuestro protagonista mucho más de cerca de lo que él podía llegar a sospechar. Una criatura que se escapaba al ideal humano del terror y se fundía con la fantasía haciendo realidad pesadillas inimaginables. Una criatura que danzaba por las paredes, sin materia, sin hacer caso a ningún tipo de ley arcaica, y cuya única finalidad, cuyo único propósito, era el de alimentarse de aquellos que ensucian el mundo con su sonoridad, con su apatía. Caminaba silenciosa entre personas que nunca destacarían por su vista, danzaba, las rozaba, generando en ellos un sentimiento, no intencionado, de absoluta desolación, de vacío, llegando incluso a marcar solo con una caricia la vida de algunas personas extremadamente sensibles, débiles para otros, aunque no sé si sería el mejor término, dado que podían llegar a sentir a unas criaturas que nunca pertenecieron a este mundo, sino que fueron invitadas y devoradas por nuestra inmunda humanidad. Ellas, sombras inmortales, eran cazadoras, animales que seducían a la oscuridad con su negruzca alma, con su hambre indescriptible, las cuales, como perros jugando, seguían el rastro de sus víctimas, acechando desde el absoluto silencio, desde la agónica distancia, esperando siempre el momento exacto, el segundo en el que la presa hubiese perdido su vitalidad, su fuerza, para así, consumirla sin remordimientos, como cualquier animal no especista, reclamando, simplemente, aquello que mantiene con vida sus indeseables existencias, el sabor mismo de la carne imperecedera, de la vida.

 

Yo estaba ahí, cuando tras un largo vistazo, tras haber sentido, gracias a mí sensibilidad innata, su presencia rondando por un aeropuerto apenas transitado, columpiándose por la blanca pared, deslizándose por personas que quedaron asoladas por el sin sentido de la vida, vi su rostro, negro como su existencia, reflejado en el cristal de la puerta que, tras la salida de la presa, se cerró, dando luz a quien nunca la tuvo, sirviéndome a mí para poner cara a quien nunca la tuvo. No podéis haceros una idea del miedo que sentí en ese instante, el recuerdo de lo bello, de lo atractivo de nuestro compañero de viaje se perdió en el tiempo, dejando solo un suspiro helado que culminó en un escalofrío que recorrió cada segmento de mi piel, haciendo que mi cuerpo se desplomase sobre un banco solitario que yo mismo inventé.

Capítulo 2 – Un nuevo comienzo

realidad. Meditó un rato y se fue a la ducha, escapando de sus pensamientos más dañinos, depurando con el agua su soledad abrasadora, encontrándose a sí mismo en el presente, ajeno a todo un pasado que lo acosaba.

La casa no estaba mal, era minimalista, pequeña, sin ningún objeto que no cumpliese una premeditada función. Al fin y al cabo, solo la quería para vivir, no pedía mucho más.

Se tumbó en el sofá sin ganas de nada, solo con un pantalón y un vaso de ron, no es que no necesitase comer, pero podríamos decir que no era estrictamente necesario. Miró la pared detenidamente, poniendo especial atención en cada malformación, entrando en trance y recordando los momentos de absoluta felicidad entre camas que no relataban nada transcendental ni profundo, tan solo él, saltando en los charcos del placer, construyendo una identidad fugaz, una vida humana.

Sacó su cuadernillo y escribió:

 

“El mundo se cae a pedazos

Y la apatía reina.

No hay salvación para los que viven sin conciencia”.

 

Resopló y se puso de pie. Se vistió con una camisa cualquiera y unas zapatillas, se hizo una coleta en el pelo y abandonó su hogar cerrando la puerta con desgana. La vida en ese pueblo era tranquila, apacible, repleta de silencios que inundaban el alma de absoluta conciencia. Caminaba despacio, parándose a observar cada detalle, cada mundo indescifrable que se escondía tras la naturaleza intrínseca de las cosas. Sin embargo, a las personas las miraba diferente, con hambre, con un deseo casi incontrolable de saciar su sed.

No tardó mucho en llegar al centro comercial en el que trabajaba, entró sin prestar especial atención a nada ni a nadie, como si el haber entrado en lo artificial lo hubiese separado de su conciencia y lo hubiera transportado a un mundo sin interés.

El restaurante en el que trabajaba no estaba muy lejos, a pesar de ello, siempre tardaba un poco más. Caminaba mirando los escaparates, maravillándose por la mente consumista de las personas, pues no alcanzaba a entender los motivos que nos inducía a comprar cosas inútiles solo para saciar un poco de dopamina, volviéndonos adictos, enfermos sin capacidad ni energía para ser aquello que quisiésemos ser.

Nada más entrar por la puerta del restaurante una pequeña chica lo saludó con la mano, sonriendo y, posiblemente, viendo en él algo que jamás encontraría en ningún hombre, pese a ello, él apenas cambió su ánimo, ni la miró, siguió caminando, levantó la mano en señal de que la había visto y fue directo a cambiarse.

En los vestuarios había varias personas, algunos leyendo, otros hablando por teléfono, sin prestar atención alguna a su entrada, ocultándose de su mirada cruel y despiadada, la cual lejos de hacer amigos, creaba una sensación de respeto y atracción, incluso, si te percatabas, podías saludar al mismísimo terror.

Sus compañeros apenas le dirigían la palabra, apenas entablaban conversación, la única loca, una cría de unos 17 años, la cual parecía sentir fascinación por su aura siniestra. El resto, huían de su ánimo, de su inestable comportamiento, de su presencia inquebrantable. Hasta sus jefes mostraban temor a sus reacciones, pero eran incapaces de hablarle o decirle nada, tan solo aceptaban su presencia, al fin y al cabo, tampoco hacía mal su trabajo, aunque, por otro lado, tampoco era excesivamente difícil y los clientes parecían sentir una especie de inaudita atracción por él.

 

  • ¿Cómo estás hoy? No pareces haber dormido bien – preguntó la cría risueña, incapaz de separarse de él o dejar de observarlo, obsesionada con la oscuridad que parecía esconder.
  • Estoy bien Laura, siempre tengo esta cara, no sé que ves de raro – respondió áspero, sin siquiera cambiar su dirección.
  • ¡Tienes que sonreír más Nid, que sino no te van a salir arrugas! – dijo la chica riendo, ignorando el desprecio

 

Él continuó llevando los platos como si no la hubiera escuchado, pues en el fondo, muy en el fondo, la estaba cogiendo un cierto aprecio, ya saben, de ese tipo de aprecio fraternal que existen entre algunos padres y sus hijos. Lejos de devorarla, la protegería. Era la única humana que le transmitía algo más que apatía, aunque tampoco entendía muy bien el motivo, quizá la risa al final si que tuviese algo de magia.

Entonces, una vez salió a la sala, algo en él cambió, había una mujer que nunca había visto, una luz entre la más absoluta indiferencia. Ella estaba sentada, dándole la espalda, mostrando su pelo rubio ondeante y su piel blanquecina adornada con una serie de lunares irregulares. Parecía muy concentrada entre tantos papeles alborotados por la mesa, imbuida por el trabajo, escribiendo de vez en cuando alguna que otra palabra ilegible en su ordenador.

Nid se acercó despacio, intentando descifrar su insaciable sentimiento, su absurda necesidad de consumirla con la mirada, de hacerla suya y apoderarse de todo lo que escondía tras su piel, pese a ello se contuvo, respiró profundo y abnegó su hambre. Tenía una insaciable necesidad, no menos adictiva, de entender el porqué de su sed, de esa atracción tan compulsiva.

Muy a su pesar, justo en ese instante, un hombre trajeado atravesó la sala y se sentó a su lado, acariciando su pelo y preguntándole por el trabajo, por cómo llevaba lo que hacía. Él, en cambio, no podía dejar de mirarla, lleno de furia por la intromisión, petrificado, admirando la belleza innata de la mujer, delicada y exquisita. Sus ojos verdes rimaban con las pecas de su nariz y sus labios sentenciaban frases con la fuerza de los de su especie, sin necesidad de sonreír ni adular.

 

  • ¿Ocurre algo? – preguntó el hombre mirando a Nid.
  • No – respondió, dejando su bebida y alejándose de aquella extraña situación, intentando olvidar esa sonrisa que parecía esconder la mujer del cabello dorado.

 

No entendía lo que había pasado. Yo, que estaba sentado en una de las mesas próximas a ella, tampoco acabé de comprender la admiración que había despertado aquella mujer en él y eso que me detuve varios minutos a mirarla fijamente, con cierto interés científico, pues, ya saben, tenía la suerte de no poder ser visto y no estar nunca en ningún lado y, a la vez, siempre estar presente. Digamos que soy el estereotipo claro de un narrador omnisciente.

Volvió alterado, miró a sus compañeros con rabia y continuó con su turno evitando encontrarse de nuevo con la mirada de aquella mujer, huyendo de la realidad, proyectándose en su mente. Rebuscó en sus recuerdos intentando encontrar alguna palabra amable de su hermano, alejándose lo máximo posible del mundo que lo rodeaba, sin embargo, no lo consiguió, supongo que hacía mucho tiempo desde que había sentido el calor de un familiar o un amigo, si es que alguna vez había tenido algo mínimamente parecido a eso.

Acabó su turno tirando su ropa en la taquilla con desprecio, sin mirar a nadie ni despedirse de nadie, siquiera de la pobre Laura que lo miraba con ojos de preocupación, despidiéndose de él con la mano, sin que éste la respondiese de ninguna forma, abandonando el lugar y volviéndose a reencontrar con la naturaleza. En el fondo se sentía cómodo en el silencio, paseando solo por el camino sin asfalto que dirigía a su casa, rodeado de árboles que veían como el viento acariciaba sus hojas, aprendiendo que el apego no es más que una ilusión mientras las ramas se desnudaban frente a él sin ningún tipo de vergüenza.

No tardó en recordar su rostro, en comenzar a sudar y sentir el deseo irrefrenable de una piel cuyo sabor se olía desde la barrera de un cuerpo que no perece. Nunca se había sentido así, nunca había sentido tanto deseo por alguien, todos habían sido meros aperitivos que aparecían en su camino como hojas en el suelo, sin ningún tipo de relevancia.

Su rabia aumentaba con cada pensamiento, sus instintos lo consumían sin remedio, sin explicación, comenzando a ver a la gente como simple alimento, meros cuerpos sin trascendencia ni razón.

La noche llegaba y él aun no había siquiera llegado a la mitad del camino cuando se podía ver a un hombre pasar, cauteloso, por debajo de un puente. Iba tranquilo, creyendo que la vida no ofrece ningún riesgo, que ya no hay nada que temer, que todo está tranquilo, al fin y al cabo, en ese pueblo perdido nunca pasaba nada. En ese momento, Nid, perdió el control, se abalanzó silencioso a por él, convirtiendo su cuerpo en una negruzca sombra que se acoplaba a las paredes y pasaba desapercibida para el ojo humano, hasta aparecer, ascendiendo desde el suelo, delante de aquel hombre anciano que caminaba sin pensar por el pueblo donde siempre había vivido.

 

  • ¿Quién eres? – preguntó asustado, mirando fijamente a los ojos de una bestia de otro mundo, reina del terror, aspirante a cruel opresor, temblando sin propósito, incapaz de mover el más mínimo dedo.
  • Tan solo soy una sombra, humano – dijo antes de agarrarle del cuello y ponerlo contra la pared sin ningún tipo de delicadeza, impidiendo que continuara con su habitual respiración.

 

Lo miró fijamente, doblegando su voluntad, consiguiendo que abriera forzosa y lentamente su boca para que permitiese que un humo nubloso abandonase su cuerpo y comenzase a ser absorbido por una boca deforme, sin dientes. Su rostro se había convertido en una sombra de lo que era, vacío, con tan solo unos ojos rojizos que aspiraban el alma inexistente de una criatura endeble y sin futuro.  

La voz de su hermano sonó en su cabeza en ese momento: “Debes parar o ellos se darán cuenta”. En ese instante todo volvió a la normalidad, su cara retomó la forma y sus manos dejaron caer, aun con vida, al anciano al suelo, desatando por completo su rabia, haciendo que su puño golpease con fuerza la pared, ensangrentando su mano por completo. Cayó de rodillas, con las manos en un rostro que acariciaba a la desesperación, al lado de un hombre que luchaba por respirar, absorto por la bestia que lo acompañaba. El pobre hombre era incapaz de moverse, de hablar siquiera, simplemente permaneció estático, imbuido por un temor paralizante. Nid, por otro lado, permaneció unos segundos en el suelo, acariciando su rostro, manchando sus mejillas con su propia sangre, hasta que su cuerpo se tiño de negro y se desvaneció por el suelo como la sombra que era.

Capítulo 3 – Ella

 

Su mañana fue algo peculiar, repleta de rarezas. Esta vez no se levantó y se derrumbó sobre el suelo con el fin de construir una mente estable. Se recostó sobre la cama y observó como un nuevo tatuaje, emborronado, había aparecido en su hombro, entendiendo lo que aquello significaba, que el tiempo no era eterno y que cada acción consume un poco de nuestra identidad.

Never more”, canturreó una voz en su cabeza, sonando como eco en las montañas. El bien y el mal, palabras inventadas para describir dos caras de una misma moneda. Él no era más que un cazador, una sombra que intentaba escapar de un soñado, pero eterno, aburrimiento.

Se acarició el tatuaje malformado y se levantó despacio, agarrando su camiseta arrugada del suelo y poniéndosela lo mejor que pudo. Dudaba de su humanidad y tenía hambre, aunque ya sabrán, no un hambre común, más bien un deseo sangriento irresistible. Una fuerza que lo consumía y que, por mucho que intentaba contener, salía a flote cual navío fantasmal. Sus manos temblaban, su cuerpo notaba el cansancio y la inestabilidad que le provocaba caminar por un mundo complejo y repleto de estímulos. Quizá por eso había huido del ruido y se había asentado en un pueblo pequeño, alejado del sonido estridente de los humanos.

Agarró la botella de ron y, sin necesidad de un vaso, humedeció sus labios, culminando su desayuno con un enajenado lanzamiento, reventando la botella contra el suelo. La rabia serpenteaba por sus venas, encolerizando sus pensamientos y pervirtiendo sus deseos, su tranquilidad. Cayó de rodillas, tembloroso, con dudas de sus motivaciones, de sus metas. ¿A qué había venido a este mundo? Quizá muchos os habréis hecho esa pregunta, sin embargo, él, Nid, no se la hacía en ese sentido. Se la preguntaba literal, ¿por qué había decidido huir del cálido abrazo de los suyos para embarcarse en una epopeya violenta y sin sentido? No acababa de encontrar la razón de su existencia. Quería vivir como un simple mortal, como una simple rata que teme ser cazada, amordazada y destruida por el tiempo. Pero no podía, estaba condenado a vivir eternamente en un círculo infinito, ahorcado por un hilo rojo que nunca termina de ahogarlo del todo.

“Vuelve…”, susurró el viento. Su hermano siempre estaba en su cabeza apoderándose de ella, adoctrinando con sus ideales manidos y poco transgresores. No le faltaba razón, pese a ello, no era el camino que él debía seguir, necesitaba encontrar su propio rumbo.

Se levantó del suelo con los ojos ensangrentados, dispuesto a dejar que las cosas fluyeran, dispuesto a mostrar a su raza que había más caminos que recorrer. El viaje al trabajo fue más rápido de lo normal, es lo que suele pasar con el tiempo, está en nuestra mente, no existe como tal, transcurre diferente dependiendo de nuestra conciencia de él.

Entró por la puerta de su condena con ganas de morder, de saborear la vida, a su vez que, de poner fin a su tortura, supongo que solo existen grises en las personas, nada es blanco o negro.

 

  • Llegas tarde, no te habrás dormido, ¿Verdad, pequeño cuervo? Porque vaya ojeras… – preguntó la pobre chica que admiraba su temperamento irregular, imaginando que algún día, quizá por algún trauma del pasado, encontraría a un hombre como él.
  • Estoy bien, la vida que me trata algo mal últimamente – contestó con una media sonrisa, fingiendo un comportamiento amable. Intentando dar una buena impresión a la única persona que le transmitía ternura en todo ese mundo estúpido.
  • Oh, un milagro, has intentado sonreír. Lo anotaré como logró del día – sonrió con dulzura. Típico de las niñas de su edad.
  • Deja de intentar ligar con Nid y ponte a trabajar anda, que los clientes no están para entender tus amoríos – se entrometió uno de los compañeros, Erik se llamaba. Fue un error, porque no pasó ni un segundo desde que la última palabra saliese de su boca cuando la mirada de Nid se clavó en sus ojos, de tal manera que tuvo que apoyarse en la encimera de la cocina del restaurante para evitar caerse al suelo del impacto. El miedo se clavó en su retina, culminando en vacío absoluto, en el terror más humano: la nada.

 

Nid abandonó la sala y subió a cambiarse mientras Erik permanecía petrificado, incapaz de articular palabra. Muchos creerían que el miedo es una ilusión, pero en ese momento, para él, había sido la experiencia más real de su vida, había acariciado a la muerte con su mano desnuda y ahora estaba sufriendo las consecuencias de su ultraje.

Cuando regresó con el uniforme todo se había calmado, Erik había ido al baño a vomitar y había vuelto a su puesto con la mirada cambiada, pensativo, incapaz de articular palabra. Nid, por otro lado, actuaba como si nada, como si el tiempo no se hubiese detenido por un instante y todo estuviese bien. Colocó algunas cosas y salió a la sala a ver si alguien necesitaba algo, al fin y al cabo, hacer su trabajo era una forma de meditación, de escapar de su absurda realidad.

 

  • ¿Has escuchado lo de las noticias de esta mañana? – preguntó su jefe a Laura justo en el momento que Nid abandonaba la cocina.
  • No, ¿qué ha pasado?
  • Parece ser que ha desaparecido un niño esta noche, está parte del pueblo buscándolo. Dicen que se puede haber escapado al bosque, se haya perdido o… Ya puedes imaginarte.
  • ¡Dios que horror! ¿Aquí en…? – la conversación se cortó, o simplemente dejó de escuchar, depende del punto de vista.

 

La sala estaba vacía a excepción de una mesa. Otra vez aquella mujer de cabellos dorados y olor a sangre, ojeando mil papeles a la vez en una mesa que parecía que no había estado jamás ordenada. Yo estaba sentado al lado, fumando un cigarrillo que no soltaba humo, admirando como el mal estaba hambriento y el amor se alzaba por el horizonte.

Se acercó despacio, atraído por una sed acalorada, con el fin de descubrir a la persona que se escondía tras una sonrisa inusual. Su mirada se clavó en la suya, mostrando sus cambiantes ojos sin temor. Ella, en cambio, lo miró apática.

 

  • ¿Pasa algo? – preguntó redirigiendo la mirada a sus papeles.
  • No, simplemente me preguntaba qué hace una chica como tú en un pueblo perdido como este – la observaba como si acabara de descubrir agua en el desierto, con una voz entrecortada, sin ser capaz de entender por qué no era capaz de causar ningún estimulo en ella.
  • ¿Una chica como yo? ¿A qué te refieres? Tampoco entendí lo del pueblo – su cara era dulce, nívea, algo enrojecida en los pómulos, con unas pecas que recorrían cariñosamente su nariz. Una belleza única, fría pero llameante. Sin embargo, su carácter… Eso era otra historia.
  • Sí, no pareces igual a todas las demás, parece que tienes las ideas claras y que el mundo se postra ante ti – esta vez sí que levantó la vista, algo llamó su atención, no usaba un lenguaje muy común.
  • Una extraña forma de entrar a una mujer, ¿no crees? No sé, no soy como las demás. Supongo que la vida me ha hecho así, y ¿qué hay de ti? Creo que eres la primera persona que conozco con los ojos grisáceos rojizos, o como se diga – esta vez dejó todo, apoyó los codos en la mesa sosteniendo su rostro con las manos. Parece que el poder innato de nuestro protagonista había comenzado a dar sus frutos.
  • Solo busco paz, digamos que estoy aquí huyendo de mi pasado. Y sí, no son muy comunes.
  • ¡Oh! Otro hombre huyendo de sus demonios. Un poco cliché, ¿no crees? – sonrió sarcástica –. Ahora me dirás también que eres escritor o pintor, o no… ¡Mejor aún! ¿Poeta? Por cierto, me gustan tus tatuajes.
  • Algo escribo sí, pero no me consideraría nada de eso. Y lo de hombre cliché… Lo dudo la verdad – no acababa de entender que le pasaba con aquella mujer, le resultaba increíblemente insoportable, pese a ello, algo instintivo dominaba sus sentidos cuando la tenía delante. No sabría explicarlo ni él, ni siquiera yo, aun así, el hambre lo empujaba a devorarla de muchas maneras distintas y, al mismo tiempo, igual de satisfactorias. Pocas veces se contenía así ante carne tan fresca, pero ella era especial, era mucho más que un simple aperitivo.
  • ¡Lo ves!, se me da bien calar a la gente. Es un don que creo que viene de mi madre, mi padre nunca tuvo don de gentes. Ella era diferente… Pero bueno, ya te contaré cuando quedemos – sus manos rozaron su cuello y fueron acariciando su piel hasta alcanzar su cabello, el cual lo agarró y se hizo una coleta, dejando que su pelo rubio callera unido por su hombro izquierdo.
  • ¿Quedemos?
  • Para eso me has hablado, supongo. No tengo mucho más que hacer estos días además de cuidar a mi padre. Me gustaría saber algo más de la vida del poeta de los ojos rojos – esta vez sonrió estirando sus mofletes, mostrando una sonrisa que enfurecería a la oscuridad.
  • ¿Algo tendré que opinar no crees? – preguntó incrédulo y algo molesto, no le gustaba que se adueñaran del control.
  • Tranquilo, yo te dejo mi número en esta servilleta y tú, si quieres, me llamas. Pero sé que me llamarás – lo apuntó y sin duda alguna se lo metió en el bolsillo de su pantalón –. Ahora si me disculpas necesito continuar con mi trabajo.
  • Por cierto, ¿cuál es tu nombre? – preguntó justo antes de darse la vuelta inaudito.
  • Me llamo Ani y, ¿tú?
  • Nid – contestó serio.
  • ¿Nid? ¿Hay algo que sea común en ti? ¿De dónde viene?
  • Ya te lo contaré cuando nos veamos – esta vez sí, se dio media vuelta y se fue.

 

Tras darse la vuelta caminó hacia la cocina. No sabía bien que acababa de ocurrir. Una humana, una simple humana había convertido su poder en migajas. Su única cualidad, su esencia misma se había transformado en simple silencio. No sabía muy bien como sentirse, no sabía qué hacer. Regresó de nuevo a la cocina sin dar explicaciones del porqué había tardado tanto, simplemente entró y fue al baño a lavarse la cara con la única intención de regresar lo antes posible al mundo real. Quizá esto es lo que esperaba cuando apareció en esa odiosa ciudad, aprender a vivir como un simple humano. Quizá en eso consistía, en sentirse débil, en perder el control. No acababa de entenderlo.

 

  • ¿Escuchaste lo del niño? – se escuchó desde fuera, al parecer el tema había sido bastante sonado. ¿A quién le importaba un estúpido niño humano? Eran bastante pesados.

 

Cerró el grifó y continuó navegando por el mar de la incertidumbre. La verdad es que, sin él llegar a comprenderlo, había conocido a la esencia misma de la humanidad. Ella y su belleza no era más que un reflejo de lo desgraciados que podemos llegar a ser lo simples mortales.

Capítulo 4 – Almas hambrientas

El banco estaba algo mojado, pese a ello, no tuvo ningún problema en sentarse y apoyarse encorvando la espalda. Su pelo esta vez no estaba recogido, acariciaba al viento con dulzura, su cara, sin embargo, denostaba al tiempo con su pálida expresión y con unas ojeras que aun, amaneciendo, seguían trasnochando. Por primera vez en mucho, muchísimo, tiempo se sentía algo nervioso. Le temblaban las manos y el labio inferior sangraba por la presión de sus dientes. La ansiedad, a veces, nos juega malas pasadas y más cuando se espera a una mujer que sorprende con su despampanante sexualidad.

Ella apareció del vacío – metafóricamente, por supuesto –, con un vestido floral, algo azulado, dejando al aire unos hombros que incitaban al mayor de los banquetes y un cuello de sirena cuya curva hubiera hecho rendirse a miles de marineros atados. Se acercó despacio y se sentó dejando escapar un suspiro que erizó con ternura la piel de Nid.

 

  • ¿Este es tu plan? ¿Quedarnos aquí y mirar el horizonte? – preguntó ella sarcástica, apoyando su espalda con desgana y entrecruzando las piernas con la sexualidad propia de una mujer que tenía claro lo que era.
  • Sí, me relaja mirar el horizonte. El mar, a veces, me da una idea sobre hacia dónde debo ir o dónde me tengo que quedar. Incluso, cuando todo está en calma, me permite escribir algún que otro verso – se giró y se quedó petrificado con sus hermosos ojos verdes. Si los mirabas con atención podías perderte en el infinito de su alma. Ella sonrió por un segundo casi imperceptible, pero nada se le escapa a una criatura del vacío.
  • ¿También eres un romántico? – esta vez también sonrío, pese a que no tuvo el mismo significado –. Lo tienes todo, ¿por eso estás aquí? ¿Cómo es tu historia bohemia? ¿Te escapaste de los excesos de la ciudad y acabaste aquí, buscando calma para poder centrarte en escribir tus poemas? Como el cartero esperando a su Neruda…
  • No entendí eso último. No me mudé aquí para poder escribir, ayuda, pero no fue esa la intención. Me mude aquí porque la vida que llevaba en la ciudad me mareaba, demasiados estímulos supongo – sus ojos seguían clavados en los suyos, investigando las rarezas de su alma, mientras el tiempo se paraba en una playa de algún pueblo de un norte inexistente.
  • ¿No conoces a Neruda? – preguntó ella arrogante.
  • No, ¿debería?
  • ¿De dónde coño has salido tú? ¿Un poeta que no conoce a Pablo Neruda?
  • No es que sepa mucho de los humanos todavía – suspiró, cansado de una conversación que lo juzgaba, escapando del hipnotismo de su mirada y acariciando visualmente un cuello que le producía una ansiedad parecida a la de un perro cuando huele su comida.
  • ¿De los humanos? – nadie podría describir la cara de la mujer, ni siquiera yo que me dedico a escribir.
  • ¿Damos un paseo? Hay un lugar que quiero que veas. Suelo ir ahí cuando los recuerdos me aplastan.
  • Venga, todo será mejor que quedarse sentados mirándonos sin hacer nada – sus respuestas eran ásperas pero sus sonrisas diferían con su actitud.

 

Caminaron tranquilos por la costa, hablando sin hablar, dejando que el silencio los conectara a ambos con el ahora, compartiendo la conciencia de ser sin necesidad de aparentar. Llegaron a una cala pequeña, maltratada por el paso de personas sin respeto ni interés.

  • Descálzate, que así será más fácil.
  • ¿Seguro? ¿No es pronto para empezar a desnudarnos? – su actitud era ambivalente y difícil de interpretar para una persona común. Él era diferente, no importaba lo que ella intentara aparentar, Nid siempre veía más allá de una piel que enloquecería a cualquier hombre.

 

Ambos se quitaron las zapatillas y marcaron sus huellas en la arena con timidez, dejando que la marea acabara con ellas alguna que otra noche donde la luna temiese mostrar su yo verdadero.

Se acercaron sin miedo y entre risas a una cueva que haría de puerta a un lugar soñado. Entraron cautelosos, cuidando de que sus cabezas no se golpearan con un techo que parecía hacerse cada vez más bajo hasta llegar a una media luna de piedra que impedía, aparentemente, que continuase su aventura.

 

  • ¿Este es el maravilloso sitio que me querías mostrar? ¿Una simple cueva? – se rio suave y se sentó en la arena con las piernas cruzadas, apoyando las manos detrás de su espalda y mirándolo con una curiosidad que cada vez se iba pareciendo más al deseo.
  • No, tranquila. Necesito que cierres los ojos y me des la mano. Y levántate anda, que te vas a manchar entera – rozó sus manos con sus dedos y la levantó con delicadeza, agarrando de sus muñecas y pegándole a él, encontrándose de nuevo con sus ojos, enmudeciendo su voz – ¿Lista?
  • Sí, desde que nací – cerró los ojos con ternura, agarrando su mano y colocándose frente al muro de piedra que los separaba de un mundo mucho más vasto.

 

Nid tocó con su mano la pared y la oscuridad empezó a circular a través de ella, haciendo desaparecer la roca y abriendo un portal que escapaba a la imaginación de cualquier romántico. Agarró fuerte de la mano de Ani y, juntos, comenzaron a caminar hacia delante como si no hubiese barrera que los detuviese. Tras traspasarlo desaparecieron en la nada, se convirtieron en vacío para aparecer, en el tiempo que dura un pestañeo, en un lugar bastante más interesante. Fue entonces cuando, por un segundo, yo, que siempre los espiaba desde ninguna parte, pude ver una sombra aparecer tras la entrada a la cueva, olisqueando, persiguiendo el sonido de la nada, el sabor indescriptible que se experimenta al alterar la realidad.

Ani abrió los ojos algo asustada, temblorosa. No es fácil experimentar el vacío indescriptible del no ser, la descarnada desazón de la no existencia. Abrió los ojos y lo vio a él, a su lado, abrazada a ella, curando su malestar con el calor de su cuerpo mientras, ajeno a su visión y al momento, un tatuaje se forjaba en su piel, lejos de la vista de cualquiera.

 

  • ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos? – preguntó algo más calmada y con un fuerte interés.
  • En mi lugar secreto, tal como te dije – sonrió y pudo ver como a ella también se le escapaba una sonrisa.

 

Se separó de él y se frotó los ojos, parecía que hubiese estado durmiendo durante décadas. Miró a su alrededor, la cala ya no estaba sucia ni descuidada, estaban una playa solitaria y recubierta por acantilados donde el sol bronceaba la piel y el agua transparentaba su desnudez.

 

  • ¿Dónde se escondía esto? ¿Estoy soñando? – no alcanzaba a entender, aunque tampoco estaba dispuesta a hacerse demasiadas preguntas.
  • Simplemente hay que saber seguir los caminos correctamente – dijo y sonrió –. Anda disfruta, que este sitio es único y no lo suelo compartir con nadie.
  • Ya, bueno, eso dicen todos – comentó con una sonrisa burlona.

 

Ani caminó descalza por la playa buscando una explicación, maravillándose con la belleza de un lugar que nunca debió de existir, por lo menos no en el lugar angosto en el que se encontraban cuando todo parecía real. Mientras, Nid, la miraba desde atrás, enloqueciendo con la figura que insinuaban las curvas de su espalda. Volviéndose más hambriento, consumiéndose por dentro por no ser capaz de frenar sus instintos.

Se fue acercando despacio, persiguiéndola, cual carnívoro con su presa. Evitando el silbido de un viento delator, huyendo del sonido que producía la realidad, saboreando el agua que estaba a punto de saciar una sed de días. Su cuerpo mostraba los síntomas propios de un adicto, inquieto, palpitante, a la vez que su fuerza se magnificaba y todo su ser engrandecía. Lo músculos de su cuerpo parecía que sintiesen la violencia inminente.

 

  • ¿Vienes o qué? – preguntó Ani sin mirar atrás, abriendo los brazos y disfrutando de un paraíso perdido, oculto del ojo humano más agudo.

 

Ya estaba pegado a ella, acariciando la piel desnuda de sus brazos, subiendo lentamente con sus dedos hacia su cuello, rozando la nuca. Ella se giró y se quedó petrificada al ver sus ojos manchados de sangre, hambrientos. Sus manos comenzaron a apretar con más fuerzas su débil cuello y, ella, lejos de asustarse, abrió la boca, dejando salir una pequeña parte de su alma, alimentando a la bestia e, inesperadamente, lo besó agresiva. Un beso que trastocó los planes de un animal insaciable, convirtiéndose en presa de otro de los instintos más primarios, ese que hace que el tiempo detenga su caminar y se pare a observar los sentimientos de dos personas que sueñan con volar.

Fue un beso cálido y fuerte que hizo que ambos se tropezaran y cayeran a la arena, empapándose de una furia descontrolada. Acercándose Nid de nuevo hacia ella, colocándose encima, acariciando su rostro con la mirada perdida en el infinito de un verde que incitaba a las cosas más perversas y sucias que una persona puede imaginar. La agarró las manos y las subió, dejando que su cuerpo por si solo formara una curva que sexualizaba su identidad, pervirtiendo la mirada de nuestro protagonista, incapaz de contenerse y desatando un beso que terminaría en tragedia. Ella se aferró a él con las piernas, levantando su vestido y escapando de la fuerza de una bestia que dominaba sus manos, arañando el cuello de un hombre bastante diferente a lo que hasta ahora había conocido, el cual no entendía lo que allí estaba sucediendo.

Comenzó a besar su cuerpo de mujer con desprecio, acariciando cada lunar con su saliva y mordisqueando cada pliegue de su piel, bajando lentamente por la línea de la vida de su ombligo, agarrando con fuerza unos pechos que arqueaban su espalda con cada estímulo, precipitándose hacia unas piernas húmedas, níveas. Cada beso producía un leve pero sonoro gemido que resonaba en las paredes rocosas de la cala en la que se encontraban. Deslizó sus manos por su cuerpo mientras ella le quitaba los pantalones, aprisionando sus piernas con sus fuertes manos, abriéndolas sin miedo y apretándolas contra él, entrando en una mujer de la forma menos esperada para una bestia sin corazón, dejando que ella lo abrazase sintiendo cada músculo de su espalda. El alma se le escapaba, pero no porque Nid se la absorbiera, sino porque la soberbia con la que follaban haría gritar a cualquiera y cuando el mundo calla para escucharte, todo está permitido.

Acabaron exhaustos, tirados en la arena, incapaces de mover ni un músculo. Una oscura criatura con la conciencia confusa y una dulce y hermosa mujer con las piernas doloridas, temblorosas.

 

  • ¿Nos vamos? – Ani ya había tenido suficiente.
  • ¿Ya? – preguntó Nid desconcertado, incrédulo.
  • Sí, lo que tenía que pasar ya ha pasado.

Capítulo 5 – La luna que todo lo ve

Rompamos un poco los esquemas, salgamos de la certidumbre de lo estipulado. Ya no hay papeles que nos guían ni palabras que esclavizan, solo dos personas que volvían a la cueva que los había transportado hacia otra realidad, hacia un encuentro con la esencia misma de la vida. Allí, ambos, caminaban cegados por la fuerza más criticada del universo y, a su vez, la más importante. Ella abría de nuevo los ojos, recuperando así la visión que se le había usurpado, soltándose así de su acompañante, ansiosa por volver a ser libre.

Ani no era una mujer cualquiera, no era de esas que alardean de su libertad, pero a la primera corrían a los brazos de su príncipe. No, ella era de otra estirpe, estaba cansada de los hombres inútiles y superficiales que la perseguían cual objeto consumible. Ella era mucho más que su cuerpo estilizado, muchísimo más que el don que se le había regalado. Era una superviviente que no se dejaba engañar por cualquier palabra sin significado, proveniente de cualquier hombre sin cerebro. Claro, supongo que los más listos ya os habréis percatado del problema en la ecuación. Nunca hemos afirmado que Nid fuese un hombre, o al menos no un humano normativo.

  • ¿Estás bien, pajarillo? – Nid se había transformado, su atracción por aquella humana no era la típica sed de sangre. No era esa ansia vampírica que lo consumía cuando la vida no otorgaba todo lo que él necesitaba. Su capricho había cambiado de forma y había construido una nueva identidad.
  • Como me vuelvas a llamar así te llevas una hostia, en serio – la mirada de Ani se precipito sobre los ojos rojizos de Nid, proyectando una verdad inmutable –. ¿Cómo coño haces esto? ¿Cierro los ojos y con dos pasos ya estamos de nuevo aquí? ¿Y por qué me siento tan mal? Siento una especie de vacío en mi estómago… No sé bien cómo explicarlo – dio síntomas de vomitar, mas se contuvo. Ella no era de mostrar al mundo sus debilidades.
  • Puedes llamarlo magia y la magia tiene sus consecuencias – su mirada era tierna, como si su instinto asesino se hubiese calmado buceando por la arena –. Y, ¿por qué no puedo llamarte así? Es bonito. Me gusta tu manera de volar.
  • Demasiada afectividad para mi gusto, prefiero mantener la distancia por ahora. Lo entiendes, ¿no? – Nid fue a hablar, pero ella enseguida lo interrumpió – Aunque si no lo entiendes me da igual la verdad. ¿Tienes hambre? A mí después de… Ya sabes, me entra hambre.
  • Sí, la verdad es que tengo bastante hambre – la verdad es que no sabía muy bien como sentirse. Tenía hambre, aun así, por primera vez, no le costaba apenas esfuerzo controlar sus instintos. Lo que estaba claro es que el significado de estar hambriento no era el mismo para los dos.
  • Pues vamos.

 

Se pusieron los zapatos que habían dejado a la orilla del cemento y subieron al coche de Ani en busca de algún lugar donde saciar su hambre.

El tiempo resuena siempre en la mente de un poeta, de un viajero que anhela encontrar su sitio. Actor que huye de lo perverso y conduce su vida hacia el mural de lo incorrecto. Saboreando la brisa en un coche sin capota que deslumbraba con la superficialidad de lo inalcanzable, de lo costoso. En ese momento de desgana y conexión con la realidad material, Nid sacó su libreta y apuntó una frase que quizá desmienta algún día todas las elucubraciones sobre sus sentimientos:

 

“Quiero conversar con tu mirada hasta que la luna deje de existir”.

 

Palabras que ocultan una realidad naif, incapaz de anticiparse a las peores situaciones, a los peores momentos. Solo yo, anclado en la inmaterialidad de la palabra pude observar como una sombra los miraba oculta tras una cueva con su olor, surfeando por el asfalto, escondida en el calor de un día que apuntaba a la felicidad con sus dedos de mentira.

Cuando bajaron del coche el sol estaba en lo alto, proclamando su superioridad, llorando a la luna. Vislumbrando un amor que duraría para siempre en la mente de un escritor neófito que sueña con alcanzar las estrellas.

Entraron en un restaurante sin apenas entablar palabra, respirándose mutuamente el aroma de su pasión, de su deseo insaciable. Expectantes de una intimidad temprana, de una llamada a la acción. Sin embargo, no tuvieron otra elección más que sentarse en una mesa rodeada de personas inservibles, sin interés alguno, abocados a ser mero atrezo en una obra que posiblemente permanecerá en el olvido.

 

  • ¿Siempre eres tan callado? – preguntó Ani con una sonrisa, provocando a nuestra bestia, sacando a relucir sus carencias.
  • Sí, considero que es mejor no hablar cuando no hay nada que decir. Me basta con mirarte. Me inspiras – su voz fue cálida, abrigada por la pausa inherente de un ser que no dependía de las horas.
  • ¿Por eso has escrito mientras conducía? Pensaba que simplemente estabas ignorándome – la comisura de sus labios siempre se levantaba levemente mientras hablaban, dibujando la caricatura de una sonrisa, elevando sus pómulos y construyendo una belleza inigualable.
  • No seas posesiva, ni te creas el centro del mundo. Simplemente dibujo la realidad que veo con palabras, me conecta con la humanidad. Considero que el arte es de las pocas expresiones humanas que realmente poseen un valor más allá de su propia materialidad.
  • ¿Ahora también eres un filósofo? Lo tienes todo, ¡Eh! No pensaba encontrarme en este pueblo nada realmente interesante. Hacía mucho tiempo que había perdido la esperanza. Aunque creo que algo ocultas, soy de hacerme la tonta, pero no creas que lo soy – su mirada atraía a la locura, coloreando un mundo gris a su alrededor, haciendo que su rostro fuera oasis en una realidad absurda.
  • ¿Y a ti qué te trae por aquí? No pareces la típica persona que sobreviviría mucho tiempo aquí. Esto es demasiado aburrido.
  • No, la verdad es que no, viajo bastante. Estoy aquí de paso, mi padre sufrió un ataque al corazón hace dos semanas o así y he venido a cuidarle por unos días, no creo que tarde en irme. Tengo mucho trabajo que hacer, pero este pueblo siempre me devuelve a mi niñez, quizá por eso siempre intento huir de aquí a pesar de que algo que no logro entender me atraiga de nuevo.
  • Ya veo… Quizá sea magia – Nid rio.
  • ¿Os tomo nota? – el camarero apareció de repente, como una brisa en verano.

 

No presté mucha atención a lo que pidieron, estaba demasiado concentrado en sus miradas, las cuales se asediaban mutuamente, buscando el defecto, aquello que los devolviese a la realidad y los hiciera escapar de esa atracción innecesaria.

Cuando terminaron de comer el mundo continuaba parado, obsesionado con el posible desenlace, con la admiración que desprendían. Ella se pidió un café, mientras que Nid, declinó la oferta. No necesitaba nada más, estaba bien así, contemplando la belleza de una mujer deslumbrante y única. Una mujer por la que muchos matarían y que muy pocos alcanzarían a rozar. Esas eran las ironías de la vida, pues los pensamientos de una persona no definían la realidad, podía ser así o podría no ser.

  • Te habrás quedado satisfecha, has comido por los dos casi – bromeó Nid, alejándose un poco de su personalidad fría y enigmática.
  • No seas idiota anda, que de esos chicos ya sé demasiado. Como lo que me da la gana – no llegó a ser borde su respuesta, aunque tampoco es que fuese demasiado amigable. Ya todos conocemos a Ani un poco, era una mujer demasiado brusca.
  • Pues no sé donde lo metes la verdad.
  • Cosas de la vida, a veces la genética es un gran aliado. Otras la constancia y el deporte, quién sabe. ¿Me vas a seguir haciendo preguntas estúpidas?
  • No hice ninguna pregunta, pajarillo – esta vez fue Nid quien sonrió, parecía que enfurecerla era algo divertido.
  • No escuchas parece. Te dije que no me agrada que me llames así. Parece que hablo con una pared.
  • Anda no te enfades que se te inflan los mofletes y estás más guapa – soltó una leve carcajada, como si realmente hubiese dicho algo gracioso.
  • Ya, me lo suelen decir bastante. Intenta ser algo más original. Venga, vámonos que me tienes que enseñar tu casa.
  • ¿Mi casa? – preguntó incrédulo.
  • Sí, ¿siempre repites todo lo que digo? No me apetece demasiado volver a la mía ahora, estaría bien adentrarme en las cavernas de un poeta – su mirada fue lasciva, ilustrativa dirían algunos. Su sonrisa pícara, como si realmente fuese ella quien lo fuese a devorar y no al revés.

 

Ella pagó la cuenta y se dirigieron de nuevo hacia el coche en busca de un lugar donde encontrar esa intimidad que tanto les gustaba. Ese momento de esparcimiento, de procrastinación. Un lugar donde nada más importa.

 

  • Gira a la derecha. Es por ahí – dijo Nid mirando su rostro concentrado, decidida, como si nada pudiese frenar sus motivaciones –. Por cierto, ¿quién era el chico que estaba contigo el otro día?
  • ¿Celoso? ¿Tan pronto? No es que acostumbre a responder a estas estúpidas preguntas, pero bueno, era el idiota de mi jefe. Parece que le gusta estar todo el día detrás de mí. Es un rico inútil que no sabe hacer nada por sí solo, me desespera – su tono esta vez era diferente, parecía molesta de verdad.
  • ¿Y por qué trabajas con él?
  • A veces es necesario hacer ciertas cosas para llegar lejos, y tengo claro que no pienso volver a vivir todo lo que viví de niña. Estoy bien así, aunque de vez en cuando me toque aguantar a algún que otro gilipollas.
  • No acabo de entenderlo muy bien – parecía diferente al hablar de él.
  • Sinceramente prefiero que cambiemos de tema, no me gusta demasiado hablar de trabajo y menos de ese idiota.

 

Nid permaneció en silencio y prosiguió haciendo alguna que otra indicación hacia su casa. Hasta que, por fin, tras un breve, pero intenso, camino aparcaron frente a un conjunto de viviendas bastante feas.

  • ¿Aquí vives?
  • Sí, me gustan las cosas poco ostentosas.
  • Dirás sucias – ella mostró algo de asco hacia ese lugar. Quizá le recordaba a su infancia.

Subieron las desgastadas escaleras hasta la primera planta y abrió la puerta de su hogar. Un lugar en el que ya habíamos estado, repleto de botellas de ron vacías y un sillón deshilachado. Era una casa pequeña, bastante vieja, aun así, no dejaba de ser un hogar acogedor. Un sitio donde esconderse de los demonios más oscuros y aprender a olvidar un pasado que atormentaría a cualquiera.

Ani no quiso ni profundizar en la mediocre vivienda de Nid, tan solo se acercó a él lentamente, acariciando sus musculosos hombros y poniéndose de puntillas para besarle con fuerza, subiéndose a él con el fin de aprisionarlo con sus piernas. Él la sostuvo sin necesidad de mucha fuerza, agarrando sus piernas intensamente con sus manos. La inercia hizo que ambos golpearan contra la pared y un ligero polvo cayese sobre sus cabezas.

El beso fue profundo y húmedo, recitando versos en sus vellos, erizándolos, deconstruyendo una realidad que los aprisionaba. Ella se agarró a él todo lo posible, haciendo que de su boca se escaparan pequeños gemidos insonoros, los cuales rebotaban en la pared, desatando así el deseo oculto de Nid, incapaz de escapar de la magnética curvatura del cuello de esa mujer. Besando lentamente la piel blanquecina de Ani, bordeando su hombro, deslizándose por sus brazos hasta llegar a sus delicados dedos, entrelazándolos con los suyos, uniéndose a ella sin necesidad de dejar de ser ellos mismos. Sus piernas coqueteaban con ansías mientras sus bocas descifraban su sabor. Dueños de sus cuerpos, sin ser poseedores de nada, tan solo de unas almas locas que luchaban juntas por sentir placer en una batalla que parecía que ninguno estaba dispuesto a perder.

El tiempo parecía retroceder mientras ellos se miraban de lado, compartiendo cuerpo, aspirando fuerte mientras se rozaban partes innombrables. Nid entonces, aburrido de lo convencional se precipitó por su vientre mientras ella acariciaba su suave cabello, bajando lentamente por las laderas de sus piernas, subiendo y bajando, tonteando con el deseo, buscando el lugar de los gemidos prohibidos, de la humedad de la vida. Ella no podía resistirse, arqueaba su espalda mientras lo arañaba, dejando que su alma escapase a través de suspiros que comenzaban a parecerse a los gritos. Rogando que entrase en ella y conquistara su cuerpo, a lo que él prefirió esperar hasta que sus piernas temblasen y su tripa jadease.

Subió sus manos despacio, acariciando sus pechos con una suavidad incansable, adentrándose en ella, enmudeciendo sus gritos, dejando que soñase mientras él se movía. Ani no podía abrir los ojos, pero Nid la miraba con dulzura, juntando su monstruoso cuerpo contra el de una mujer pequeña y delicada, transformando la realidad en onírico placer, sucumbiendo a un ritmo incandescente.

Todo tiene un final dicen, pese a ello, lo que allí aconteció, no parecía que tuviese límite, duró lo que tuvo que durar, unas horas en el infinito. Y, cuando todo se apagó, cuando la luna iluminaba el horizonte, ambos cerraron los ojos, abrazados en la noche.

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