El paraíso de una mente perdida

Capítulo 1 – Llueve o debería llover

Llueve, o más bien debería llover. Mi madre ha muerto.

Pensó el funesto cuerpo que decaído miraba una tumba, aquella con menos flores, menos gente y menos lágrimas puliendo el epitafio menos largo. “Nunca te olvidaremos”

Nunca te olvidaremos… ojalá hubiese más gente.  

La tristeza inundaba el día más soleado de todo el invierno. Ni siquiera era de noche, serían las doce del mediodía y el cielo se confundiría con el mar si la línea del horizonte nos lo permitiese otear. Una desgracia tan desgraciada que ni ella misma se reiría de sus chistes, por muy malos que fuesen o inoportunos. Ni yo podría bromear ahora aún teniéndolo todo. La vida a veces es tan cruel que se permite el lujo de ser tan innecesaria que la necesidad asola los corazones de los abandonados.

No lo entiendo… sé que está mal decirlo pero me siento liberado. ¿Por qué te has ido? Al final recapacitaste… sí, debe de ser eso….

No dejaba de darle vueltas a la cabeza como cualquiera cuyas lágrimas se deslizan por su piel gritando volver a dentro y cubrir el vacío que estaban dejando. Sentía un dolor tan espantoso que envolvió sus sentidos en finísimas láminas de cristal moldeables, mas irrompibles, las cuales acariciaban, con el afilado borde, la barrera que lo protegía del abismo.

Te quiero…

Así era, todo acontece siempre igual, unos se lo guardan, algunos lloran, otros gritan, al final es lo mismo, nadie puede reprimir su esencia. La humanidad está recogida en pequeños manuales de prevención de emociones centrada en ocultar su verdadera identidad. Nuestro verdadero principio, aquel que transciende al animal, al religioso y al material. Aunque de todo eso ya os iréis enterando. Ahora estamos en otro lugar, en otro momento, y, por encima de todo, en otra vida. Mejor o peor es indiferente, lo realmente importante es si queréis seguir leyendo o preferís abandonar para convertir el mundo en lo que es.

Un campo lleno de piedras, muchas personas paseando buscando la suya y de nuevo la misma figura, ahora, llorando y sonriendo porque se va, vuelve a casa. Camina despacio viendo cada centímetro de aquel reluciente lugar. Cuan diferente se muestra ante nuestros ojos la crudeza vista en primera persona. Es el único momento en el cual puede hacer el día más maravilloso y esperanzador que aun así lo vas a contemplar mermado, roto y desamueblado.

Cómo una llamada puede destripar a una persona en un instante y cómo la voz puede desvincularte de los enlaces más insignificantes y obligados.

¿Sí?, Mama ha muerto.

Te espero.

Nadie fue, ni tu hermano es capaz de ayudarte si prefiere malgastar sus pensamientos en la espiral del yo y mucho menos cuando el desaparece al colgar el teléfono con una sonrisa. Hay familias y familias, y esta no es apegada, podríamos definirla como un amor sin causa. Hay personas y personas, y en esta familia, salvo una, prefieren navegar entre desechos antes que reciclar y regresar a tierra con quienes realmente tienen que estar.  Pero no importa, lo importante es que esta persona que rompió con el naturalismo establecido vuelve a casa sola con el alma a los pies del encapuchado y sus esperanzas flotando en la nube más blanca del cielo.

No es fácil vivir con una madre enferma. Es muy complicado cuidar de ella durante lo que vulgarmente se conoce como toda la vida. Es tremendamente desafortunado haber vivido para que otros vivan, mas con cariño, alguien por ahí bastante querido por mí dijo, en su día, que no es una forma de hacer el bien, pues el bien no se hace, es una forma maravillosa de asumir lo que somos, o quizá nadie lo dijo, no lo recuerdo bien. Lo principal es que liberado quedó, para bien o para mal, por deber o por querer, pero lo siente y eso es inevitable.

Los humanos lloran a la muerte y la muerte llora porque siempre piensan en ella con odio y tristeza y, al final, no hay salida, salvo ahogarse en los llantos irracionales y, creerme, no es una buena opción, porque al final hay a alguien al que se le acumula el trabajo y el trabajo siempre es desagradable.

Ya no hay ningún cementerio, ya no hay ninguna entidad conocida salvo seres que pasan por su vida como imágenes, rogando al olvido ser recordadas. Calles y más monótonas calles que desembocan en algún lugar que casualmente es el hogareño edificio de nuestro personaje. Subió las escaleras anhelando los nostálgicos momentos, en los cuales su madre lo gritaba para que corriese rápido a casa porque un ángel  de alas blanquecinas le quería robar a su hijo y él, aburrido ya del tema, le seguía la corriente seca que originaba la llegada a un estado mental excesivamente transitado.

¿Mama? ¿Estás en casa?

Era imposible que su madre estuviese en casa, pero también es imposible aceptar una realidad que no solo transforma tu vida en una gran mentira sino que convierte tu simple y solitaria existencia en una gran verdad, y eso es muchísimo peor.

Quédate en la cama, no te preocupes. Yo haré la comida.

No, en serio.

Que no, que me encargo yo, tú ponte la tele.

Digamos que la locura es algo subjetivo, un pequeño insecto que entra en tu mente y es completamente aleatorio a la hora de actuar, quizá seas consciente del parásito, pero muchas veces creas una simbiosis de tal tamaño que es imposible liberarte de ella, os necesitáis mutuamente. No hay motivo para que este señor de mediana edad cocine para dos, mas tampoco hay motivo alguno para hacer daño a una persona y aun así no solo ocurre, sino que es tan repetitivo, que no solo cansa, sino que además adorna la realidad de un colorido rojo felicidad.

Dieron la una y las dos y él continuó cocinando un plato especial para que su madre se alegrara. Preparó la mesa; dos tenedores, dos cuchillos, dos servilletas y dos vasos que acompañaban al pobre chico en su melancólica soledad. El día era tan fantástico que la luz pasaba por la puerta acristalada de la terraza, entrando hasta el final de la cocina y creando un sentimiento de angustia, propio de quien aun viendo las maravillas del universo es incapaz de salir a disfrutarlas. Suele pasar, una casa habitada, con dos habitaciones, una cocina, un salón y dos baños. Una persona y un deseo. Un deseo que está mucho mejor sin realizarse, aplastado en la mente, comprimido y aislado de lo que todo el mundo conoce  como sistema cromático. Mejor el negro sin duda, quien podría dudar eso, nadie quiere un deseo que lográndose aporta más resentimiento e impotencia que el malestar de no poder alcanzarlo. Nadie quiere devolver la vida a nadie, y menos él. Qué haría después de abrazarla y acariciarla, de quererla y cuidarla, ¿devolverla a su lugar? ¿Asistir a un nuevo entierro? Nadie debe ser tan desdichado de morir dos veces y NADIE tiene que permitirse el lujo y el terrible sufrimiento de ver morir dos veces a la persona que hizo que su vida fuera un hecho y no un porcentaje.

Debe llorar ahora que es el momento, sentarse en el sofá y ver como sus tripas se comprimen. Tumbarse y descubrir que todo sigue igual. Levantarse y comprender que lo que se va no vuelve y que si vuelve es porque nuestra mente nos está engañando. Nosotros mismos nos mentimos y vemos lo invisible y, por ello, creemos que las hadas y los cuentos no son más que el reflejo muerto de un momento y un espacio revuelto, perdido en el corazón del mundo, que de vez en cuando corre a la aventura, escondiéndose entre personas de poca importancia. Pero este caso es diferente, no es simplemente que se engañe, sino que el engaño sucumbió a su deseo, fluyó por toda la casa y desprendió un olor vulgar y cotidiano que a todos nos recuerda a algo y, al principio, nunca sabemos a qué, pero luego, mucho más tarde, cuando nada pasa por nuestra cabeza, una ráfaga de viento frío colisiona y produce el llamado escalofrío al recordar que todo ese olor proviene de lo que se quedó atrás.

Una siesta nunca viene mal para olvidar. Reduce la tensión y el dolor, el problema es que la mayor parte de las veces preferimos no despertar. Es obvio que eso es de mentes débiles, las mentes fuertes se agarran a la vida como si temieran perderla. Son valientes, crecen ignorando al tiempo y, llegado el momento, se encuentran de cara con quien nunca tuvo rostro. La abrazan, le suplican, le lloran, le prometen y le susurran pactos de sangre, hasta que de pronto, como un cometa que se acerca al suelo intentando superar un récord de velocidad, se dan cuentan de que tocaron a quien no debieron de tocar y sin más, mueren.

Aprecia el borrón que generan sus ojos y aprieta el puño.

¡¿¡Por qué!?!

Siempre hay una razón, un motivo por el que mirar atrás, una explicación justa o injusta de todo lo que ocurre, pero por desgracia no existe el consuelo para quien lo espera. No nos caemos para levantarnos, nos caemos porque debemos caernos, porque en la oscuridad no hay vestigio de luz, porque en el abismo la única voz que escucharás será la tuya y no el condicionado y hermoso eco de mil y un cantares de mil y un pájaros que aún no aprendieron a volar.

Yo no me puse nombre, yo aprendí a mirar a través de lo opaco y fue por eso por lo que ahora os cuento una historia, por eso soy yo el que narra. Sí, una historia de un individuo insulso, inadecuado, insignificante. Alguien al que no mirarías por la calle porque lleva la cabeza tan baja que consiguió esconderse de su propia timidez por miedo a perderla. Un hombre moreno, de piel clara y con los ojos de un oscuro que anhela a su amada noche. Un delgado cuerpo que sostiene a un brillante genio perdido y encontrado en un remoto punto del ridículo espacio interior, donde los sueños pelean por no abandonar la abrigada placenta.

Come, mastica, prefiere deshacerse de cualquier sentimiento. Comete ese error, pero continúa comiendo, digiere con cautela, no quiere volver a sentir ese dolor en el estómago, mira a su derecha y, con voz paciente, …

Lo siento no quise gritarte… A veces me olvido de que sigues aquí. ¿Cómo van las cosas por allí?

Sí, sé que estás aquí, lo olvidaba.

No hace falta que me respondas, puedo esperar a que termines de comer. ¿Te gusta lo que preparé? Me lo enseñaste tú. ¿Lo recuerdas?

Quizá lo olvidaste todo al pasar por…

Es cierto, no fuiste a ningún lugar. Que idiota soy, sí, aun sigues comiendo a mi lado.

Gracias mama.

La locura es algo objetivo, algo que se aprecia a simple vista. Revolotea con fuerza, como pajaritos amarillos al golpearte la cabeza dibujando. Es cruel, vivaz, neófita en términos reales, mas experta en lo que requiere de sus servicios. Adora la pirotecnia y las historias fantásticas, si de verdad quieres escuchar algo inverosímil, simplemente saluda algún día a su hermana hospitalizada.

Encerramos lo que no entendemos en los rincones más cubiertos de tierra de nuestro organismo hasta que regresan deprimidos con el odio de quien se ha pasado toda su vida enterrado en un ataúd. Siniestros ancestros mal ubicados cuya sabiduría se resume en dos palabras tan validas que decirlas resumiría toda la historia.

Admira el trabajo de recoger la mesa con cuidado, tira las sobras invisibles de quien por supuesto comió a su lado y recorre la casa buscando algo que le alegre el día. Busca y busca pero no encuentra. Nadie encuentra buscando, debe olvidar, centrarse en los límites para sobrepasarlos. Acaricia el suelo y se postra de rodillas rezando a la personificación de lo alienado. Se dice a sí mismo que él es único, que tiene que serlo, sino por qué habrá venido al mundo. Él nunca quiso estar ahí, si está es porque algo importante tiene que hacer, y es cierto, sin duda algo tiene que hacer, pero ahora tan solo debe darse cuenta de que así solo da lástima, y ningún Dios agnóstico quiere preocuparse de alguien que no sabe cuidarse solo.

 Piensa que quizá debería comenzar alguna actividad, centrarse en su trabajo, viajar. No sería ninguna mala idea.

 No tenía fuerzas, sus pensamientos cambiaban tan rápido que antes de plantearse lo siguiente había creado un pos acontecimiento a la secuencia conocida como tiempo.

Daría un paseo, se vestía, cogía las llaves y se disponía a abandonar su sepultura justo al tiempo que reflexionaba sobre la decadencia de lo que estaba a punto de hacer, mas ya era demasiado tarde, salía, cerraba la puerta y bajaba por las escaleras porque el ascensor desprendía un olor que bueno… digamos que le resultaba demasiado familiar. Atravesaba la puerta de la entrada y acariciaba con su descuidado y grasiento pelo la calurosa brisa de las cuatro de la tarde. Me debí duchar piensa. Cierto, debía haberse duchado, estaba en un lugar público. Si hubiese recordado realmente eso, es que estaría tremendamente loco. Su madre había muerto, en lo único que pensaba era en recuperarla y en sacrificar sus ojos para poder volver a verla. Sus olores eran una preocupación bastante paupérrima en comparación, y es ahí donde reside la verdadera humildad, en la pobreza.

Es irónico que la ambición sea tapada por el mundo, por el egoísmo, yo he de decir que prefiero tapar la miseria con la decadencia. A las armas gritan algunos, yo siempre preferí gritar al cambio, posiblemente tras unos años haya más siglos y menos muertos, aunque por desgracia a mí no se me permite opinar, es bastante gracioso, pues en mis manos residió el destino indeterminado de los humanos, aunque es inútil hablar de mí cuando cuento una historia sobre otro, no soy tan narcisista.

Adoro a Narciso, refleja la belleza inmutable del ser humano frente al egocentrismo del agua de Wilde.

Me fui demasiado del camino, el camino que recorría el caminante sin camino que estaba a punto de generar su propia ruta.

Pensaba en el destino, fiel espadachín limitado por la dama determinista que aspiraba como todos al nihilismo más absoluto; porque debía recorrer aquella distancia, por qué no algo más corto, como saltar al vacío.

Apareció un parque y todo pensamiento absurdo desapareció vertiginosamente con la reencarnación de una hermosa y especial princesa desheredada que caminaba encima de unos zapatos de cristal opacos, pues todos sabemos que la información se puede manipular pero nunca se podrá destruir un clásico. El arte es así, por muy malvada que sea la intención se acaba transformando en bello. Y regresamos a la imagen que se formaba en los sentidos de nuestro desalmado personaje cuyo nombre ya diremos. Una preciosa enamorada de tantos y animada por tan pocos, una triste princesa, que no reina, desterrada y obligada a revivir las emociones de los mortales. Una prostituta de los sentimientos, una tentativa oferta singular que o sorprende o desaparece su demanda. Un solitario cuadro que nació mujer y deslumbra al aristócrata.

Sacó el poco dinero que tenía y se lo ofreció a su amo. Se negó pero él insistió, todos insistiríamos. Mentí. Gracias, le dijo después de desapegarse de su dinero y prometerle que lo cuidaría por siempre. Fácil, a veces la cosas complicadas no son tan difíciles de conseguir solo hay que echarle valor, en el fondo, si nadie les presta atención acaban dependiendo del caluroso reconocimiento. ¡Precioso! Cuan hermoso es el arte cuando se mira de lejos, lo mismo le sucedió a nuestro hombrecillo que nada más sostener el cuadro con ambas manos se quedó pálido. No había un dibujo, ni una caricatura y, por supuesto, tampoco la representación ancestral de la belleza. No, para nada. Era un espejo. Un acristalado y simple espejo recubierto por un delicado marco bastante barato. “Sometimes” el arte refleja la clarividencia de los ciegos. Perdonar mis expresiones, es que al hablar de arte me convierto en un esnob desubicado que intenta alcanzar la cima sin siquiera saber escalar; a veces me sorprende todo lo que aprendí de ellos en tan poco tiempo. Pero para nada nuestro personaje se parece a mí, por suerte, aunque por fortuna seguro que algo de mí tiene. Él se sorprendió como cualquiera lo hubiese hecho, pero digamos que más aún, ya que no era muy entendedor sobre estafas, irónico después de haber vivido tanto tiempo con alguien que descubría tesoros en mares remotos.

Espejito, espejito.

Pasó un ángel incómodo. Evidentemente. No es muy normal que un loco te nombre con diminutivos. En realidad sí lo es.

¿Cómo cambio de aspecto?

Y entonces respondí, bueno, yo no, pero alguien debió de hacerlo porque un terrorífico sonido resopló de dentro de aquella majestuosa obra de arte.

Dejando de mirarte a ti mismo donde está el retrato de otros.

      Entonces el retrato volvió y todo regresó a la normalidad, aunque en realidad el retrato no era un retrato sino la abstracción de lo que yo llamaría retrato, pero sí, era un retrato.

Un cuadro más, una vida insulsa que continuaba por el mismo carril absurdo de ancho inadecuado.

Continuó caminando hacia alguna parte, aunque yo por lo menos podría afirmar que el lugar que buscaba se escondía en premoniciones imposibles, reacción apropiada de quien busca inversiones aceleradas en una vida desprovista de realidad. Caminaba con la fuerza innata de quien nació ciego y piensa, más bien sabe, que ningún obstáculo se interpondrá en su camino, hasta que, por supuesto, descubre la delicadeza de las lágrimas al sentir el dolor de ver detenido su avance cruelmente por un muro inexistente.

Todos en esta vida podemos hacernos preguntas sobre lo que es, lo que no es y lo que podría considerarse necesario, pero es absurdo contemplar un mundo en primera persona e intentar transformarlo en una idea general  de lo que tus sentimientos reflejan. Nadie salvo yo, el narrador de una historia, puede afirmar que sabe de lo que habla. Es complicado entender algo tan inconcluso como el primer capítulo del resto de una vida, que por supuesto, acabará.

La muerte asola a todo el mundo con la guadaña del suicidio, solo cabe esperar el momento adecuado para sobrevalorar la vida y sobrepasar la fina línea que supone descubrir algo totalmente nuevo. La proximidad de lo intangible, de lo inaudito, de lo infinito, logra sensibilizar incluso a la persona más ártica de este cálido mundo que aparenta ser poseedor de múltiples carencias. Cómico, sarcástico, crítico, al final, se ríe de nosotros, o de vosotros, o en este caso en particular, de él. Es de ingenuos pensar que una entelequia te va a regalar el esfuerzo de quienes no pidieron absolutamente nada y nunca recibieron más que dolor y sufrimiento al contemplar que la fuerza reside en la dureza del alma.

Llegó al lugar más raro al que podría haberse dirigido. Subió las escaleras de aquel rincón sucio y descuidado. Arriba todo se encontraba diferente pero igual. Sucio y descuidado, pero elevado. Miraba la caída con ansia, con determinación. Allí se sentía importante. Atlas tan solo soportaba nimiedades si lo comparamos con la persona que describe inconscientemente todo lo que está viendo en el preciso instante conocido como presente. Su fuerza y su poderío interior, en ese concreto momento, podía confundirse incluso con el mayor de los Titanes, aunque en este caso lo hayamos confundido con el débil individuo que permanecía inmerso en la más injusta condena (no me conviene hablar de ello, se dañaría mi imagen). Miró al cielo, susurro casi silbando y continuó anclado en los recuerdos, cuando sin previo aviso, un cuervo negro se posó en la barandilla de la escalera. Es bastante extraño ver un cuervo donde el físico no está muerto. Extendió la mano, lo tocó. Lloró, no podría explicar el motivo, simplemente lloró, y entonces se dio cuenta, el destino reclamaba la presencia del verdadero dueño de su mente.

Capítulo 2 – Reflejos de una mente madura

Un nuevo día siempre comienza con la frescura de quien no ha conciliado bien el sueño, siempre se puede dormir más.

Se levantó de la cama, caminó despacio, medio mareado y con la vista perdida en algún lugar del mundo de los sueños. Llegó al baño, abrió el grifo y esperó sentado en el taburete azul que tenía justo pegado a su bañera. Sus manos frotaban su desarreglado rostro como preguntándose el porqué de alguna entrañable y angustiosa historia. El grifo había conseguido calentar el agua tras un costoso esfuerzo y él decidió levantarse para lavarse la cara y, deshacerse así, de todos aquellos demonios que revolotean después de una noche tortuosa. Fue a la cocina, dejó un vaso de leche en el microondas a un minuto y medio; justo lo que tardó en ir a abrir la ducha y volver a recogerlo. Se lo bebió de un trago, lo que le costó una leve quemadura en la susceptible lengua y un par de arcadas sin importancia. Una vez en la ducha se tranquilizó, se mostró bastante receptivo al delicado tacto de la única mujer que te mataría de tanto rozarte. Pensó que era mejor no romper con ese momento, limitarse a  cerrar los ojos y permanecer estático, dejando que la vida decidiera el final. Sorprendentemente no fue así, a los minutos de lavarse se cansó y salió tapándose vergonzoso con la toalla, evitando los crueles ojos del espejo. Esperó de pie a que el frío decidiera dejar de molestarle y se lavó los dientes con fuerza, pensando que así eliminaría más rápido a los agentes externos e innecesarios que ni Dios sabe por qué decidían habitar ahí. Dejó caer la toalla y se vistió. Nada del otro mundo, tan solo un jersey, unos pantalones vaqueros y unas deportivas desprovistas de cualquier originalidad, salvo que poseían el atractivo de estar bastante rotas.

Terminó rápido la ya conocida monotonía del aseo diario y fue directo a la habitación de su madre a abrir las persianas.

Ya es hora de levantarse a dar un paseo mama, no quiero que te quedes todo el día en casa.

Salió de la habitación, le preparó un desayuno bastante equilibrado y se lo dejó encima de la cama.

Recogió la cocina, se abrigó con una sudadera negra de poco atractivo y cerró la puerta con llave. Ya fuera, se dirigió al ascensor; tardó unos minutos en subir. Entró con calma y se miró fijamente al espejo con increíble desprecio, no le dio tiempo ni a disimularlo. Bajó mirando la luz del techo y tras abrirse la puerta abandonó decidido el claustrofóbico habitáculo; se iba a comer el mundo.

No tardó en darse cuenta de que tenía el estómago revuelto. Paró, colocó su mano en la tripa y respiro fuerte para retomar la visión y erradicar el mareo. Pobre ingenuo pensó, volverá de nuevo, no es un dolor físico. Abrió la puerta del viejo coche que le acompañaba desde que reunió el suficiente dinero para malgastarlo y se puso en marcha.

No tardó en llegar al trabajo, un hotel demasiado transitado y bastante aburrido (supongo que dependerá del punto de vista). Entró por la puerta de atrás, saludo educadamente al portero que le pidió, como el viernes pasado, una firma que demostraba algo más que una presencia. Una charla agradable, unos minutos perdidos, un tránsito irremediable. Se cambió de ropa por una más elegante, más adecuada para la situación. Desgraciadamente todo depende del momento.

Lo llamaron a gritos.

¿Dónde estabas? – preguntó una persona que producía desoladora apatía.

Lo siento – dijo por decir algo.

Parece mentira que a estas alturas vengas sin afeitar, tienes cinco minutos para ir al baño – hay millones de personas, pero para describir a esta nos valdría con usar solamente dos palabras, vacía y común.

Corrió al baño, sacó de su mochila una maquinilla y rápidamente se quitó los pelos molestos que le impedían trabajar. Recorrió los pasillos del hotel y se dirigió a la cocina, allí estaban todos esperándolo. Una de las mujeres vestidas de negro le sonrió, como era costumbre. Tímida le dijo; Llegas otra vez tarde. Apenas le dirigió la mirada, intentó calmarse y recuperar el aliento, y con el aire aspirado silbó unas palabras que apenas se escucharon; Ya estoy.

La mañana comenzó como otra cualquiera, muchos platos que servir y mucha gente insoportable a la que aguantar. Es difícil ser sociable cuando solo oyes quejas y palabras poco agradables de gente que realmente te importa una mierda. Tenía problemas mayores, y quizá otro día podría haberlo aguantado, pero hoy era demasiado, le consumía el ánimo con la impotencia de un esclavo y, su estómago, por llamar la atención, comenzó a darle problemas.

Terminó su servicio y se dirigió a los aseos. Allí se lavó la cara con níveas gotas transparentes, capaces de agudizar sus ya de por sí limitados sentidos. Incorporó despacio su insufrible cabeza, quedando petrificado al contemplar la ilusión infinita en el reflejo de su pupila acristalada.

Un espejo cualquiera, pero que recogía en su interior los recuerdos de un loco, que, sin duda, no es como cualquiera.

Una persona comenzó a acercarse por detrás, sin embargo, al darse la vuelta no vio a nadie. La cabeza le daba vueltas. Regresó al opaco cristal, tenía unas ojeras tan negras que atraían el calor de la noche. 

Una persona abandonó el lugar, un cuerpo carbonado veloz como el nítido resoplar de un sonámbulo, una sombra fugaz sin deseo ni intención. Una condena errática desahuciada públicamente de la mente de un bipolar.

Se dio la vuelta corriendo, mas la puerta permanecía estática.

Siguió la sombra en busca de algo que difícilmente se puede explicar a no ser que seas escritor, cosa que no habitúo a ser.

Una mujer se le abalanzó en cuanto salió de los lavabos, como si lo estuviese esperando. Una mujer que en la mañana lo había saludado con un íntimo “hola” imperceptible para personas de indeseable aforo interno.

¿Te sucede algo? –preguntó con la dulzura de un vendedor.

Creo que he visto un fantasma – dijo con la mirada perdida.

A veces pasa cuando tenemos demasiadas cosas en la cabeza, vemos lo peor de nosotros mismo – sonrió –. Pero tranquilo aquí estoy por si lo necesitas.

No es eso, no te preocupes. Tengo que seguir trabajando.

Caminó por el pasillo solitariamente abarrotado, repleto de transeúntes invisibles para el ojo nervioso de nuestro héroe,  persiguiendo el rastro del rostro divagado que su mente le marcaba. Por desgracia para muchos indeseables la realidad es un ente cómico que destroza a su rival cuando menos conviene, en resumidas palabras, aquel personaje irrisorio y completamente absurdo se precipitó contra el maitre de forma siniestra y peculiar, es decir, de forma absolutamente normal.

¿Está usted bien? Llevas todo el día distraído.

Lo siento, mi madre falleció este fin de semana.

¿De verdad? Lo siento muchísimo… No se preocupe, puede irse usted a casa, pero venga mañana a primera hora y sea puntual – dijo sin que se le movieran siquiera los músculos de la cara.

 

La verdad es que estaba más preocupado de volver a coserse la sombra que de regresar a casa, pero le vendría bien tomarse el día libre y distraerse, el trabajo le estaba agobiando demasiado.

Ya en el coche encendió el motor, pero no funcionaba. Lo siguió intentando, cada vez más cabreado, más inquieto, quizás eso le hacía fallar. Salió desesperado y cerró la puerta de un golpe, sería mejor decir que la golpeó contra el resto del vehículo. Era ya muy viejo para funcionar correctamente pero eso no le daba derecho a fallar cuando más se le necesitaba. Era desesperante ver como todo se le hundía incesantemente en un pozo que ni él había cavado. Por suerte el metro estaba al lado. Fue andando y malhumorado, mas triste, incurriendo en la sospecha de que cuanto más frío eres menos sufres. Tenía que aguantar, no debía explotar. Bajó las escaleras del metro con seguridad, deseando llegar al final nada más empezar. Una vez abajo miró a ambos lados. Eligió uno sin pensar en las consecuencias, se postró delante de las vías y miró el indicador exigiendo que viniese ya.

El transporte no tardó en llegar, abrió las puertas y, él, entró completamente decidido. No cesaba de mirar a la gente por encima del hombro, como si le diera asco o le repugnara su sola presencia. Las paradas se le pasaron rápido, no necesitó ni sentarse, esperó reflexionando acerca de sus problemas, su vida y sus inquietudes. No tardó en llegar al lugar de donde en principio provenía. Caminó, cualquier caminante insistiría en cambiarle sus hábitos al andar, pero a él no le importaba, tan solo elegía un punto y continuaba deseando terminar. Su deseo era admirable, irresistible, perdurable. Se aferraba a su idea de acabar con todo, como si el mundo hubiese empezado en el final y la operación temporal fuese a la inversa.

Llegó a casa, abrió la primera puerta; continuó pensativo e inconsciente a la segunda puerta, la cual daba al portal. Allí se enfrentó con los muros verticales que protegían normalmente su vida y que, ahora, irremediablemente, eran un obstáculo más que le impedía alcanzar su objetivo banal; dormitar en una cama con la esperanza de que el mundo llegara a su fin antes de volverse a despertar.

Sacó la llave de su bolsillo repleto de migajas de procedencia desconocida, abrió la persistente puerta y, costándole desplazarla en un primer momento, consiguió adentrarse en la morada del genio. Un portal solitario, con un ascensor centrado y un lugar inquietante y terrorífico que oscurecía la mente del más valiente desquiciado. Al llegar dudó, llamar, esperar… Se miró al espejo, parecía pálido, lo que le resulto trágico, siempre desde un punto de vista cómico, por supuesto. Rio y admiró su exótica belleza envuelta en un transpirada inquietud diabólica y rocambolesca. El espejo solo reflejaba una absurda realidad inspirada en la mirada de un hombre completamente subjetivo cuyo lenguaje desprendía silencio y coherencia al apreciar que su sonrisa provenía del más oscuro infierno y que su mirada dibujaba en sus retinas la tristeza de un pobre hombre que intenta escapar de su destino, del frío invierno de su memoria. La locura era invisible como vampiro despistado que se olvida de su reflejo en la penumbra de la noche. Subió por las escaleras, llamó a la puerta, no paraba de gritar.

¡Abre mama! – Lloraba, no paraba de llorar – ¡Sé que estás ahí joder! – Se derrumbó entre golpes estruendosos contra su puerta de madera y de rodillas gritó hasta agachar la cabeza.

 

Tan frágil es siempre la curvatura de la imaginación. Somos piezas expuestas en diamantes sangrientos que destruyen paulatinamente la realidad.

Se levantó despacio, recuperando el aliento con cada empujón que lo elevaba. Sus ojos ya no eran los mismos, habían sido expuestos a la más lúgubre soledad, habían descendido al inframundo para atraer la cólera de los Dioses. Giró la llave y la puerta se deslizó para dentro como una respuesta emocional a lo imposible. Primero un pie, luego el otro, y al final la puerta se había cerrado sola. Una vez en la casa todo fue mucho más sencillo, fue a la cocina a beber agua, luego al baño a desprenderse de lo bebido y luego a la habitación a dar un beso a los muertos.

Buenas noches mama.

Cerró las persianas para que no entrara la luz del sol y arropó a la misántropa cama, la cual pedía a gritos a un buen amante. Se escondió del sol en un rincón oscuro y desordenado; sus propios pensamientos; hasta que obviamente todo se descontroló. Necesitaba salir. Se cambió de ropa, algo más informal, más… de deporte. Sin darse cuenta el pasado se alejaba, se encontraba en la calle corriendo tranquilamente apreciando un paisaje urbano poco conmovedor. Parecía mentira, no se cansaba, pensaba y pensaba convirtiendo su monotonía en apasionantes historias sin final y sin principio que empezaban y acababan con la misma frase, ¿Por qué a mí? Nadie podía explicarlo, ni él mismo, pero sus continuos infortunios habían conseguido reprimir su cólera hasta tal punto que si ahora mismo su locura aminorara él mismo la haría florecer, como si su mente transitara en un invierno primaveral incansable y sediento de melancolía, no había fuerza interna capaz de solventar aquello.

La carretera atraía la hermosura de pequeños parquecitos infantiles repletos de criaturas inservibles, anonadados de sueños imposibles que conquistaban incluso a los más invulnerables caballeros. Su paso era firme y su cansancio persistente. Se apoyó en sus rodillas con las manos y paró, era evidente que no podía más. Su sudor le causaba un desagradable hedor imperceptible y rítmico que conseguía incrementar su irascibilidad. Su mente se aceleró al paso que su corazón reducía las pulsaciones. Bebió agua de la fuente más cercana y no tardó en enfrentarse a un árbol que poca culpa poseía. Su desesperación era palpable. Necesitaba estallar, huir, morir, o simplemente perder el conocimiento. Era completamente imposible mantener ese ritmo caótico y perspicaz que destruía poco a poco su sensibilidad humana, trastocaba la poca racionalidad que le quedaba con pequeños impulsos sísmicos irrisorios e increíbles. 

Su mirada se centró en un lugar, unas escaleras de un portal muy poco transitado. Se sentó, echó la cabeza para atrás y suspiró. Estaba comenzando a calmarse, aunque le había costado un disgusto indiscutible, o quizá una lección de vida inaudita. Su simpleza residía en sus trastornos, en su risa calculada y en su tristeza camuflada. Cogió arena del suelo y la soltó al aire como un artista diáfano, esperando que su luz construyese algo de valor.  

El día oscurecía por momentos, él, por el contrario, permanecía estático en un espacio desnivelado que poco podía ofrecer a un mentalista de tan elevado nivel. Su alma había abandonado su cuerpo para irse a pasear entre las estrellas aun ocultas por la luz, mas su cuerpo continuaba pegado a un suelo sin sustancia. Sus palabras sobrevolaban el cielo intentando buscar una respuesta al dolor que sentía, a su infinito desprecio a la humanidad y a su incansable amargura, pero era imposible encontrarla. Su pozo se había secado y ya solo le quedaba seguir cavando hasta encontrar su tumba. Pero él no era así, debía ser optimista, al menos por una puta vez en su vida. Sabía lo que debía hacer, pero no quería pensarlo por si en algún momento su intención colisionaba con la acción y desaparecieran ambas en un espacio irrealizable. Se levantó bruscamente. Corrió, no paró. Una pequeña montaña verde se le opuso en su camino pero el insistió hasta que de pronto y, sin esperarlo, resbaló. Su cara colisionó contra el fresco y suave césped ocasionándole un dolor rabioso, un picor interno que mancha tu orgullo y trasforma tu sufrimiento en ira a descargar. Golpeó el suelo con el puño y se levantó rápido desprendiéndose de los pequeños fragmentos de hierba unidos a su ropa. El corazón le latía a mil por hora y, sin apenas pensarlo, prosiguió en su malhumorada empresa de correr buscando un destino.

Una vez en la cima y tras unos cuantos resbalones, alzó los brazos y se dejó caer despaldas, con muchísima suavidad. La humedad del suelo le impedía pensar con claridad pero el cielo estrellado le transmitía lo que necesitaba, una salida. Su mirada incidía en la luna con la intención de entenderla, añoraba ese sentimiento, ese doloroso y poderoso sentimiento frío y caluroso que habitaba en los humanos desde hace tanto tiempo, y que hacía tantísimo tiempo que no le pertenecía. Su lugar estaba allí, entre los árboles, en la cima junto a las estrellas. Necesitaba tocarlas, alcanzarlas, acariciarlas con ternura. Sus sentidos desprendían impotencia y necesidad. Su debilidad estaba presente en donde nuca debía de haberlo estado, en sus ojos, en sus oscuros y brillantes ojos. Levantó levemente su torso y se mantuvo elevado apoyando los brazos. Ya no miraba absolutamente nada, tan solo pensaba con la cabeza baja. Su rostro se endureció y se puso de pie deprisa, enfadado. Anduvo despacio hacia su hogar, agachado, enseñando la curvatura de su espalda, como si soportase una pesada e invisible carga.

Esta vez ni se miró al espejo tan solo se adentró en la cueva cuyo sonido insonoro se asemejaba al de un péndulo estridente. Su piel temblaba al sentir la terrorífica impotencia de volver a la cárcel de donde quieres escapar, dejando a sus ojos fotosensibles la inmediata necesidad de volver a ver la luz.

Ya he vuelto.

No digas nada, la puedes despertar….

Es cierto, se me olvidaba.

 

Se quitó las zapatillas en la entrada y prosiguió cauteloso. La casa resoplaba un frío invernal que erizaba el oscuro bello de la persona que recorría el pasillo en silencio y con la cabeza perdida en un mundo de fantasía al estilo inglés, con muchos sombreros y conejos. Pero esto no era Inglaterra y la iluminación no reflejaba la locura, sino que la soledad mascaba de la envenenada hoja de la angustiosa desesperación, curiosa por momentos. Su vida sumía su personalidad en el vacío que él mismo había buscado. Sus inquietudes anteriormente escusadas por la presencia constante de su madre iban saliendo a flote en decisiones erróneas del pasado y en acciones necesarias pero esquivadas. Después de tanto revoloteo onírico se dirigió a la cocina a ver si cenaba algo que de la comida ya se había olvidado. Bajó un bol de la encimera y se calentó algo de leche. Luego sacó unas galletas y se fue al salón, pero no encendió ninguna luz, simplemente degustaba mientras se iba manchando puntualmente de leche y quitando importancia a la ya sudorosa camisa que llevaba puesta. Al terminar encendió la lámpara que tenía a su derecha y alcanzó el libro de la mesita, del cual solo leyó el índice, le apasionaba, era como jugar una partida de ajedrez contra un genio matemático. Su vista se desvió, creyó ver una sombra animada cruzar la puerta. Estaba cansado. Atravesó el estudio y se dirigió a su habitación. Se desnudó y se metió en la cama abrigándose con múltiples mantas para evitar la entrada a desafortunadas presencias del mundo de la imaginación. Así se sentía completamente seguro, ninguna preocupación asolaba su mente, y si lo hacía se marchitaba velozmente acompañada por una onírica sinfonía. La música de las bellísimas ninfas endulzaba su cansancio y relajaba la tensa visión protegida por sus arrugados párpados. Los colores surgieron del más simple negro y deambularon hasta dar origen a tristes sueños de los ángeles. 

 

El mar transpiraba oxígeno y la mañana se extendía en el horizonte. Las olas rompían delicadamente en el polvo de la arena donde, vergonzosas, se desvanecían acariciando el último suspiro de la noche que, muy, muy despacio, se iba perdiendo ante la grandeza del sol. La hermosa y envidiada luna permanecía estática retando a la sudorienta estrella que brillaba como consecuencia de una mujer que decidió abandonarle. Ella, lo miraba rabiosa, y él, ardiente, comenzó a iluminar con sus lágrimas el agresivo mar que sofocaba las tormentas de un hombre que contemplaba la belleza del amor armónico de la naturaleza, el cual se distancia para permanecer inmortal  en un universo finito y cautivador que nos hace creer en los interminables recorridos. Un paradisiaco lugar donde las personas se hundían y gritaban en el momento exacto en el que la felicidad devoraba su alma humana, un infierno soleado que demostraba que una vez muertos la verdad desaparece ante nuestros ojos.

 

Se despertó de golpe.

La habitación se había hecho aún más pequeña y las paredes se le acercaban impacientes, deseosas de tocarle con la mayor suavidad. El miedo se abalanzó sobre él y las mantas le arroparon evaporando todo intento de analizar su sangre. Un agujero apareció en su cama y curioso, u obligado, se metió a través de él. Apareció en una habitación oscura con un sillón y una mesita cuya lámpara alumbraba a la única persona sentada en aquel lugar lúgubre y taciturno. Sus ojos comenzaron a sangrar, al mismo tiempo escuchó una risita que provenía de detrás de su madre, en el momento exacto en el que una pluma blanca calló de la oscuridad y se posó en el vientre de su progenitora, manchándose de sangre. Vertiginosamente se destapó, viéndose  desnudo en una habitación donde las paredes se alejaban, colocando su espíritu en el punto más aislado del espacio, en una blanda cama que obstaculizaba su caída al eterno vacío. Miles de miradas aparecieron de la nada y su piel enrojeció influenciando su próxima decisión, sin pensarlo dos veces se arrojó al vacío.

Se despertó de golpe.

Miró fatigado a todos los rincones de la habitación y se dio cuenta de que la luz del baño estaba encendida.

¿Mama estás ahí?

Se aproximó con cautela. La puerta estaba cerrada. La abrió. Una masa de oscuridad comenzó a salir del espejo. Se le acercó hasta colocarse en frente de su pálida tez y arrastró toda su energía de vuelta al cristal. Su cuerpo cayó al suelo desvaneciéndose en el acto. Todos sus pensamientos recorrieron la fina línea de la verdad y su antiguo físico dejó de importar. Simplemente desapareció.

Capítulo 3 – La casa del bosque. 

Todo comenzó con una pintura, con un pintor y un pincel en el interior del bosque más oscuro. En una casa de madera de dos pisos, pintada de blanco y con un pequeño patio que daba a la nada, una nada rodeada de árboles viejos y de animales muertos, donde un riachuelo, cuya escorrentía desemboca en la palabra sequía, asediaba el solar. La infinita lluvia ejercía de escudo ante la malvada luz y la cansada noche que asolaba nuestros corazones, hacía de nuestras vidas estáticas obras de arte. Mi padre, como siempre, retocaba con sumo cuidado un perfecto retrato con un pincel ya sin color, mientras que yo y mi hermana jugábamos, sentados en el suelo astillado, a los dados. Curioso juego para unos críos, pero sinceramente nos encantaba, quien mayor número sacaba era quien decidía el próximo libro a leer. A mi hermana le costaba, nunca quería estudiar la vida de personas anónimas o inexistentes, mas yo amaba su literatura, era como la recreación artesanal de una mujer perfecta. Muchas veces, incluso inconscientemente, se dejaba ganar, evitando de esa forma tomar una decisión sobre algo que desconocía. Esa vez fue diferente, los dados por primera vez en trece años cedieron al azar y nos regalaron el mismo número, tres. Por primera vez en mi vida pude ver a mi padre preocupado, se levantó corriendo de su taburete de madera y cogió en brazos a mi hermana creando un movimiento romántico sobre su vestido rojo. Sabía lo que tenía que hacer, saqué de mi bolsillo una pequeña libreta y apunté “es la hora, ahora solo cabe esperar”. Tras ese reflejo casi involuntario subí a mi cuarto y vi a mi padre bajar por las escaleras, completamente decidido y con la mirada blanca, supongo que no quería que siguiéramos con ese estúpido juego de leer, sin embargo los Dioses no son capaces de nada, tan solo saben mover las cosas de lugar o, quizá, y solo quizás, me la estaba ofreciendo… Quien sabe… 

Al subir vi a mi hermana sonriendo, saltando encima de la cama.

¿Qué te pasa hermanito? – Su inocente mirada insinuaba la más imperceptible delicadeza.

Esta vez elegirás tú el libro, eso es lo que pasa – contesté mirándola fijamente a los ojos.

Estás muy serio – continuó transformando su sonrisa en miedo.

No, lo siento. Estoy cansado – me acerqué muy despacio a ella – ¿Cuál elegirás?

Me estás asustando…  – dijo casi murmurando mientras me acercaba decidido y lentamente hacia ella.

Es el momento, ha llegado la hora – mi voz resonó en toda la habitación.

¿La hora de qué? – mi hermana apenas podía pronunciar la pregunta, sus lágrimas le resbalaban por sus rojizas mejillas.

No volví a hablar, la cogí por los hombros, la levanté y la tiré a la cama. El colchón la hizo rebotar y en ese preciso instante me abalancé sobre ella agarrándole las muñecas.

La hora de las cosquillas – dije riéndome sin parar.

Para, para. ¡Para! – me gritaba lloriqueando desesperada.

Vale, vale. Ya paro.

Nuestras miradas se cruzaron, aún seguía encima de ella. Su corazón latía con la fuerza de quien no aprecia su sonido y, entonces, sin verlo venir, me cruzó la cara con la mano izquierda.

No me vuelvas a dar un susto así – me quitó de encima y se puso de pie.

No te enfades, tan solo era una broma – me senté en la cama con las piernas cruzadas.

No lo entiendes, últimamente tengo muchas pesadillas y tu actitud no ayuda – su rostro se ennegreció mientras cruzaba los brazos.

Lo siento hermanita, solo bromeo. Eres lo más importante que tengo en mi vida, nunca te perdería – sonreí, me acerqué a ella por detrás y la cogí por la cintura –. Siempre estaremos juntos (evidentemente mentía)la besé en la mejilla.

Eso espero. Ahora vámonos a la cama y, tú, duermes conmigo.

Vale.

 

Los sueños son un asunto complicado, pero la verdad es que la vida es muchísimo más complicada cuando tu realidad es un sueño distorsionado. Mi hermana, la mujer más hermosa que había visto nunca, y había visto muchas, se encontraba a mí lado, amándome profundamente, mientras que yo, angustiado por mis inquietudes, deseaba estallar y desatascar la impotencia que pudría mi cuerpo. Mi padre, un anciano de edad tremendamente avanzada, o eso pensaba yo, pues su canosa barba llegaba hasta el suelo y su calvicie nos permitía entrar a sus pensamientos de la forma más ancestral posible; los siglos se podían distinguir si mirabas su piel a través de una lupa y su ceguera asustaba con su infinita capacidad para distinguir los más nimios detalles en sus blancos ojos; se sentaba todo el día delante de su cuadro y proseguía con la creación de un retrato ya terminado, no nos miraba, no nos hablaba, siquiera se molestaba en educarnos. Éramos sombras de su paupérrima existencia y mi cansancio se acumulaba al contemplar la belleza en otras vidas. Mi ambición acrecentaba y su poder persuasorio ya no era capaz de sostenerme, mi sombra comenzaba a tomar color. 

Capítulo 4 – El reencuentro

Se despertó temblando. Había muerto. Sabía que había muerto, pero por qué seguía con vida…. No entendía nada. Se levantó de la cama. Su habitación había cambiado, ya no era gris. Todos sus razonamientos se entrecortaban intentando reiniciar el programa. Acababa de experimentar la muerte en su propia piel y no de una forma convencional, lo que le aterraba y le fascinaba al mismo tiempo. Quería pensar que nada había ocurrido pero a la vez deseaba que todo hubiese sido real, quería escapar de su vida de cualquier forma y aquella fantasía lo transportó durante unos instantes a un mundo caótico e inhabitado. Su mañana fue igual que la anterior, aunque bastante más risueña. La metamorfosis de su miedo conseguía que su sonrisa se expandiera a rincones nunca vistos. No saludó a su madre, ni la hizo el desayuno, tan solo se miró al espejo y rio pensando que toda su amargura se encontraba detrás de aquel círculo acristalado.

Esta vez llamó a un taxi, su coche se encontraba aún en el trabajo y no quería pasearse por el metro, estaba demasiado contento. El taxista le contó una vida que no le interesaba ni un ápice y, aun así, lo escuchó con interés, conversando con él diferentes aspectos de la política española, irremediables y con múltiples soluciones, entre otras el triste y trágico engaño de la cómica democracia que se construyó cuando vivíamos en el miedo. Al llegar le dio propina y abrió la puerta como una persona importante alejada del mundo de la hostelería. Entró por la puerta trasera y se cambió mirando al resto con superioridad, con elegancia. Se sentía importante al llevar traje, se estiró y colocó correctamente su espalda. Parecía más guapo, más alto, con mucha más presencia. Saludó a todo el mundo, atendía con entusiasmo, alegre. Su insufrible jefe lo felicitó repetidas veces y, él, ni las escuchó, correteaba como un niño pequeño que admira la vida y reprime los recuerdos de la placenta. La luz brillaba con especial claridad ese día y la calma lo abrigaba con un impecable cariño. Los focos iluminaban su camino, no tenía siquiera que tomar decisiones, todo acontecía tal y como su inconsciente deseaba. Cogió un plato y se dispuso a llevárselo a la comensal de la mesa tres.

Buenas tardes – dijo con la sonrisa de un malvado payaso.

¡Hombre! A ti te estaba buscando – contestó una joven mujer. Sería difícil definirla desde su punto de vista, él tan solo podía contemplar el lunar de su hombro izquierdo y su inocente mirada, la cual escondía a una caótica y ávida mujer.

¿A mí? – dijo incrédulo.

¿A quién sino? – sonrió mostrando su angelical y blanca dentadura.

No sé…

¿Qué opinas sobre la existencia de comportamientos fácilmente identificables?

¿En dónde? – respondió incrédulo.

En las personas, ¿dónde va a ser? – Rio – ¿Acaso no entiendes la pregunta?

Sí, pero tengo demasiado trabajo, lo siento – se giró dispuesto a abandonar el lugar pero algo lo frenó.

Espera. ¡Señor! – Dijo dirigiéndose al maitre que casualmente deambulaba por los alrededores – Necesito hablar con su camarero a solas, ¿es posible? – Tras decirlo le dio la mano pasándole un billete de quinientos euros.

Por supuesto señorita, le habilitaremos una sala – la hipocresía a veces es divertida.

 

La mirada del alocado camarero se transformó, no tenía ni idea de que estaba sucediendo. Todo su mundo se trastocaba y se convertía en una forma cruel de engañar a sus sentidos, se encontraba completamente solo en un lugar repleto de gente. Se dirigieron a un solitario lugar, acompañados por el vacío personajillo que era capaz de vender su puesto de trabajo por dinero, irónico. Al llegar, alucinó, un arte neoclásico recorría las paredes con la fuerza espantosa de un genio. Y dos principescos sillones permitieron que se sentaran para poder conversar, incluso temía hacerlo sin pedirles permiso, eran hijos de la ostentación.

Ya puede irse.

¿Seguro señorita? – dijo con la voz llena de avaricia.

Segura, a la vuelta le daré más papeluchos.

Encantado – abandonó la sala y cerró las puertas con tranquilidad y sumisión.

Ahora estamos tú y yo solos, ¿no te resulta extraño? – volvió a reír.

Sí… ¿qué quieres de mí?

Nada.

¿Nada?

Mentira, lo quiero todo – su risa cada vez me atraía más.

No te entiendo…

No es necesario, volvamos a la pregunta de antes.

¿Qué pregunta?

¿No la recuerdas?, me estas decepcionando. ¿Qué opinas sobre la existencia de comportamientos fácilmente identificables?

Yo no estoy para opinar – dijo serio y próximo al enfado.

Tienes que opinar.

En ese caso… Opino que cada persona es diferente y que los comportamientos dependen de diferentes influencias y casualidades de las que no podemos tener constancia, así que si dos comportamientos se parecen es fruto de la casualidad.

¿Y de que haya prototipos físicos y mentales?

Te acabo de decir que no creo que eso sea posible.

Pero yo te digo que sí, ¿qué opinas sobre ello?

Eres demasiado arrogante.

¿Quieres follar?

¿A qué viene eso? – dijo sorprendido, pero de la forma más fría que fue capaz.

A nada supongo – volvió a reír – El caso, ¿crees en los fantasmas?

No, y no te sigo.

No es necesario, ¿por qué no crees?

¿Por qué es absurdo?

¿Y si te dijera que soy un fantasma?

No te creería – empezaba a tener miedo.

Normal, porque no soy un fantasma, pero… ¿y si lo fuera?

¿Estás loca?

¿Lo preguntas?

No, lo afirmo. Estás loca.

Puede.

No, no puede. Lo estás.

¿Y tú qué, Alberto?

¿Yo qué? ¿Y cómo sabes mi nombre?

Dije uno al azar y al parecer acerté.

Mientes – dijo ya molesto.

Yo no miento, estoy loca.

¿Qué tiene eso que ver?

Nada, pero quizá así me libraba de tu anterior afirmación.

No, sigues estando loca.

¿Por qué?

Porque dices cosas sin sentido.

Puede.

¡Qué no puede coño, que las estás diciendo!

Para mí tienen sentido.

Pues para mí no.

Te comportas como un niño.

Dios… ¿Qué quieres de mí? – dijo frustrado.

Nada, ¿por qué iba a querer algo de ti asqueroso narcisista?

Se levantó y se puso a gritar sin dudarlo ni un momento.

¡Ya lo que faltaba! ¡Ahora te pones a insultarme!

No te insulté, siéntate y deja de hacer el capullo.

Puf…  –  resopló.

Me estás poniendo cachonda.

¡¿Pero qué dices?!

Nada, me aburre la conversación. No dices nada interesante.

 ¿Y qué quieres que diga?

Que poca iniciativa. Pues por ejemplo que te alegras de verme.

Es que no me alegro.

¿Entonces, te acuerdas de mí?

No te conozco de nada.

Lo sé – volvió a reír. Mientras tanto el desesperado huérfano se levantó y se dispuso a salir de la habitación – No te vayas aun, tengo algo que decirte.

 

El humano se giró despacio, con miedo a lo que pudiera decir. La mujer se agarró de la tela que sujetaba su vestido por los hombros y se desprendió de ella lateralmente, dejándolo caer y quedándose completamente desnuda. Se acercó a él, mirándole a los ojos fijamente y caminando de puntillas para disimular el inevitable sonido al rozar el parqué con sus pies descalzos. El hombre se dispuso a huir, pero algo lo ataba allí, probablemente no se atrevería a llamarlo magia pues sería absurdo, mas sería la única explicación posible. Lo besó suavemente, sus labios se encontraron en una ordenada sinfonía en medio de un caos surrealista. Él la acarició despacio, rozando con sus dedos su blanca piel, erizando a cada paso su diminuto bello y ensangrentando su estirada piel natural que alardeaba de su belleza sin necesidad de productos materiales. Podría haber sido una noche intensa, pero no era de noche, el día recitaba un ilustre poema que desertaba al mundo humano para contemplar aquel hermoso acto desmesurado e incomprensible. Las intenciones escapaban al interés y la máscaras de los dos se escondían detrás de sus sudorosas caras. Las miradas eran profundas y la superficialidad recorría la habitación escondiéndose de sus malvadas sombras, mientras que el roce de sus cuerpos avergonzaba al narrador, a la vez que destruía cualquier escapatoria, obligándolo a mirar. El hermoso acto se iba transformando en el más cruel de los presentes al ir desapareciendo el placer para dejar paso al pesado cansancio. Ambos se recostaron en el suelo al son de…

¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué lo he hecho?

El hombre destrozado por la culpa recurría incansablemente a preguntas sin respuesta, las cuales formulaba después de responderse a sí mismo con un “ya me acuerdo, pero lo he olvidado”.

Capítulo 5 – Nos volveremos a ver entre los árboles

La escalera del tiempo se aproxima lentamente a la Tierra. La oscuridad inunda con cada uno de sus pasos a la incansable vida, la cual se defiende con fuerza. Es inevitable, cuando la corriente abisal decide arremeter contra el espacio y se deja caer en un pueblecito inhabitado.

¿Dónde estás? 

Una puerta se abrió en mitad de la noche, en un campo desolado. Una puerta abrió paso a un individuo encapuchado y abrigado por una grandiosa toga negra, la cual ondeaba al viento, escribiendo los presagios de los locos.  

Caminó lento, quizá solo sabía hacerlo así. A su paso los árboles morían, mas no morían de forma corriente, traspasaban esa fina línea entre la vida y la muerte, regresando fortalecidos. Él podía oír sus historias sin que siquiera hablasen, las escuchaba en el aire como una sinfonía arbitral que deambulaba por las sombras de aquel bosque terrestre y abandonado.

La noche cantaba profundos cuentos de niños, leyendas humanas trastocadas por el tiempo. Sus pasos absorbían la energía del campo, su inusual brazo se levantaba provocando llover. El agua mojaba el momento, el presente volaba  y las llamas del pasado y del futuro se extendían dentro de él. La luna enrojecía, sangraba, el mundo lo sabía, había llegado un extranjero que no iba a permanecer mucho a su lado, tan solo iba recorrer un camino inapropiado y a regresar a su hogar.

Todo se congelaba, el invierno había llegado. La temperatura bajaba estrepitosamente y dejaba al descubierto el enigma del hielo, agua que caía del cielo y se enfriaba de tal manera que llegaba al suelo, blanca y madura. 

Los ángeles caminan despacio porque temen no volver a caminar, ¿lo recuerdas? – susurró una figura en la noche.

Nos lo solía citar madre.

¿Qué haces aquí hermano? Este no es tu mundo…

No tardaré mucho en irme, he perdido algo.

La luna luce distinta hoy, ¿Crees que significa…?

Espero que sea solo un cuento.

¡Por supuesto! ¿Y qué no lo es? – sonrió mostrando una blanca sonrisa que iluminaba la nebular oscuridad que los envolvía.

Sabes a lo que me refiero… No quiero que todo acabe.

Nada acabará, al menos por ahora  – la voz hasta entonces escondida se descubrió mostrando su desmesurada belleza. Aun con la oscuridad ocultando su rostro se podía distinguir una figura de gran tamaño, similar a la de un hombre, y digo similar porque había algo que lo diferenciaba claramente. Poseía largos cabellos y unos ojos rasgados que se dejaban ver gracias a la luz rojiza de sus ojos; pese a ello la atención de cualquiera recaería en aquello que le permitió sobrevolar el cielo, creando una devastadora ola de viento que enfrió el bosque. Todos los ojos abandonarían su visión para contemplar las majestuosas alas que cortaban el aire.

 El lugar murió, el silencio ocupó el espacio vacío, dejando a nuestro encapuchado continuar caminando como si el viento le hubiese congelado el alma, dando lugar a un último suspiro, creado por el viento atormentado, que formó en silencio las palabras más insignificantes de toda esta historia.

Yo me la lleve…  – seguido de una triste y vulgar risita que erizaría el bello de cualquier humano, pero, claro, allí no había ninguno.

La pesada y angustiada luna no se sonroja ante la humanidad, su función recae siempre en mostrarles sus límites, por ello, cuando aparecen sus príncipes de las tinieblas su vergüenza revela el aterrador destino del mundo, ni el sol con sus últimas lágrimas podría brillar de esa manera.

Los pasos eran cada vez más ligeros, cada vez más silenciosos, cada vez más vacíos, cada vez más inexistentes… hasta que… desapareció.

Te echaba de menos amada mía…

Sus pies rozaron la imperfecta superficie lunar dejando atrás el enfado de la nada al ver que ocupaste su espacio. El frío asesinaba al tiempo y el tiempo al silencio en aquella enmascarada realidad sensitiva, donde los ladrones de palabras se refugiaban a la espera de que alguien decidiera hablar para congelar su lengua y raptar aquellos símbolos de rareza evolutiva, en la cual en un pasado lejano dio cuerpo y forma a la inteligencia de la raza más primitiva del universo.

Nadie hablaba, todo permanecía en silencio canalizando los sueños de los muertos. El individuo abrigado, escondido entre sus ropas, se agachó despacio, tan despacio que pareció un segundo, fue rápido, alcanzó del suelo lo que buscaba en ese cementerio de elefantes invisibles y lo hizo pedazos, dando paso a un resplandor de oscuridad y a un inesperado regreso a un bosque olvidado, frío y desconsolado, donde recogió del suelo una pluma negra, sosteniéndola con su mano, dejando que el viento la devolviera a su lugar.

Ha pasado mucho tiempo desde que nos separamos y en ningún momento pensé que romperías eso, ¿la has olvidado? – esta vez el misterioso ángel se encontraba espalda con espalda con su receptor, dejando ver tan solo una de sus abrumadoras alas.

El pasado terminó Gazzelle, para seguir caminando por este sendero tenía que hacerlo.

No te veía llorar desde aquella vez que… – sonrió –.

Tranquilo, esta fue la última.

Nunca la olvidarás hermano, y esa será tu sentencia, pero ese día estaré a tu lado. Vendré a recogerte.

Te estaré esperando – en ese momento la lágrima abandonó su demacrado rostro para caer al congelado abismo, abriéndose paso entre el hielo, regando el lugar donde, con mágica naturalidad, apareció un pequeño tallo verde.

La soledad es el único camino de nuestra especie. Por mucho que les pusieras nombres de humanos, nunca serán como ella y ni mucho menos serán como tú.

No los perderé. No volveré a perder a nadie.

Eres único Sazzel, pero nunca controlarás el tiempo. Por mucho que la muerte haya dejado de perseguirte sigues siendo su esclavo. La sirves al igual que la sirvo yo. Todo acaba, siempre acaba… y, al final… tan solo quedará la nada.

Nos volvimos como ellos, ya hasta hablamos como ellos – sonrió tras la sequía de la escorrentía de su lágrima –, incluso… soñamos como ellos, pero tú sabes tan bien como yo que nunca seremos como ellos. Tras mis largos años de letargo intenté encontrar el fallo que hizo que esa noche mi alma huyera con ella, mas no lo encontré, y, ahora, me encuentro frente a la línea que cambiará mi vida. Ya borré mi pasado, por lo que avanzaré hasta mi muerte sin miedo.  

¿Me vas a abandonar por tus absurdas ideas? – rio de forma extraña.

Debo abrir la puerta que esconde la cruel verdad, es inevitable. Todo ha comenzado.

Entonces no hay salida… Cuando la luna caiga y el sol llore nos volveremos a ver entre los árboles – la explosión deformó la atmósfera trasformando el todo en nada, dejando sola a la persona que dio el paso que estaba dispuesto a dar…

Cuando la luna caiga y el sol llore nos volveremos a encontrar entre los árboles… caminaremos por senderos opuestos para reencontrarnos en las oscuras sombras del bosque donde todo comenzó. Alzarás la mano preguntando el porqué de tal devastadora verdad y yo, entre lágrimas, te negaré la respuesta, aun así te ofreceré mi mano y tú la aceptarás. Te levantaré de tan espantosa situación y caminaremos juntos por el cielo estrellado, en la noche más triste que jamás ha conocido el tiempo, donde los sueños serán sepultados en la tierra que jamás volverás a tocar. Regresarás junto a tu alma y me abandonarás frente a la locura, cediéndome la responsabilidad de cuidar a quienes tú no pudiste salvaguardar. Hermano, llegará la hora en la que serás derrotado por la marea, y el polvo te consuma, quedando tan solo un recuerdo…

Esa profecía siempre estará en mi memoria, después de todo, mi hermana no eligió un mal libro…

Capítulo 6 – La resurrección del fénix

Llueve, o más bien debería llover. Mi madre ha muerto.

Un veneno corre por sus venas. Sus recuerdos fluyen vertiginosamente por un cerebro ininteligible. Más bien deberíamos decir miles de recuerdos para ser exactos, pues mi bestia está volviendo a ser lo que era. Su corazón frío roza el calor de una mujer, amada en la habitación de un hotel, rodeado por la corteza de un mundo incompleto e insuficiente. Su mirada sucumbe a inconexos sentimientos que recorren sin cansarse la red de su existencia, dando paso a lo que algún iluso e inculto denominó reminiscencia.

Hermana, ha pasado mucho tiempo ¿Dónde estoy?

Al fin despiertas – dijo con su sonrisa angelical, acariciándome la mejilla con su suaves y delicados dedos – Estás a mí lado… ¿No te es suficiente?

Sabes que nunca lo ha sido Elizabeth. El amor tan solo es una carga para mí.

Lo sé hermano. Vivo con ese dolor ¿Volverás a desaparecer?

Nunca he existido – las palabras desaparecieron con su cuerpo en una nube de vapor negro que se disipó sin dejar rastro.

 

El fugitivo aterrizó en su casa postrado de rodillas ante su pasado y su incomprensión. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? Toda su cabeza hacía preguntas retoricas fáciles de responder, para destrozar de esa manera, poco a poco, la poca cordura que le quedaba al contenedor que había guardado el alma de un bondadoso demonio. Su personalidad sufría la división ilusoria y real de un demoníaco maníaco que sonríe al ver su propia sangre salir de su espalda. Ya se había levantado. Se estaba mirando al espejo sonriendo, se acariciaba el rostro asimilando el poder que había recibido.

Sabía que este día llegaría, ahora solo tengo que descubrir que hay detrás de todo esto y podré devolver la vida a mi madre.

No, nuestro objetivo no es esa puta insignificante. Tú destino es simplemente dejar de existir y dar paso al único propósito legítimo.

¡Cállate! ¡No controles mi cabeza! – los gritos no servían para nada, el cuerpo seguía erguido mientras una casi imperceptible sombra caía al suelo de rodillas con las manos en la cabeza.

 

Que complicado es el olvido, hace que tú misma esencia se divida y de paso a un nuevo ser. Él es padre, es hijo y es hermano. Padre de sí mismo, hijo de la verdad y hermano de la perfección. Su objetivo siempre fue simple, nacer humano y vivir como su verdadera madre, demostrándola que las cadenas que le ataban al suelo estaban a punto de romperse y que su muerte solo fue el preludio de un nuevo mundo que nos acercará más a nuestro creador.

¿Lo entiendes ahora?

¿Por qué escucho tú voz en mi cabeza? 

Esa voz somos nosotros, solo cuando ambos muramos para dar lugar a un nuevo ser lo entenderás.

Entonces nunca lo entenderé, pero da igual, haré lo que sea para conseguir el poder que me permita convertirme en un Dios.

Nunca seremos Dios, seremos mucho más, seremos la nada. Romperemos con sus cadenas, con sus grilletes. Daremos la llave al mundo y nos desvaneceremos por última vez.

¿Entonces no era mi madre?

Era quien nos dio vida, es por ello por lo que debía morir, para que ambos supiéramos lo que es perder a quien nos trajo a este mundo.

No te entiendo.

No me tienes que entender, tan solo llora, sufre, aliméntate de ese odio que nos llevará a la gloria.

¿Estamos solos verdad?

Siempre lo estuvimos – y entonces por una fracción de segundo lo vi sonreír como lo hacía antes. Su atesorado destino había sido encontrado en las cenizas de su antigua determinación.

 

Todo empezaba a cobrar sentido, siempre había temido a la sombra de su interior, pues sabía que había algo dentro de él que deseaba salir y devorarlo todo. Aquello que los humanos denominarían maldad y que, yo, tras muchos años, puedo afirmar que ni mucho menos se aproxima a esa definición. Llamémoslo genialidad, pongámosle un nombre que ate el ideal a la tierra y no le permita volar, eso es lo que todos querrían, pero mi bestia surcará los cielos, y eso es inevitable. Su mente ya estaba destinada a saberlo, su corazón a sentirlo y su alma a enfriarse, todo había sido planeado, nada había sido dejado al azar, los Dioses no tiran los dados a no ser que no sepan que leer. Su poder aumentaba por segundos, su mirada veía más allá del baño, más allá de la casa, mucho más lejos de todo aquello superficial y mediocre. Su mirada estaba puesta en un sueño, en un anhelo que escapa al entendimiento humano, que requiere de aquello que los caracteriza, el arte.

Sus voluntad volaba hacía su cuarto, sus pasos cautelosos, aunque valientes, cruzaban la puerta que separaba el pasillo de su habitación. Al entrar la vio, vio a su madre recostada en la cama rodeada de rosas. Su corazón palpitaba velozmente y su parte humana deseaba sacrificar su vida para revivirla, pero ya no tenía sentido, ya no daría todo por recuperar a su madre, ahora su objetivo era otro. Los humanos a veces son tan simples… Sus anhelos son superiores a cualquier cosa.

Mátala.

La sombra del emisor apareció entre las manos del cuerpo marchitado de la bestia prestándole un puñal rodeado de espinas. El cuerpo polarizado sostuvo el arma con una mano, se acercó y colocó el filo encima del corazón de su difunta madre. Su mano sangraba por culpa de las espinas, por lo que añadió su otra mano al crimen y derramó su sangre por el filo hasta que alcanzó la punta, propiciando el movimiento que ancló el puñal en el pecho de la persona por la que anteriormente hubiese dado su vida. Ambas sangres recorrieron los conductos rojizos de la deteriorada mujer hasta convertir cada célula en arena ensangrentada en una cama que, pronto, dejaría de tener función.

Regresé… Gracias hermana. No podría haberlo hecho sin ti.

 

La metamorfosis había llegado a la parte final, ya solo eran uno con la conciencia del antiguo. El humano había sido encadenado al divino y el divino aprisionado en los sueños del humano. Sus ojos se tiñeron de un colorido negro que agrietaba el blanco ocular, sus oídos se agudizaban y su piel recobraba su sensibilidad. Pero, él, solo pensaba en recuperar el mayor de sus sacrificios al adentrarse en el vientre de una humana cualquiera, así que se quitó la camiseta y dejó ver dos abiertas heridas paralelas y perpendiculares que sangraban sin cesar, las cuales comenzaron a abrirse cada vez más, provocando el mayor dolor que cualquier individuo pueda experimentar. Un dolor merecedor de las grandiosas alas de su padre, blancas como la nieve y frías como su corazón. 

Su odio creció tanto al recuperarlas que posó la palma de su mano en la cama, donde por supuesto aun continuaba la arena dimensional. Nueve círculos negros rodearon su mano provocando la implosión que destruyó el piso y las cuatro manzanas que lo rodeaban. Tan solo quedaba él, volando en las cenizas como ave fénix que llora su propia muerte al saber que regresará convertido de nuevo en candentes cenizas. 

Capítulo 7 – Hermanita

Todo comenzó con una pintura, un pintor y un pincel en el interior del bosque más oscuro…

Yo era pequeño, tenía una familia normal. Un padre que no dejaba de repetirse a sí mismo que encontraría el fallo. Un padre que hablaba, solo, frente a un cuadro terminado, el cual retocaba con su pincel tras analizar cada segmento; y una preciosa hermana por la que cualquier hombre hubiera perdido el sentido con tan solo mirarla.

Yo era pequeño, aun no me habían crecido las alas, aun no había aprendido a volar, tan solo caminaba por las sombras de un pasado, riendo y saltando intentando buscar escapatoria a ese laberinto infinito que transformaba lo lejano en un engaño ocular transitorio. Perderme no era una palabra que tuviera sentido en un lugar que cuanto más corría intentando escapar antes llegaba a mi hogar, cual alquimista. Mi inocencia no tenía límites por aquel entonces, pues hasta lo encontraba divertido.

Digamos que mi vida era el trasfondo de la pintura de mi padre, era el cimiento del muro que sostenía el mundo que mi padre tanto deseó y deseaba. Era la cárcel de un viejo loco que intentaba evitar que sus bienes más preciados no desaparecieran entre la nada, pero, por su puesto, yo todo eso aun no lo había descubierto, tan solo jugaba entre los árboles escondiéndome de mi amada hermana, la cual corría y corría entre risas, buscándome bajo la estridente lluvia que mermaba poco a poco nuestros sueños. Siempre me encontraba en el mismo lugar. Siempre aparecía corriendo, con sus zapatos manchados de barro y su sonrisa angelical, hacia el pozo que habitaba en el centro del bosque. Yo, monotemático, la esperaba sentado encima con los brazos abrazando mis piernas y mirando el cielo, mientras ella gritaba: “te encontré, al fin te encontré hermano”. Siempre igual, cada día lo mismo. Ella llegaba y me besaba la mejilla susurrándome al oído: “siempre te querré hermano, nunca me separaré de ti”. Algo en mi corazón estaba confundido, mis latidos me susurraban algo diferente, mi cabeza sabía que eso no era verdad, que mi alma necesitaba escapar, mas todos los días respondía al mensaje de Elisabeth con un beso en la frente. Me apoyaba con las manos y de un salto volvía al embarrotado césped que nos impedía descender, la agarraba de la mano y juntos caminábamos al bosque. Tras doscientos cincuenta pasos ella se abalanzaba sobre mí y me tiraba al suelo poniéndose encima y besándome sin que yo apenas lo pudiese evitar, me dejaba llevar. Sus labios calmaban el atormentado mar de mi cabeza, siempre recordaba el primero que me dio en ese mismo lugar, removió mi alma y me permitió sentir. Es por eso que aunque mis sentimientos cada vez iban aminorando me sentía agradecido, la amaba mientras la dejaba de amar…

Los árboles dejaban caer sus hojas en nuestra piel, recordándonos que era el momento de vestirnos y regresar a casa. Nuestro padre siempre nos esperaba sentado en la misma silla, con un pincel que continuaba con su sinfonía interminable. Cogíamos los dados y proseguíamos escogiendo al encargado de elegir el siguiente libro. Ya habíamos terminado nuestra biblioteca, pese a eso, misteriosamente, iban apareciendo nuevos y apasionantes libros, se regeneraban con el tiempo dando vida a nuestro juego infantil.

La comida nos esperaba en la mesa paciente y caliente disimulando su costosa fabricación inexistente. Nuestro padre no comía, nos dejaba la esclavitud a nosotros mientras permanecía inmerso en su tortura suprahumana, la cual, siendo sincero, entendí durante cierto segundo.

Mientras comía, nuestras miradas siempre se cruzaban, la ternura inundaba la casa y ambos sonreíamos como críos ante las estrellas. Su locura me enamoraba con cada mirada, ella era especial, la reconocería aunque envejeciera o partiese al fin del mundo; siempre tan obstinada, siempre tan tierna y pasional. Su amor no tenía reino, no tenía lugar, por eso habitaba en ese pequeño corazón carente de odio o ambición. Muchas veces pensé, ¿por qué sería así? ¿Por qué todo ese amor me impedía amarla como ella quería?, ¿Por qué cuando la miraba no veía más que la belleza reencarnada? No era suficiente, todo en mi interior lo gritaba, su simpleza, su perfección, aquello demacraba el espíritu de mi ilimitado interior. No entendía por qué no conseguía sentirme satisfecho aun teniendo todo lo que necesitaba, aunque la felicidad comprimiera mi piel intentando entrar y yo, amablemente, le negaba el paso. Quizá fuera ella al final, quizá la amaba tanto que quería salvarla de sí misma y del mundo que la esclavizaba, o quizás simplemente estaba loco y estaba destinado a trastocar los cimientos del futuro.

 

Tú eres el elegido.

 

Esa voz resonaba en mi cabeza con la fuerza del odio, arañaba mi piel y sonreía cuando sentía mis temblores. Después de tanto no lo llamaría cordura, siquiera lo llamaría locura, simplemente dejaría que se denomine a sí mismo. Mi cuerpo lo reconocía cada vez que paseaba dentro de mí, era el incansable poder del deseo, el nirvana de los humanos, la onírica ambición que muy pocos fueron capaces de dominar. Lo estudié durante años, pero no encontraba la respuesta a mi insólita pregunta: “¿por qué yo era capaz de verlo?”. ¿Acaso era diferente?, ¿Por qué nunca había visto a otras personas? El tiempo corrompía mi alma, lo segundos me enloquecían con su “tic-tac” imparable y mis silenciosos gritos rasgaban mis cuerdas vocales. Siempre a la misma hora, siempre en el mismo momento en el que terminaba de leer, al ver que mi mente era incapaz de soportar el sonido pendular del reloj de la blanca pared de nuestro cuarto, siempre a la misma hora su voz tranquilizaba mi corazón.

¿Estás bien hermano? – sus manos acariciaban mi piel transformando mi ira en un escudo incapaz de lastimarme.

No puedo respirar…

Túmbate a mi lado mi sensible hermano… – su sonrisa me reconfortaba, su belleza me estremecía, pero por encima de todo su simpleza e ignorancia me sorprendían al mismo tiempo que me inundaban de tristeza –. ¿Quieres sexo? – Reía, siempre reía – Quizá eso te calme – y volvía a reír.

Hermana deja de decir tonterías por favor…

Siempre dices lo mismo y acabamos sudando entre las sabanas – su sonrisa era incansable.

 

Es difícil de explicar, sería más fácil si alguna vez hubieseis conocido a alguna sirena, sin embargo lo dudo mucho. Su endiablado poder recaía en su simple y grandiosa perfección, cualquier rasgo imperfecto de su impoluto cuerpo acariciaba la divinidad por el entrañable hecho de ser parte de su ser, no había más motivos, su voz, su corazón, su mirada, sus rasgos, todo eran la reencarnación de lo que siempre debió ser y no fue. El universo entero correría a sus brazos al oír su canción, la humanidad fallecería entre sus fauces si ella lo quisiera, mas como toda mujer siempre tuvo un fallo, estaba enamorada de lo que nunca podría controlar. Al fin y al cabo heredó lo mejor de mi padre y lo peor de madre, al contrario que yo, que heredé lo mejor de los humanos, o eso creía…

 

Era consciente al saber

que mi consciencia voló,

y aun así yo, lloraba.

Lloraba solo, con él,

el cual cruel me miraba.

 

Seamos sinceros, volaba.

Seamos realistas, lo creí,

pues lo sentí en la espalda.

Sus alas en mí, ojos fue,

que fueron fuera del ser

para crecer sin raíz.

 

Amaba su aleteo.

Su ruin y suspicaz canto

que hace reo al ciego

de la esclavitud del llanto.

Enfermizo como un hada,

blanca y asustada ve

como sus hermanas creen

que yo lo corrompí.

 

Digamos pues que miraba

desde el cielo su belleza

y que un día ellas lo entendieron.

Dios tan solo fue el reflejo

de lo que nunca creo.

 

Tienes un don hermana. Cada día escribes mejor – siempre me sorprendían sus poemas cuando me los recitaba en la cama.

Tan solo escribo lo que veo, ni siquiera yo lo entiendo ¿Sabes lo que significa? Quizá quiere decir que estaremos juntos para siempre…

Es probable hermana– su estupidez a veces sobrepasaba los límites. Era evidente que no significaba eso, mi hermana tenía un tremendo poder, el cual colocaba sus bases en su infinita ignorancia, y no sabía siquiera utilizarlo. El destino no me podría haber dado una vida más apropiada para cumplir mis objetivos, incluso me incitaba a ello, incluso me reafirmaba mi poder, todo era un perfecto caos. Un enorme jardín dispuesto a dar sus frutos sin oponer resistencia.

¿Damos un paseo?

Vale, pero no vayamos lejos – reí, ella rio, era obvia la razón.

 

El bosque se mostraba completamente diferente, esta vez podía ver como la lluvia precipitaba en dirección contraria, mientras nuestras manos seguían rozándose e ignorando el agua. 

¿Estás llorando hermanito sensible? – rio de nuevo, era un mar de llantos y aun así sonreía.

Sabes que no, tan solo es la asquerosa lluvia, no se cansa de intentar rasgar mi piel.

Yo creo que malinterpretas todo, tan solo es lluvia que cae del cielo.

Del cielo no debería caer agua Elisabeth. El cielo debería derramar sangre.

Del cielo cae agua hermanito y nada más, así es la vida, así es nuestra vida – continuó riendo, pero su risa se empezaba a convertir en un sonido estridente que perforaba mis oídos.

Yo cambiaré eso, y la sangre derramada será de la de él.

No lo pronuncies Alberto, sé que no lo dices en serio, tan solo estás cansado. Deja de repetir esas estupideces. Yo siempre te mantendré a mi lado y no permitiré que te desvíes.

No, tú tan solo harás lo que yo te diga – dije mirándola completamente serio. Respiraba odio gracias a mis pulmones.

Bueno… depende de la situación, ya sabes… – y como si no hubiese pasado nada volvió a reír de aquella forma tan hermosa e infantil que la caracterizaba.

 

“No tienes remedio…” pensé riendo por dentro y cubriendo de polvo la determinación que construiría el nuevo mundo que tenía planeado.

Yo era muy pequeño, mas mi alma era distinta, respiraba del aire onírico de la noche. Era capaz de apreciar cosas que los demás ni siquiera podían contemplar. Escuchaba las voces del mundo de las sombras incitándome a regresar al lugar de donde provienen los Dioses, un lugar marchito y despreciable donde los fuertes gobiernan a los débiles, una cárcel ilusoria que encadena al mundo con verdades a medias y falsas palabras, un lugar llamado de múltiples formas, siendo Asgard sin duda mi favorita. Sabía lo que tenía que hacer, debía destruir Midgard e incitar a los dioses o al misericordioso Dios a bajar del lluvioso o soleado cielo a defender a sus esclavos.

No podía pararlo, venía de dentro, del fondo del abismo, la voz resonaba en mis costillas, revotaba en mis órganos y hacía temblar mi piel, estaba encadenado a mi propio destino. Sabía que era demasiado tarde para pararlo, el detonante ya había sido activado y el mundo estaba a punto de cambiar para siempre…

Capítulo 8 – Aviones de papel

Cuando se despertó se encontraba tumbado en las sillas de un aeropuerto, con tan solo la sombra de sus recuerdos. No sabía por qué estaba ahí, siquiera que había pasado, su cabeza estaba completamente emborronada. Se levantó con cuidado a causa del dolor de cabeza que padecía y pudo observar que a sus pies tenía dos maletas y unos billetes, dirección Nueva York. Su madre había muerto, no estaba para viajes, por qué habría decidido ir ahí, quizá se estaba volviendo loco a causa del dolor que sentía. Cuando se pierde a un ser querido la mente se difumina dando origen a lo que comúnmente es conocido como desesperación, aun así, a veces, el dolor llega a límites que superan la cordura humana. Pese a eso, no era capaz de explicarse lo acontecido, así que consideró una buena idea llamar por teléfono al trabajo a ver qué había sucedió, mas no encontraba su teléfono móvil, ni lograba recordar el número, además en la cartera tan solo tenía cincuenta dólares, los cuales no servían de nada en Europa. Es probable que en el aeropuerto sí que se los admitieran pero no estaba dispuesto a malgastar el único dinero que tenía en tonterías. No había otra, debían de ser unas vacaciones. Hacía mucho tiempo que no visitaba a su hermano, aunque la verdad es que para el interés que demostraba no era necesario, incluso diría que habían dejado de ser familia. De todas formas, a la vuelta debía mirarse los problemas que estaba sufriendo, no era muy normal olvidarse de haber preparado un viaje a pesar de estar sufriendo un duelo, a lo mejor un psiquiatra era capaz de ayudarle, si le pagaba bien tal vez.

Debía ir al baño, por lo que se levantó y cogió las maletas, dirigiéndose al aseo más cercano. Curiosamente no tardó en encontrarlo, pero no llegó a entrar, se quedó anonadado con el periódico que había en el suelo. Lo cogió, y comenzó a leer el titular asimilando la información, pues era incapaz de creérselo. “Cuatro manzanas de edificios desaparecen sin dejar señal de explosión ni derrumbamiento”, seguido de; “¿Estamos frente al fenómeno paranormal más espeluznante de la historia de la humanidad?”. Todo ello en sí mismo ya le podría haber llamado la atención desde un principio, mas lo que realmente le horrorizó no fue un acto increíble lejano a su vida, el cual puede impresionar pero nunca afecta, sino el impactante noticia de que no se escapaba de vacaciones, sino a pedir auxilio a su hermano, pues su casa había sido destruida.

Se le quitaron las ganas de ir al baño tras recibir la impactante noticia, aun así se forzó, tenía que ver algo. Entró por la puerta del elegante hombre con sombrero que permanecía estático al lado de su amada sin poder siquiera tocarla. Siempre me pareció trágico; los humanos tienen una forma curiosa de tratar sus símbolos. Una vez dentro esperó a que todo el mundo huyera de la espeluznante limpieza que allí se respiraba, debían de trabajar mil personas para poder dejarlo tan impoluto, en fin, esperó, se miró al espejo y contempló con detalle su pálida tez demacrada. Su moreno pelo competía con la blancura de su piel y sus ojeras reflejaban la sombra de su espíritu, cabellos más largos, piel más agujereada, el tiempo le estaba pasando factura a la vez que envenenaba de vello el sur de su tristeza, donde la línea de los labios afirmaba su estado doblegado a la incertidumbre del deseo de su mente. Posiblemente las respuestas estuvieran en Nueva York, quizá allí podría descansar y alejarse de este endiablado país lleno de recuerdos que lo torturaban lentamente con cálida agua; pensó. Siempre estaba pensando, no se cansaba, como si no entendiese que ya había sido decidido absolutamente todo y que, él, no era más que el juego de sí mismo.

Se arrojó agua a la cara intentando despertarse por completo y salió de ese asqueroso lugar. El mundo no había cambiado, seguía siendo la misma repugnante máscara que esconde una verdad bastante más inquietante. Un centro inverso que no refleja un punto en el universo, siquiera un espacio importante, tan solo una mancha insignificante que se esparce por la uniformidad del tiempo y sirve de apoyo a las bestias que duermen en el día y caminan por la noche; incluso nuestro único don se va convirtiendo en polvo lentamente, desapareciendo en el salado mar de la esperanza. Yo lo veía, él lo veía, estaba quieto mirando como las personas caminaban sin destino, manejadas por el viento de la determinación y dejándose llevar mientras duermen en paz en algún lugar del inconsciente. No podía dejar de mirarlos asustado, su piel temblaba, su corazón latía, no entendía el motivo tan solo sucedía. Estaba desesperado, no lograba escapar de la locura, siempre lo alcanzaba, sin lograr comprender todo lo que realmente le gustaría. Ahora caminaba, rápido, lo llamaban por el megáfono, a él, a todos, el barco despegaba, el avión zarpaba. Iba directo a las galeras, sabía que iba a sufrir, más no lo podía evitar. Dio el billete, le pidieron el pasaporte, lo buscó, lo entregó y esperó nervioso por miedo a no ser reconocido debido a la antigüedad intrínseca de las fotos de los carnets.

Esta vez estaba caminando por el pasillo submarino acristalado desde el que se podían ver peces voladores, aves de metal dispuestas a trasladar el material más caro. Su billete indicaba el asiento que le habían asignado, como si su mente no fuera capaz de recordar un número, venía explícito en el árbol muerto. Se sentó, o más bien intento sentarse en el miserable espacio que tenía, sus piernas lloraban; pero la peor parte fue para sus ojos, cómo una persona es capaz de hablar de esa manera, y cómo la suerte la sienta a tu lado; incomprensible, pero como Dios siempre dice, en fin, nada se puede hacer. La patera despegó, o eso parecía, no lo notó; nadie se siente sorprendido cuando algo se mueve cuando ya ha estado dentro, mas nunca estuvo dentro, siempre fuera. La primera vez que navegó por el blanco mar de los sueños. Miró por la ventana, quien no lo haría teniendo a su siniestra personas; era el sueño de todos esos que cedían ante el miedo, el sueño de todos los que ahora recitaban silenciosa y lentamente oraciones a la tierra.

 

Añoro sus piernas. Suaves y delgadas sensaciones. Submarinas miradas. Respiraciones acuáticas entre su nieve cálida. Conocimientos inconscientes que nos mentían entre la fría calor. Escribir el ambiguo camino que surcaba el submarino disperso y esbelto, envuelto en delicadas relaciones, o confrontaciones desabrigadas. La veía sentada, tumbada en las sabanas, resguardada del calor, del amor, de la alocada respiración de los pulmones. Cantaba, no podía cantar, estaba ocupada. Sofocaba, sofocada escuchaba. Consentía, comprendía, no entendía, nadie entiende, ni yo, ni Él, no importaba. Los iris puenteaban el arcoíris, y la guadaña cortaba el viento, congelando el tiempo invertido. Separados nos tocábamos, nos juntábamos en el centro. La conocía, me conocía, siempre profundizamos al interior del mar. Los barcos se palpaban, sus tesoros nadaban en la tierra. Los pueblos ardían, se quemaban, solos, con ayuda, ayudados, manipulados y culpabilizados por la culpa, nosotros no hicimos nada. Queríamos, no apreciábamos más. No nos apreciábamos, quizá algo, nuestra sangre se igualaba, quizá ya fuera igual, era igual. Nos dolía, nos gustaba. El sonido se veía, su color se escuchaba, su piel degustaba mientras su sabor tocaba. Ambos iguales sin un amo, simplemente nos prestábamos, nos prestábamos a hacerlo, a serlo. Nos sometíamos, sumisos amábamos. Enseguida entendí su regalo, un narciso, un control, un límite. Sobrepasábamos, y entonces, sin más, terminó, y como siempre… nada.

 

 

Se había quedado dormido sin darse cuenta, pero un sonido le despertó. Unas palabras escondidas en el viento: “Yo me la llevé”. Sus borrosos ojos no comprendían, simplemente sentían un  mundo distorsionado, esperaban a que todo se aclarara, mas no llegó, tan solo una pluma negra cayó del nevado cielo, desapareciendo cuando el segundo y la distancia del cristal colisionaron. Todo volvió a la normalidad, siempre vuelve. La gente hablaba, contemplaba, añoraba, dormía, soñaba, imaginaba, esperaba; expectante, somnolienta, su olor le comenzaba a molestar. Demasiado pequeño, demasiado cerrado, demasiada ansiedad. Sus manos temblaban, o se imaginaba que temblaban. Su corazón latía con fuerza y, de pronto, cuando estaba a punto de gritar, toda sensación desapareció. Cerró los ojos y el mundo comenzó a dar vueltas en su cabeza. Abrió los ojos y todo dejó de importarle, cogió la revista que había en el asiento de delante y pasó las páginas como si leyese a velocidades espantosas. En realidad, no leyó nada, como la cogió, la dejó, cerrando así el curso.

 

Ambos en llamas. Ambos en lágrimas, lloraban. Quién lo diría, él llorando, ella en el suelo. Ambos en llamas. Ambos en llantos, miraban. Quién lo diría, él enamorado, ella en paz. Ambos en llamas. Ambos ocultos en la sombra de aquel árbol, congelaban. El frío calentaba la fina hierba del anochecer y la piedra lamentaba ser tan dura. Quién lo diría, ella voló, él cayó, no pudo hacer nada. Ambos en llamas. Ambos rotos. Ambos corazones enterrados en la severa lluvia desconsolada. El cielo suplicaba. Las nubes escuchaban. El aire respiraba mientras el suelo se ahogaba. Alguien lo salvó, solo a él, la congeló. Ambos vivían muertos, uno lograba sostener gracias a la fina capa del frío hielo y, el sostenido, se despedía de su cálido amor entre llamas. Ambos en llamas se miraban. Ambos en aguas se rozaban. Ella lo intentó, él la perdió. No lo pudo evitar, el polvo asola la carne y la carne no es capaz de detenerlo. Escusas, escusados, alguien lo sabía, alguien los miraba. Una oscura sombra no era capaz de perdonar. Ambos en llamas, uno en hielo. El odio creció, maduró y se esfumó, abriendo la puerta de la desconsolada ira y, en segundos, la cárcel de la desesperación secuestrada por la impotencia. Sus lágrimas no salían, su corazón no ardía, no era capaz. Tan solo contemplaba petrificado la operación. Calculaba. Su tiempo no era el de cualquiera, sus sentimientos no eran los de cualquiera. Entonces ocurrió. El cuerpo de una mujer, sin más, se desplomó. El trabajo apareció.

 

Se había vuelto a dormir, no era capaz de permanecer despierto en el cielo. Otra vez una brisa lo despertó: “Yo me la llevé” y de nuevo una pluma negra caminó por el viento paralela al cristal.

El vuelo no cambió su dirección, el tiempo no se paró. A punto de aterrizar se encontraba. Las nubes no tenían forma, tan solo eran humo que había que atravesar. La ciudad helada mostraba su problema, el solitario sol era incapacitado por enormes torres de metal. Su naturaleza era asfixiada por millones de diminutas luces que representaban centenares de cuevas abrigadas por la tecnología. La ventanilla filmaba el reflejo de sus ojos, el cual acariciaba con delicadeza el sentimiento de un desconocido dramaturgo español, cuyo insignificante poema delató su agorafobia a la grandeza de esta ciudad armada. Atracó. El puerto aéreo destacaba por su capaz indumentaria para atraer al cargamento sin necesidad de aislamiento. Él caminó, con indiferencia, dirección maletas. Aun siendo más escuetos los carteles en inglés eran bastante más prácticos, enseguida lo encontró. Daba igual, pues estuvo sentado por media hora, esperando la llegada de su equipaje sin mucho éxito, pero todo llega. Recogió sus pertenencias y se encaminó a la salida y, por fin, después de tanto tiempo, pudo verlo.

Has tardado mucho. Sabes que tengo mucho trabajo – su mirada de indiferencia y su indudable acento neoyorquino facilitó que Alberto lo reconociera.

Tú siempre tan amable hermano – no tenía tiempo para discutir.

Bueno, el caso, ¿Cómo estás? No nos veíamos desde que…

Desde que mama se puso enferma. Sí, lo recuerdo – dijo Alberto.

Siento no haber podido ir al funeral.

Ya bueno, tú nunca tienes tiempo para la familia.

No empieces, sabes perfectamente que tengo mucho trabajo, que a diferencia de otros algunos hemos llegado bastante lejos.

Estados unidos no está tan lejos –soltó una risita y continuó hablando –. Diferencias aparte, ¿cómo está mi sobrina?

Aún está afectada por nuestra separación pero está empezando a asimilarlo.

¿Estás teniendo muchos problemas con tu ex-mujer?

No muchos, al principio pensó que se llevaría la mitad del dinero, pero ya está todo solucionado, no verá ni un dólar – soltó una pequeña risita –. Bueno, ¿nos vamos a casa o seguimos hablando?

Sigamos hablando – rio.

Venga vamos anda, tengo el coche esperando – sonrió.

 

El viaje en coche fue de lo más aburrido. La ciudad se encontraba bastante lejos del aeropuerto a su parecer, además, no vivía en el centro, sino en las afueras.

Ya hemos llegado – le dijo.

Al fin, ya me estaba empezando a agobiar – dijo estirándose.

Es que el tipo de casa que buscaba no se podía encontrar en la ciudad.

Tú siempre igual Santiago. A veces eres muy pesado – dijo, dándole una palmada en el hombro.

Sabes que lo digo a broma.

Sí, si yo no lo dudo – para todos aquellos que no lo entiendan, lo dijo de forma irónica.

 

Santiago llamó al telefonillo, entonces, un enorme pastor alemán apareció en la puerta acompañado por una jovencilla de pelo castaño y ojos miel. Tan solo le sacaba una cabeza al animal y, aun así, mostraba la ternura de un pequeño osito, envuelto en el caparazón de una muñeca de cristal emblanquecido.

¿Te acuerdas del tío? Ha venido a pasar unos días con nosotros – dijo Santiago dando un beso a su hija.

Ha pasado tiempo pequeña. No te veo desde el parto, por cierto, has adelgazado – rio Alberto.

¡Alberto! – dijo Santiago.

Es cierto joder, era una pelota cuando nació. Pesabas 10 kilos, pero me alegra que estés perfectamente. Bueno, ¿cuántos años tienes?

Trece… – dijo con voz tímida.

No la fuerces, salió a ti.

¿A mí? Algo de suerte tuviste, porque como saliera a ti ya hubiera desaparecido – dijo Alberto con sarcasmo.

Déjalo ya – dijo Santiago –. Entremos.

¡Espera! Tu hija aun no me ha presentado a este hermoso perrillo, bueno… perrillo, más bien a este enorme perro – rio haciendo el amago de ir a acariciarle.

Se llama… Loky. Es muy travieso.

Qué bonito nombre.

Venga Marta, no es bueno hacer esperar a los invitados – la acarició el pelo y la empujó despacio con la mano para que caminara hacia la casa.

Nunca entendí porque la llamaste como a nuestra madre. La abandonaste cuando más lo necesitaba.

Sigues como siempre… No sigas recriminando, no tiene ningún sentido, hice lo que hice porque tenía mis razones – la niña y el perro ya habían entrado en la casa mientras ambos hermanos seguían de pie frente a la puerta de entrada a una enorme y moderna vivienda. Blanca y llena de cristales que privaban de intimidad, con una piscina cristalina que inundaba el jardín.

Ser amenazado por un fantasma no es una razón. Yo también tuve que luchar contra mis demonios – dijo Alberto.

Ya sabes que no fue un fantasma. No quiero hablar de ello.

Solo te excusaste para poder largarte, no hay más hermano.

Tú no lo viste.

¡Tú no sentiste todo lo que tuve que aguantar! Todas las horas que rezaba llorando y rogando  alguna ayuda. Como poco a poco mi cerebro comenzaba a dar vueltas. ¡Tú no viste los momentos en los que necesitaba golpear el suelo con la esperanza de despertar! ¡No estuviste cuando  mama tenía las alucinaciones! Al fin y al cabo tú nunca estuviste – comenzó a caminar hacia la casa dando la espalda a su hermano.

Sabes que no podía. Hice una promesa.

 

Alberto ya estaba en la casa, dejó las maletas arriba y bajó al salón a sentarse. Todo parecía tranquilo. El clima se mostraba cálido y regular, la mañana iluminaba su reposo y su locura se había resguardado en los invisibles brazos de su hermano, ahora él sostenía la carga.

Capítulo 9 – Hay cosas que el ojo no ve

Bueno, dejémonos de tonterías. ¿Qué libro vas a elegir entonces?

Este – se subió a la estantería y sacó uno de tantos.

Pero ese no es como los otros, ¿Estás segura?

¡Claro que no es como los otros! ¿Y cómo no voy a estar segura? ¿Acaso piensas que quiero ocultarte cosas?

No lo decía por eso… Ese libro es algo muy personal tuyo, quizá no querías que lo leyese.

Lo tuyo es mío hermano. Además, ¿no opinas que la incomprensión de la belleza sea debida a la incapacidad de leer lo que está escrito?

Tú siempre con tus preguntas sin sentido – reí.

Entonces, ¿leeremos este? – dijo sosteniéndolo con ambas manos.

No queda otra, tú ganaste – reí y como un torbellino se abalanzó sobre mí, dándome un beso.

¡Genial! ¡Te quiero hermano! – como siempre su naturaleza infantil reflejaba su madurez y su simpleza femenina anonadaba con su exquisita perfección.

Yo también te quiero gatita.

¡Más te vale! – me dijo acariciando la tapa del libro.

Deberías pedirle a padre que te dibujara algo de portada – rio sin parar, ambos sabíamos que era una broma.

Y tú deberías dejar de ser tan idiota – volví a reír, siempre reía con ella. El problema era cuando estaba solo.

 

Nos recostamos en la cama y comenzó a leer por el principio como es lógico. El libro estaba escrito a mano, con pluma, y la letra tenía el color característico de la tinta difuminada.

Todo comenzó con una pintura, un pintor y un pincel en el interior del bosque más oscuro. Él se encontraba en el centro, sentado en un pozo con un cuaderno en blanco. Era pequeño, pero sus ojos no eran como los de los demás, brillaban con especial intensidad ante el sol. Su iris color gris era incapaz de proyectar luz y su mirada se perdía en la nada cuando el mundo intentaba alcanzar. Podía entender lo que sentía, su corazón estaba solo. Sus ojos no eran como los de los demás, tan solo miraban lo que querían ver y él lo sabía, por ello sus manos tan solo sostenían carbonillo y papel. Sin duda era ciego, por eso sus dibujos eran sus ojos, recreaban al milímetro la realidad de su alrededor y, él, lo veía. Nada se le escapaba, todo lo alcanzaba. Aun así no encontraba lo que quería. No había nada que no conociera o supiera, mas su interior se encontraba vacío – respiró –. Su aspecto no le importaba, invertía todo su tiempo en dibujar página a página el universo que lo refugiaba con el fin de encontrar lo que buscaba. Su piel estaba sucia, su pelo grasiento y mal cortado, su ropa rota; apenas le cubría el cuerpo; y sus pies llenos de heridas. En su espalda se podía observar las marcas de su columna vertebral y dos cicatrices, aún abiertas, que transitaban por los omoplatos.

¿Todo esto lo soñaste? – dije.

Sí, no me interrumpas por favor – dijo y continuó –. Sus uñas nunca habían sido cortadas, tan solo mordidas, y su cuerpo escuálido mostraba su carencia de alimentos. Mas el continuaba, no cesaba de dibujar, sentado encima de ese pozo tapiado – respiró –. En ese bosque no paraba de llover, es por ello que su piel comenzaba a descubrir graves heridas. Aun así, no parecía afectarle, el continuaba dibujando. Su cuaderno parecía no acabarse, cada día una página. El tiempo no pasaba, no hay tiempo para quien es consecutivo en su labor. Dibujaba y dibujaba, día y noche. El clima le hacía compañía, siempre monótono, siempre lloviendo, y al igual que su cuaderno de infinitas páginas, parecía que la lluvia no inundaba el lugar, fluía por la tierra y se adentraba en las profundidades – volvió a respirar –. Entonces ocurrió, cuando el tiempo es infinito siempre hay algo que lo altera. Algo resonó en la oscuridad, un disparo. El sonido ni le inmutó, todo siguió igual. De nuevo un sonido salió de los árboles, esta vez un grito. Tampoco le afectó, prosiguió con su búsqueda. Y cuando sus pensamientos se cruzaron con el entorno, envolviendo así la realidad con las carencias de su interior, sin más, se dio cuenta. No estaba en sus dibujos, no estaba en su mundo, no estaba en su interior, estaba corriendo y gritando en el bosque, la podía ver – cogió aire –. Una mujer era perseguida por un hombre. Él fue a por ella, cuando de nuevo otro disparo resonó y rebotó entre los árboles. Él los podía ver, un hombre joven perseguía a una preciosa mujer de cabellos dorados. El joven sostenía en sus manos una pesada escopeta, disparándola sin cesar, sin pensar, sin apuntar; corriendo, con ansía, con ira; y, cuando un hombre porta un arma, el mundo llora, pues siempre sucede lo que tiene que suceder. Una bala perforó a la preciosa mujer,  manchando de rojo su impactante vestido y ofreciéndola tumbarse en el suelo de las bestias. La bella joven perdió el conocimiento en el acto y el hombre, abrigado por costosas ropas pagadas con sangre, se acercó despacio, colocó su escopeta en la nuca de una princesa y se dispuso a disparar. Entonces apareció él, frente a frente con el individuo promovido por el ego. “¿¡Quién eres!?” Gritó el humano, “Apártate, voy a matar a esta zorra”. Ya fuera por el insulto o por motivos ocultos, le quitó de un golpe el arma y puso su mano en el pecho de un hombre que cubría sus carencias con dinero – respiró –. La hierba comenzó a moverse dando origen a una gruesa enredadera, con el capullo de una flor rosa en sus extremidades, ansiosa de recorrer las piernas del cazador. No podía moverse, siquiera gritar. Su cuerpo petrificado tan solo podía contemplar cómo, poco a poco, la amistosa naturaleza profundizaba dentro de él y, sin comprenderlo, le transformaba en una esbelta planta rodeada de flores rosas. Se quedó mudo, su escopeta había sido absorbida por el suelo y su corazón había dejado de latir. Su alma ahora solo se preocupaba de adquirir clorofila…

Sin duda una cautivadora forma de morir – comenté.

Te repito que no me interrumpas.

Lo siento, me conmovió, sueñas cosas muy raras.

Sí, pero no interrumpas otra vez o dejo de leer, en serio, es algo importante para mí.

Vale lo siento – lo que ella no sabía es que también era importante para mí…

Quitó su mano manchada de verde y se dio la vuelta para ver a la chica. Se agachó y se puso de rodillas, “¿Estás bien?” Preguntó. No contestó, tenía una herida de gravedad en el costado. Él la recogió, la sostuvo con sus manos, sacó sus alas, gritó y ambos volaron por un cielo nocturno repleto de estrellas que anunciaban, en silencio, una nueva era. La llevó a lo alto de una colina y la colocó suavemente en el verdoso prado. La quitó con cuidado la ropa y clavó la mano en su costado, creando intensas llamas que fueron sanando poco a poco la herida hasta dejar tan solo el color de la sangre. Al terminar, con ternura, limpió su piel y la tapó con las ropas que antes le quitó. Salió volando de nuevo al lugar donde siempre respiraba el mismo oxígeno, había olvidado el cuaderno y el carbonillo, era indispensable. En cuanto lo cogió regresó, era inevitable. De nuevo allí, se sentó en la roca más cercana y comenzó a dibujar – respiró y dijo –. Creo que necesito un vaso de agua.

¿Ahora? – dije

Sí, ahora, ¿Por?

Está bastante interesante.

¿Te gusta?

Me interesa.

Me alegra, ahora vuelvo. No tardo – bajó rápido las escaleras y trajo un vaso de agua. Mientras yo comprobaba si realmente era eso lo que ponía en el libro. No era capaz de creérmelo, esa persona no podía ser…

Ya he vuelto, siento haber tardado. ¿Continúo?

Por supuesto gatita – reí de forma falsa, no tenía ganas de reír, tan solo de escuchar, mas sabía que ella lo necesitaba. Era tan simple…

Él dibujaba su delicada belleza, sus ojos de cristal, su piel odiada por el sol, el tesoro de sus cabellos, su ternura, su inocencia; frente a sus ojos tan solo había una tímida niña… No era capaz de entender como alguien podía haber hecho daño a una criatura, y mucho menos a una criatura tan perfecta y hermosa. Sus rápidos pensamientos solo podían competir con su velocidad a la hora de pintar – respiró –. No cesó, podía verla, ya la tenía terminada, solo un punto, un punto en su costado que la haría eterna en un papel imperfecto y vulgar. Colocó el carboncillo, rozó el papiro, se incrustó ennegreciendo y dando vida a la obra maestra que despertaría a nuestra amada princesa. Primero un ojo, luego el otro. Ambos parpados al mismo ritmo, mas una visión primero. Su mano acarició su cara y sus labios nevados hablaron en silencio, solo el viento lo escuchó. Él se levantó de la piedra donde permanecía sentado y con cuidado, antes de que la bella mujer recobrara el sentido por completo, posó el dibujo en su estómago, junto a la herida sanada.  La princesa de cristal ya había abierto los ojos y comenzaba a vislumbrar el paisaje con claridad, aun así, no era capaz de encontrar respuesta a por qué ese lugar. Él ángel dispar ya había alzado sus blanquecinas alas y el viento ondeaba alrededor de su minúsculo cuerpo, cuando ella lo miró desde su reposo y él, antes de emprender el vuelo, giró la cabeza y sin sonreír la acarició con su mirada – respiró de nuevo y dijo –. Hermano, el tiempo a veces es indispensable, pero hay algo muchísimo más importante, el silencio.

Tú y tus frases, ¿dónde las encuentras? – reí.

Sabes dónde. Todo sale de mis sueños, son el sostén de mi futuro. Desde muy pequeña he necesitado escribirlos y, ayer, antes de lanzar los dados, cerré el primer círculo, así que, posiblemente, vuelvan las terribles pesadillas esta noche.

¿El primer círculo? – pregunté.

Sí, lo aprendí de un libro que elegiste una vez. Creo recordar que el autor era… Italiano. Nueve círculos componen el infierno.

¿Y por qué esa metáfora? – pregunté intrigado.

En el infierno está la persona que fue capaz de destronar al coronado.  En el noveno círculo está sentado a la derecha del fuego, sosteniendo el bastón que ha creado el reflejo de lo que nunca debió ser. Lo que empezó bien terminó sin acabarse, solo culminó la separación, mas no el fin. Al menos eso he podido aprender de mis sueños.

Ya veo…  – todo era perfecto… Todo salía como quería.

¿Me quieres? – me miró a los ojos como mirarías a tu hermano.

Claro que sí, ¿por qué lo preguntas? – y yo, sin pestañear, la mentí como mentirías a quien amas.

No sé, a veces pienso que tú corazón se enfría. No pasa nada, serán cosas mías – dijo mientras se limpiaba los ojos con la muñeca –. Mejor prosigo.

Sí, creo que es lo mejor.

La mujer se levantó despacio, aun le dolía el costado. Sostuvo en sus manos el papel sin apenas mirarlo y se acercó con cuidado al precipicio. No podía creer lo que sus ojos veían, un ángel –respiró –. Unas alas hacían de un hombre el fiero amante de los cielos y los envidiosos árboles intentaban golpearlo al pasar, ondeando sus tallos, mostrando su flexibilidad. No tardó en desaparecer, al igual que ella no tardó en recostarse sobre la misma piedra que antaño se usaba para dibujar – tragó saliva –. Esta vez…

¿Qué te pasa hermana? – dije preocupado, sé que puede sonar extraño tras todo lo leído, pero no había duda en que amaba a mi hermana, el problema residía en que el amor no tenía fuerza al lado del odio que me hacía caminar. 

Me estoy comenzando a asustar… No me está gustando esto – dijo con la cara empalideciendo.

¿Qué es lo que no te gusta? – pregunté.

¡Esto joder! Sé de qué manera van a repercutir todas mis palabras. Sé que nada acabará bien, lo he visto todo. No te quiero perder hermano…

No me vas a perder. Me conoces, y sabes tan bien como yo que cada uno forjamos nuestro destino.

¡Joder hermano, sabes que eso no es verdad! El destino no está escrito, el problema principal es quién lo escribe, y en este caso no somos nosotros.

¿Qué quieres decir? – pregunté esta vez preocupado, no me gustaba la idea de que alguien me estuviese manipulando.

¡Que Él lo sabe! ¡Me dijo que te lo contase! Estoy obligada, siempre estoy obligada – no podía parar de llorar, incluso me estremeció el corazón.

La abracé, no dudé en hacerlo y, casi sin pensarlo, la susurré al oído.

Hermana, no dejaré que nadie nos manipule. Somos libres, ¿entiendes? Crearé un nuevo mundo, donde todos podamos descansar tranquilos sin cadenas ni grilletes. Confía en mí, os daré la libertad.

¿Y qué pasa con Él y con mis sueños? – preguntó desolada.

¿Pero quién es Él?

No es nadie…  – dijo con miedo.

Hermana tienes que confiar en mí, yo voy a cuidar de ti – dije y la besé con ternura.

Ambos lo sentimos, aunque aun así, ella no dudo en golpearme y comenzar a gritar asustada.

¡Cállate! ¡No hables! ¡No tienes ni idea de lo que siento! – Gritó y gritó, no dejó de gritar, no podía hacerlo, necesitaba soltarlo todo.

 

Yo no lo soportaba, ¿por qué mi alma se caía a pedazos? Hay respuestas que están mejor escondidas. Ella estaba aterrada e iba por la casa destrozándolo todo, sin cansarse. Yo mientras permanecía en el cuarto en calma, esperando. Entendía perfectamente todo lo que me había contado, sabía mi destino y estaba dispuesto a cambiarlo, aunque también estaba preparado para nadar en su corriente. Una cosa era clara, no estoy interesado en el equilibrio.

Hermano, lo siento… – dijo y se sentó a en mis piernas – A veces no puedo controlar a la humana que hay en mí.

Hermana, tú no eres humana. Eres perfecta y te quiero.

¿Quieres qué continúe? – me sonrió.

Cuando quieras gatita – dije con la falsa sonrisa de quien actúa en un drama.

Nada se te puede negar – esta vez su sonrisa inundo la habitación, iluminó cada rincón limpiando de oscuridad hasta mi propio corazón –. Bueno, continúo, ¿por dónde íbamos?

No tardó en desaparecer, al igual que ella no tardó en recostarse sobre la misma piedra que antaño se usaba para dibujar. Esta vez…  – contesté.

Esta vez la mujer lo miró y, como quien mira un espejo se vio inmortal. Un sentimiento infinito la sobrecogió y la sanó el alma. Lo contempló todo en un momento, como quien mira un espejo, se vio a sí misma y, de esa forma, lo pudo ver todo. Solo contemplando su retrato pudo asimilar toda la información que había pasado y estaba por pasar. Se había enamorado.

Capítulo 10 – La visión de un Dragón inventado.

Hay múltiples historias sobre la creación del universo. Podríamos decir que todas son verdad y, por tanto, ninguna es cierta. Incluso, no sabría decir que fue primero, podría afirmar que yo lo creé todo, mas yo vengo de la nada y aquello que creé es una de las características de mi existencia. Por tanto, lo único que me atrevería a decir, es que aquello que yo construí fue lo que me convirtió en lo que soy. Es por eso, que después de tanto tiempo os puedo explicar mi opinión:

Múltiples historias han asolado a la tierra desde su comienzo y, la mayoría, no han sido más que reflejos de la anterior, desde la filosofía hasta el conocimiento científico. Desde muy temprano, el mundo se ha preocupado por dar explicación a lo que le rodeaba, a la realidad objetiva que era capaz de percibir y, para entenderlo, se han servido de distintas respuestas; religiosas, científicas, mágicas, excéntricas, irracionales, ilógicas, etc. Siempre ha existido esta necesidad y este sentimiento, siempre ha sido inevitable. Creían y creíamos que éramos conducidos por nuestra propia determinación y nuestra fuerza a un futuro únicamente creado por nosotros, mas si nos parábamos a pensar y a escuchar, hasta el más pequeño era capaz de comprender que si lo hacíamos es porque nuestro programa nos lo pedía. ¿Cuál era la respuesta? ¿A qué se debía la evolución? ¿Evolucionábamos porque existíamos o existíamos porque evolucionábamos?  La respuesta a ambas preguntas era obvia, el destino no estaba escrito, el problema era quién lo escribía, pues no hay cuadro sin pintor. Ese era el motivo principal, por el cual, cualquier respuesta a cualquier pregunta nacía de la mano del error. ¿El ser podría entender, o por el simple hecho de ser se te castigaba con la ignorancia? ¿Un ser que comprendiese dejaría de existir? La respuesta sería imperceptible si así fuese, por eso los creé, muchísimo antes de que yo naciese, dos bestias. Dos poderes infinitos que nunca miraban hacia fuera, eran incapaces de ver la realidad, en cambio lo veían todo. Dos ángeles opuestos y hermanos que comieron de mi alma la manzana de la sabiduría. Dos ángeles, el de la vida y el de la muerte, cada uno con dos alas, representadas por dos colores, la luz y la oscuridad. Ambos necesarios, uno traía, el otro se llevaba. Dos hermanos que se necesitaban. Mientras uno consumía el otro construía, uno alisaba el otro caminaba. El Águila y el Dragón, uno en la cima, otro en el subsuelo. Uno vigilaba otro roía, uno sin nombre otro con él. Siempre estuve enamorado de ese nombre…  Nidhogg. Uno reinaba en el cielo, otro en la tierra, uno sin nombre y otro con nombre. Siempre estuve enamorado de ese nombre… Lucifer.  (Al final he de reconocer, que quien parecía un dragón, era una ardilla y quien parecía un niño se convirtió en el dragón, pues la oscuridad también tiene las alas heladas de la cumbre.)

He de recordar, que lo denominé creación, pero todo esto fue bastante anterior a mi nacimiento. Es complicado entender los designios del tiempo, mas no queda otra que respetarlos. Yo cree las preguntas y potencie las respuestas, pero aún no es momento de seguir con su historia.

El mundo fue algo más complicado, algunos decían que fue creado, otros que fue causado, y otros que simplemente era la rama de un árbol permanente. Ninguno se equivocaba, al fin y al cabo, en el paraíso, un árbol sostenía la vida y la sabiduría, y no hay mayor causante que la nada. Llamemos ramas a las vertientes, y raíces al principio, conectemos todo en el infinito y tocaremos el caos, enfadando a la nada y provocando su aparición.

 

 

 

Una llameante luz.

Un fiero lobo amante.

 

Águila y dragón.

Dios e hijo, caos.

 

Tronco con huellas de amor.

Una ardilla caminante.

 

Cielo y tierra amados.

Arcoíris y longitud.

 

Nornas tejiendo a tres.

Normas y apocalipsis.

 

Opuestos y creación.

Semejanzas y verdad.

 

Dioses y falsedad.

Vida y determinación.

 

Antinomia y elipsis.

Eddas, ciencias del creer.

Capítulo 11 – El escriba

Nunca pensé que llegaría a escribir tanto, al fin terminé el primer círculo. Empecemos desde el principio. Ahora me encuentro en el presente y escribo, porque si no lo hiciera nada existiría, y debe existir, al menos eso dicen, no se puede destruir sin crear. Acabo de decir que escribo, pero no dije que lo que escribiese fuera mío, pues es de mi hermana.

Si el pasado os pareció complicado empecemos con el presente. Me encuentro en el centro neurálgico de la única ciudad del nuevo mundo, la podríamos llamar Mid. Iremos paso a paso. Todo comenzó con la gran explosión, o así lo llaman los nuevos inquilinos del mundo, conocidos como humanos. La ciudad está planificada en círculo y en el centro se encuentra la escalera al cielo, el puente del arcoíris, la innombrable; un enorme edificio que araña el cielo y en cuya cima se encuentra el hogar de los siete líderes; As; una cúpula esférica rodeada de espejos que absorben la energía solar y la reparten a la población, los humanos la llaman el cielo de cristal. Yo me encuentro debajo, en una biblioteca aislada de la ciudad y sumergida en las profundas sombras de la tierra, yo mismo le di nombre, es mi hogar, es Nif. Muchos estaréis pensando, un lúgubre lugar para una persona como él, sí, vivo en una biblioteca entre raíces, es mejor que la habite yo a dos locos (alguien lo entenderá). Prosigo, el único árbol de vida se encuentra en esta ciudad, todo el territorio salvo este vestigio de luz se encuentra congelado, y es conocido por los habitantes como Jöt, lugar de terroríficas bestias gigantes. Este drástico clima es debido a que nuestra estrella quedó atrapada por la ferocidad de nuestro satélite. Está fija en un punto, perpendicular a la gran torre, el resto es alumbrado por el sangriento lobo. Resultaría trágico si no fuera porque nuestro sistema funciona a la perfección, no hay tristeza en la cálida ciudad, la tristeza permanece congelada en el invernal territorio del gran lobo, el territorio de la estrella rebosa plenitud. Hace tiempo que no existen las necesidades. La curiosidad murió con el deseo y los sentimientos quedaron encadenados a la incompetencia. No nace niño distinto, no nace individuo que ligado a su alma no lleve la perfección. Todos ellos son gobernados, o más bien, administrados por los siete inmortales. Podría confundirse con una dictadura pero no lo es, nadie se pregunta nada, cada uno hace su trabajo, la elección murió con la esclavitud. No hay interés ocultos en el gobierno para con la sociedad.

 De los siete solo seis se encargan del gobierno, son conocidos como los sin nombre; mientras tanto el séptimo contempla desde la cima los distintos movimientos del planeta, todo el mundo le llama Águila. Incluso se dice que posee la habilidad de volar, pero nunca alza el vuelo, siempre permanece en el mismo lugar observando y protegiendo la vida. Y, ¿qué hago yo en las profundidades con tanto ajetreo en la superficie?, se preguntarán, y yo contestaré, ya os lo dije, escribo, porque alguien tiene que escribir. Recopilo la información de los infinitos libros de esta biblioteca y adapto el manuscrito de mi hermana a los acontecimientos. Ya no soy el mismo niño de antes, maduré, o eso creo, al menos por ahora abandoné la irracionalidad y me centré única y exclusivamente en recuperar a mi hermana, o al menos lo que queda de ella. 

 

Dame amor bella doncella.

Hazme cantar en el deseo.

 

Después de tanto tiempo, si se puede llamar así a la irritante fusión de lo futuro y lo pasado, la soledad me ha hecho perder el sentido común. Tengo arrebatos de cordura que convierten mis palabras en fuertes hondonadas de viento, sin embargo, no he abandonado la idea primigenia que da sentido a toda esta historia. Caminan por el mar, navegan por la tierra, endulzan el postre y saborean la tragedia. Inhumanas palabras de inhumanos  artesanos, indudables campanadas de pulsaciones religiosas. Canciones y más canciones de bellezas corrompidas por el tiempo, vulgar y fugaz galán, gran jugador y con suerte en la pasión. Seamos libres… siempre libres… Acariciemos la insonora música del altar de nuestros sueños y envolvamos la melancolía en la funda de la almohada, pues el nuevo mundo ha llegado y la alegría se desvaneció con la realidad, ya no queda más opción que convertir el polvo en cenizas y las cenizas en vacío para tintar de negro la cristalina agua del pozo de nuestros deseos. El concepto morirá, no queda tiempo. Las miradas secuestrarán a la piel y se posara en las venas, arañando cuidadosamente las lágrimas del pasado. Déjame llorar angelito, ya no soy un niño, ya no soy tuyo. Soy alguien, soy algo que cambiará el cosmos. Soy el Dios que acabara con el altísimo y descubrirá el abismo de demagogia que transformaba la verdad en un cuento. Da fuego al dragón y fumará del humo del incendio. No somos muchos, estamos solos, somos risueños, somos odio… Dame fuego y seré tu dragón princesa sin alas. Seré tu dragón hermoso reflejo del verdadero lugar, devuélvele el reino al valeroso espejo de cristal.  

 

Dame amor bella princesa.

Resuelve el enigma.

Sé precisa princesa,

pues la soledad anida

en el interior de la multitud.

Seamos hermanos princesa.

Seamos amos de la belleza.

La muerte sigue la recta

de la escandalosa rectitud.

El caos vendrá, esperamos.

El río desembocará y embarcaremos.

Todo acabará siendo todo

y el todo sucumbirá a la superficie.

La tierra removerá los cimientos

y el todo sucumbirá a la nada.

No es un poema, solo son palabras.

 

Bella princesa muere amada y, el dolor, el pesado dolor, será largo y especial en el último beso.

No son locuras, a veces me lo pide el cuerpo. Tanto tiempo enterrado en las únicas raíces que reciben luz solar requiere de desahogo, el gran escritor de dominio público. Continuaré con la historia no os preocupéis.

Capítulo 12 – Princesas y algún que otro caballero con la conciencia perdida

Se levantó despacio, un nuevo día había comenzado. La habitación era coloreada por un pintor en llamas, una estrella con nombre, Ra la llamaba el desierto, pero no seamos tan profundos. Se despertó envuelto en el calor de la mañana, aromatizada por el sol azul, el fuego de la esperanza (Sé que a veces no soy muy fidedigno con las estaciones, pues no me acuerdo. Además siempre he preferido que los recuerdos sean impregnados de sensaciones no de realidad, la realidad pudre la madera). Digamos que era invierno, un día demasiado cálido para un año tan frío. La habitación era moderna y las vistas hermosas, sobre todo si se considera bella una ciudad que oculta al sol. A su parecer lo era, y más al contemplar como el sol se enfrentaba cara a cara con el naturalismo, dándole la espalda, dejando ver su estela en el cielo acuático.

Abrió la puerta y salió al pasillo del nuevo siglo, quizá demasiado moderno para un hombre tan apartado de la realidad. Bajó las escaleras despacio, todos sabemos que la mañana es cruel para nuestro preciado sentido de la vista. En cuando pisó de nuevo el suelo sintió que su cuerpo se recomponía, volvía a su estado normal tras una pose inadecuada en una cama que rechaza tu peso y tu comodidad. Lo primero que vio fue a su sobrina jugando a algo que podría considerarse desastroso, incluso interesante, dos hombres a caballo intentaban conquistar el castillo de su amada. Él lo miraba con normalidad, mas en su fuero interno surgió una contestación espontánea y adecuada: “Lo harían más rápido volando”.  No la escuchó, estaba demasiado recompuesto y estable en el nuevo continente. Su locura se había evaporado y su humanización recuperaba su transcurso habitual.

¿Cómo es que tu hija no juega con muñecas? – dijo Alberto frotándose los ojos.

Ya te dije que tenía algo de ti, le gustan esas estupideces románticas. Caballeros y damas, toda esa propaganda televisiva e infantil está convirtiendo a los niños en ingenuos idealistas que anhelan tiempos pasados, no en seres racionalistas que miran por el futuro. Da asco – dijo Santiago sentado en la mesa del salón, leyendo un periódico y desayunando una rebanada de pan con mantequilla.

Papa, a mí la tele me gusta. Me encantan las películas de caballeros que rescatan a mujeres atrapadas – dijo la pobre niña que al oír a su padre se sintió culpable.

No eres tú, hija, es la mierda de televisión propagandística. Tú puedes hacer lo que quieras, por ello eres mi hija. No eres como los demás, recuérdalo – dijo sin apenas prestar atención a su hija, continuando con su desayuno y su arrugado periódico.

No has cambiado nada hermano, ayer tuve alguna esperanza, pero estás perdido.  Pequeña, no hagas caso a este viejo ogro – rio Alberto, rio la niña –. La televisión no es mala, tan solo los ojos que la ven y recuerda que eres diferente pero no por tu padre, sino por ti misma. Están muy bien esas historias, sin embargo, nunca dejes que te salven, sálvate tú misma, no vaya a ser que vaya a por ti un hidalgo manchego.

¿Un qué? – preguntó la niña extrañada.

Una estupidez, es tu tío. No le hagas caso – dijo Santiago contenido.

No te enfades ogro gruñón – rio Alberto de nuevo –. Bueno pequeña voy a desayunar algo, si tiene que morir alguien que muera el caballero, nunca la princesa – sonrieron.

¡Alberto! No le digas eso a la niña – dijo Santiago.

¿Y las barbaridades que has soltado tú antes sí? No me jodas hermano – rio Alberto y se sentó en frente de su hermano para desayunar algo de lo que quedara.

 

Sus miradas se juntaron entrecortando el ambiente, como si lo contaminaran de tal forma que el dióxido ni siquiera quería ser respirado. Dos hermanos frente a frente, conversando, desayunando, discriminando sus consciencias, dejando lugar al vacío y a la indiferencia. Nada trascendental acontecía, tal es así que hasta a mí me aburre contarlo y eso que estuve más cerca de lo que pensáis, o quizás muchos ya saben cuan cerca estuve. Pero bueno, todos tenemos una historia que contar, ¿no creen?, escuchen (lean, para los antisinestesia) o cuenten la vuestra propia.

Ambos estaban cansados el uno del otro, mas no les quedaba otra, tenían que estar delante el uno del otro aguantándose y fingiendo que era carnaval.

¿Cuánto te vas a quedar? – preguntó Santiago con total indiferencia, es decir, aparentando total indiferencia.

Sabes que no lo sé. Tengo algo ahorrado, buscaré algo de trabajo por aquí y, en cuanto pueda, buscaré alguna casa en alquiler – respondió Alberto.

¿Sabes algo de los del seguro?

No, tengo que llamar. Aunque ahora que lo pienso no tengo los papeles aquí, todo estaba en mi casa. Por no llamar no he llamado ni a la policía, perdí el móvil.

¿A la policía por qué?

Hombre, tendré que decir que sigo vivo. Desaparecí el mismo día que mi casa se destruyó.

Pero ahora que lo dices, ¿si no tenías móvil como me llamaste?, recuerdo que salía tu móvil en la pantalla de mi teléfono.

No tengo ni idea, tengo los recuerdos un poco confusos de ese día.

Eres un desastre hermano– Santiago se levantó de la mesa y se fue.

 

 

Dicen que guardo un sentimiento, un corazón envuelto en áspero papiro egipcio. Una canción mal compuesta y permanente que risueña suena en el seno de un águila llana que sobrevuela el pastoso cielo.  Un cuadro infantil, compuesto en do mayor, con pinceladas del temprano ayer y del frío otoño, aspirante al melancólico canto de un lento ruiseñor. Transpirado constipado que entra con facilidad en calor y anhela una brisa mejor; observador y amante del compuesto teclado y conspirado oxígeno.

Dicen que tartamudo canté y me deslicé por el suelo con zapatos de ballet, resbalando en el corrosivo parqué, cayendo de costado y atravesando el sueño que forjé. Aprendí, lo notaba, pues el mal caminaba por la vertebral de mi espalda y, despacio, acariciaba, con su insana delicadeza, el contrastado núcleo de mi tormento. Era y acababa, pues al segundo renacía tejiendo mi piel con la niñez de un hilo, tan diminuto que la notoriedad escaseaba.

Dos, uno, tres… El número se apoderaba del momento y el contar se convertía en el hastío del placer. Era como ser capaz de ver al ingeniero de la imperfección envuelto en un drama griego, discutiendo con aristócratas sobre el principio de la nada. Era hermoso comprender que la sangre fluía por una red luminosa dentro del ser, pintando con acuarelas una recta difuminada que daba a la vejez. Mi cuerpo ardía y mi visión escaseaba, pues guardaba un sentimiento amedrentado por haber intimidado al insaciable terror, cuando, envuelto en lágrimas de porcelana, rogaba una nana al pastor, ya que no hay mayor ternura que la voz del hermoso príncipe que hace de su pueblo la muralla contra el añorado viento del norte.

Dormí; puse fin al comienzo del adiós.

Capítulo 13 – El invernadero

El cristal transparentaba la vergüenza del invernadero, el grandioso castillo que resguardaba a sus verdes criaturas en el interior de su autoestima, un templo capaz de legitimar el grandioso poder de cualquier torre y señor.  Tres partes de un mismo todo iluminadas por un sol que traspasaba sin permiso por el cristal más puro de todo el continente, si se podía llamar así a un mundo inmerso en la oscuridad. Él estaba allí, pero, por primera vez, yo, el escritor, el narrador, no sabía quién era y, por supuesto, mi hermana mucho menos. A veces miento al narrar, pues en realidad es evidente que él sabía quién era, porque como dije solo soy el transcriptor de una melodía cantada suave por mi hermana, envuelta en papel diferenciado por el color de su naturaleza.

Él caminaba lento, como quien se inmiscuía en territorio privado e inconexo con su privacidad. Con pies de plomo, deslizándose por el manto del acuoso césped, que, con su superficialidad, rozaban ligeramente los zapatos del visitante. Su mirada era contundente, sus ropas londinenses deambulaban por los grandes éxitos robados de Grey y su sombra, inmersa en la oscuridad transparentaba la verdadera razón de su existencia.

Una larga escalera se adentraba en la mismísima cima del tenebroso hogar de la inspiración. Paso a paso iba ascendiendo sin recordar la introspección, una maquinaria creada para andar y para creer. Un eslabón perdido debajo de un sombrero bien ornamentado y dispuesto a manchar de odio su opulento bastón. El cristal de su cerebro marcaba la hora del reloj de nunca jamás y su visión idealizaba un cortometraje en lo alto de un templo dispuesto a ser envidiado por el Olimpo.

Sus pasos eran firmes y concisos, su futuro era el escalón; el cual era pisado tan solo una vez por el cimiento del cuerpo humano; y su distracción era reflejo de su carácter alternativo; mas con su inexistente atención llegó, rápido, caminando lento y contempló la figura de un hombre sentado, arrastrado por el tiempo, inspirado, sabio, refinado en el interior de un cuerpo; un verdadero hidalgo invisible.

Llegas a tiempo.

Para no llegar, siempre hay un momento en el que hay que estar.

Sabes que no necesitamos hablar, pero me resulta hermoso usar este lenguaje, convierte los sueños en un empirismo disociado.

¿Qué tengo que hacer?

Lo que tú desees, tan solo te he llamado para que tuvieses claro que algo había que hacer.

¿Ninguna pauta?

No, eres ya alguien para determinar tus acciones.

¿Y si no cumplo con tus expectativas?

Pues, al final, morirás, como todos.

¿Me matarás?

Yo no, el tiempo.

Entonces tú.

O tú, al final no eres más que otra parte de mí.

Pero, entonces, ¿por qué no me dejas libre?

Eres libre.

No, soy parte de ti.

Y yo.

¿De ti mismo?

No, de ti.

Entonces, ¿Por qué no separarnos?

Estamos separados.

No, ambos somos uno, aunque tú tengas el control.

Yo no controlo nada.

¿Y por qué estoy aquí esperando tus órdenes?

Porque lo necesitas.

No, yo necesito ser libre.

No, porque ya lo eres.

No, no lo soy, sino estaría forjando mi propio destino.

Y eso estás haciendo, me necesitas.

Nunca te he necesitado.

Es indiferente, estás aquí, nada más. Eres libre para hacer lo que tengas que hacer, mas ya sabes que algo hay que hacer.

Me estás condicionando.

No, te estoy informando. Siempre puedes no hacer nada.

En ese caso estaré haciendo algo.

Por tanto no tienes elección.

Por tanto no soy libre.

Es decir, que tu libertad está condicionada por lo que eres.

¿Y qué soy?

Algo.

No soy nada…

Exacto.

¿Quieres que me vaya?

Quiero que hagas lo que quieras hacer.

Yo quiero ser libre.

Ya lo eres.

Lo sé.

Todo hablado pues.

Sí, me voy.

Adiós.

Volvió a bajar las escaleras muy deprisa, caminando muy, muy lento. Pensaba en lo que acababa de escuchar, pero pronto comenzó a vaciar su mente y a dejarse llevar por el impulso de lo impulsado. Al tocar de nuevo el suelo gravitacional del espectacular invernadero intelectual, dejando atrás el pasillo escalonado hacia la nada, admiró la delicadeza del océano en la mirada de la verde vida mientras la puerta omnipresente se cerraba ante su espalda. El frío recorrió el hostal de la opulencia y el cristal en vegetal se convirtió tras asimilar en su interior unas nuevas plantas cristalinas, anteriormente envueltas en una vida de soledad oxigenada. Y, entonces, como quien admira la belleza del sol marchito en primavera, nuestro camuflado personaje, el cual iba inmerso en un paradigma metafórico, se encontró contemplando la suculenta imagen de una preciosa joven de mediana edad. En realidad decir preciosa era como traspasar a través del espejo y comparar un mediocre reflejo con la empírica realidad de la hermosura. Él nunca la había contemplado, al menos no en persona, más yo sí y puedo corroborar estas palabras que estoy escribiendo, obviamente.

Necesito su ayuda – era como preguntar a un fantasma, pues la sombra humanizada caminaba sin pensar, sin deteriorar su imagen fugaz y maquinal –. Sé que me oyes y necesito su ayuda. Sabes perfectamente que mi objetivo es perfectamente razonable y concuerda con los vuestros, sino no habría venido – su voz acariciaba el aire con tal delicadeza que el propio cielo sintió cosquillas en la barriga y sopló hacia su piel obsesionado con rozarla –. No puedo creer que el hijo del señor de este castillo no sea capaz de responderme, cuando sabe que es capaz de todo, por mucho que las situaciones lo limiten.

Has cambiado mucho Elisabeth – tan solo utilizó esas palabras, que asesinaron con delicadeza y brutalidad al cesar de la vida –.

Las personas, incluso los dioses, o en mi caso, los híbridos, envejecemos y, por tanto, maduramos a la par que el tiempo – su rostro mostraba la desesperación de una flor marchita, la poca desesperación que se puede apreciar en la flor más bella jamás creada.

Sabes perfectamente a lo que me refiero, yo te vi desde el principio, tu dulzura iba unida siempre a la locura propia de tu familia y, ahora, tan solo eres una vieja amargada con la belleza de una diosa envidiada.

¿Y qué esperaba al concederme el don de contemplar el futuro, el más vulgar y deplorable futuro? ¿Al comprender que el universo se complica infinitamente al ponerse el sol? – una pequeña lágrima asomó por la ventana con la rabia de haber sido defenestrada. 

Yo no te concedí ningún don, fue mi padre, y sin ese don no estaríamos hablando ahora mismo, y tampoco existirías – sus palabras eran lentas, apaciguadas, desganadas, monótonas, atonales, en definitiva, frías. 

Quizá hubiera sido mejor no existir., todo hubiese sido mucho más fácil… – sus palabras iban perdiendo fuerza como en el final de un compás dispuesto a dar fin a una larga travesía musical.

No tenías esa opción, y no tendrás ninguna otra opción – sus cuerdas vocales se congelaban al hablar.

Por eso he venido a pedirle ayuda, la necesito, mi hermano está a punto de cometer una estupidez.

Tu hermano está condenado a la oscuridad y no volverá nunca, mas por qué ayudarle, siempre te despreció, incluso te abandonó.

Lo amo…

El amor no es más que el reflejo del odio. Un sentimiento innecesario catapultado por la esperanza de salir del abismo de la soledad y de la dictadura del pesado y angustioso odio que convierte tu vida en una eternidad de amargura e incapacidad, algo que, por su puesto, muy pocos pueden soportar.

¿Cómo puede pensar que el odio es realmente el fin, el objetivo?

No es un pensamiento, no es una idea, es un sentimiento. A través del odio nos conocemos, logramos exprimir la bondad de nuestro interior, aprendemos a vivir controlando todo lo que nos rodea, incluso a nosotros mismos. De hecho, tu hermano es uno de los mayores representantes de esta tendencia, ha llegado al punto de ser capaz de sacrificar su propia integridad para dar caza a su amo.

¡Le está consumiendo! ¿¡Cómo puede decir eso!? – sus gritos resonaron en la sala y su voz se debilitó, impulsando sus lágrimas a abandonar su cuerpo.

La verdad no es aquella que quieres oír, tan solo es el reflejo de la convención impuesta por aquellos que tienen la capacidad de elegir – Elisabeth cayó al suelo, golpeando con sus puños el suelo con fuerza, quemándose la piel, la cual al instante reconstruyó el tejido y volvió a su blancura original.

¿¡Y qué he de hacer!? ¿¡Dejar que se consuma!?

Esa no es tu decisión, lo único que puedes hacer es acelerar el proceso.

Entonces te mataré – su mirada cambió, el odio tornó de rojo sus delicados y dulces ojos.

No lo harás, no puedes. Tan solo la mísera idea de intentarlo me produce ardores de risa.

Te mataré – su ira se iba concentrando, tensando su cuerpo, produciéndola espasmos musculares que en un momento, incluso, la hicieron flotar.

Ensucias tu belleza con tanta agresividad, aunque en cierta medida me estás dando morbo – rio, mas no de cualquier forma, fue extraño, una mueca entre perversa y apática (me sorprendía que hubiese predicho esto mi hermana y no hubiese huido).

Sé lo que sucederá, mas da igual, cambiaré el destino, debes morir.

No lo haré gatita – al oír ese nombre, el dolor de Elisabeth se desplomó en su alma con tanta fuerza que destruyó su belleza, su espíritu y su disposición. Su cuerpo se elevó entre la oscuridad y fue desapareciendo entre las sombras…

Capítulo 14 – El ángel barquero

Habíase impregnado del sentimiento más enfermo y fugaz de la raza humana. Su alma había renacido en un dibujo expuesto a un folio en blanco y su simetría componía una perfecta oda a su sonrisa. No era capaz de cesar de sonreír. Su mirada se hipnotizaba así misma cuando los gusanos correteaban por su estómago y, sin capullos, volaban como mariposas en el vientre de una humana que, con su belleza, con su interior, cambiaría el mundo desde dentro – respiró.

Nunca mejor dicho – contesté sin venir a cuento.

Sus preciosos ojos verdes tan solo buscaban al ángel que mató al príncipe y la salvo de las garras de las tinieblas. Su amado arcángel de blancas alas, al cual imaginaba recorriendo el cielo, contemplando el paisaje, endulzando las flores con su aroma despreocupado, cantando al alba y llorando a causa de la brisa primaveral – paró sin razón aparente, permaneció estática con la mirada perdida.

¿Qué te sucede ahora hermanita? –pregunté más interesado en que continuase que en lo que realmente le pudiese suceder, aunque, por supuesto, me importaba, al fin y al cabo era mi hermana y la amaba.

¿Eh?, ah, lo siento. No, no me pasa nada, tan solo pensaba – dijo con la cabeza en otro lugar.

¿En qué pensabas gatita? – pregunté ahora intrigado.

En nada, en todo, mi mente flotaba. Envidio ese sentimiento, el mío es más corrupto.

No te entiendo, ¿cómo que más corrupto?

Mi amor por ti hermano, lo sabes muy bien – dijo con la voz seca.

Nuestro amor es único y, por tanto, diferente, no pienses en eso. Nunca amaremos como lo hacen los demás.

Lo sé, pero… no sé, da igual. Continúo.

Sí, será lo mejor – contesté centrándome únicamente en mi interés.

Pasó tiempo, pero ella no lo olvidó, y él fue incapaz de seguir buscando, pues ya lo había encontrado – sollozó –. La hermosa doncella de cabellos dorados regresó a su hogar, deambuló por una realidad efímera y desinteresada, contempló la superficialidad y la añoranza, la frescura y la opulencia. Lo amaba, y eso era del todo inevitable, ya no era ni sería la misma. En la lengua de los humanos diríamos que su corazón había recorrido un pasaje abrupto y decidía encomendarse a otro individuo, quería dejar de pertenecer a la persona en la cual nació para renacer en posesión del amado; mas en nuestra lengua el alma misma entró en contacto con otro portador, encontrándose así en el paraíso donde nada se puede volver a separar y, allí, se unificaron – respiró.

Demasiadas ñoñeces – dije en un arrebato de inmadurez.

 Yo tan solo transcribo la historia – me miró y continuó leyendo –. Mientras ella, recostada en el fuego de un hogar cálido contemplaba el dibujo de su insaciable placer, él lloraba. Sí, lloraba, los ángeles también lloran cuando les llega la impotencia. Era ciego, inhumano y sabía demasiado, no sería ético abrazar a una humana y mucho menos sentir aquello que sentía, incluso había sido precipitado rescatarla. Por muy unidas que estuviesen sus almas, él provenía del abismo – se giró y me miró esperando la pregunta.

¿Qué abismo? – pregunté complaciéndola.

Un abismo oscuro, intangible, irreal. Un mundo inexistente en un punto donde la realidad exigía una contradicción, una excepción. No fueron hijos de, ni creados por nadie, fueron una especie sin evolución, una canción olvidada, un destello en la razón ilógica de un escritor, un principio necesario. Es decir, fueron creados por y para nunca haber sido creados, aun, obviamente, con un objetivo.

¿Por tanto ese es nuestro hogar? ¿La nada? – pregunté sin pensar mucho en las consecuencias.

¿El qué? – dijo sorprendida y sin darse cuenta que ella misma había dado respuesta a su pregunta.

Nada, tonterías mías, continúa – dije intentando salvarme de ese fatídico error.

Él era consciente de su existencia, mas como quien dice, un amor imposible tan solo es un amor posible idealizado, en realidad, todo amor es y será idealizado – soltó el aire sin más.

¿Desde cuándo introduces valoraciones personales en tus relatos? – pregunté.

No lo sé – cerró los ojos y me besó, no lo pude evitar, y tampoco quería…

Me recostó en la cama despacio, sin frenar el roce, sus caricias inundaron mi espíritu desgarrado y sucio con belleza y perfección, pero pronto mi cuerpo las expulsó, dejándose llevar por el placer. Un placer incoherente e insuficiente que perfilaba mi interior y construía castillos de arena en la mente de un escritor desesperado.

Todo acontecía en la cama de una habitación. Una habitación frente a un pasillo nada interesante. Unas escaleras descendían, y en la planta baja unos dados petrificados. Un cuadro, un padre y un silencio depredador que recorría cada esquina. Un silencio que alentó al padre a subir por las escaleras. Un silencio que asesinó al chirrido de la madera. Un silencio incapaz de detener a un ciego que subía despacio, escuchando. Un silencio que abrió la puerta y observó invalido la pasión encarnada. Un silencio que asombró a un muchacho sudoriento. Un silencio que marcó una mirada incómoda y desapareció con el anciano padre en el inmenso espacio.

¡Padre desapareció! – grité.

¿Qué? – preguntó mi hermana sorprendida, debido a lo que evidentemente todos pensamos.

¡Padre desapareció, apareció en la puerta, y sin más se esfumó!

¿Se movió? ¿Nos vio? – preguntó mi hermana asustada.

¡Qué más da eso hermana!, ¡Desapareció! ¡Joder, desapareció! – la empujé y la aparté de mi lado. Me senté apoyando las manos en la cabeza.

¿Cómo ha desaparecido? ¿Por qué ha subido? ¿Qué quería? – preguntó desconcertada.

¡Eso no importa! Ese cabrón era la única llave para huir de este infame lugar y ha desaparecido, ¡Desaparecido! – lloré, lo reconozco. Mis lágrimas cayeron y arrasaron con todo –. ¡Continúa! ¡Continúa la historia!

¿Ahora? ¿Por qué?, ¿no deberíamos buscarlo? – preguntó cada vez más desconcertada.

Ha escuchado algo, y quiero saber el qué, ¡continua!, no puedo permitirle que fortalezca este lugar.

Vale, vale – se recostó y continuó leyendo –. Ambos sentían la conexión, pero ninguno era capaz de aproximarse, de buscarse. Entonces ocurrió, algo asombroso y deslumbrante, o mejor dicho, algo inesperado – resopló –. Llovía, o más bien debería llover. Su madre había muerto. El calor del cielo alumbraba la solitaria tumba de la madre; de la insignificante mujer que dio vida a la importante niña de los cabellos dorados. Ella permanecía estática. Miraba entre lágrimas punzantes el suelo mojado por la luz, contemplaba la lápida con el epitafio menos largo en la colina, donde la primavera había decidido no actuar. Ni sus tristes lágrimas eran capaces de hacer brotar una flor, tan solo cohabitaba la arena con la lúgubre y fina hierba. Entonces sucedió, un pájaro bajó del cielo, descendió entre los árboles, a la par que la luna aparecía expulsando de sus dominios al sol pasivo. Ella, sin asegurarse, se emocionó, era su ángel, su amado había descendido del cielo para consolarla, para llevarla con él, mas desconocía la realidad, pues por todos es desconocida antes de escribirse. No era su amado ángel, más sería un demonio, o, en definitiva, un cuervo. Sus alas negras resoplaban desolación y su cuerpo humano impoluto y perfecto contradecía su larga y morena melena. Le denominamos cuervo, pero bien podríamos llamarle ángel, mas no cualquier ángel, uno oscuro, un mal presagio, pues al tocar el suelo se impregno de enfermedades y el cuerpo antes perfecto se elevó en polvo hacia el cielo, siendo rescatado suavemente por una cajita de madera portada por el individuo al que nunca nadie querría ver y que, a la vez, muchos desearían conocer. Él actuaba sin prejuicios, olvidándose de la bella y silenciosa mujer que frente a él esperaba comprimida, pero la presión estalla y así sucedió – paró un segundo y continuó –. Ella, tímida y sorprendida, le preguntó; Quién eres; a lo que él, aún más sorprendido contestó; Cómo es que eres capaz de verme; ella lo admitió, no lo sabía. Nadie puede verme, tan solo mi familia; confirmó. Ahí estaba la respuesta, ella era su familia, el hermano de la muerte había transformado su delicada y monótona vida en una tragedia transversal y la muerte pícara, pues por ello es la muerte, lo entendió; Has conocido a mí hermano y, por supuesto, te has enamorado de él. Ella sonrojada se mantuvo en silencio contemplando la magnificencia del amo de la puerta a la nada. No te preocupes, no te haré nada, tan solo soy un barquero; dijo. Ella lo miró, su belleza surcaba los mares. Una belleza exótica, ajena a la compresión humana, pero en cierto modo ella ya no era humana, era parte de un entramado del destino más fuerte que su propia existencia. Tú sabes entonces dónde podría encontrar a esa persona; preguntó, a lo que fue contestada con; A mi hermano…; y, de nuevo, pero esta vez sin sorprenderse, pues parecía evidente; Sí, a tu hermano. Camina tres horas por el sendero paralelo al sendero convencional y encontrará la entrada a una cueva, la cruzarás, y te encontrarás a la salida con un bosque en permanente diluvio. En el centro de ese bosque hay un pozo, allí se encuentra mi hermano esperándote; dijo; Allí fue donde corrí perseguida por mi ex-prometido, sé dónde es, cómo es que no lo vi antes; contestó, y de nuevo el ángel de oscuras alas contestó; Nadie lo ve, solo quien quiere que lo vea; y salió volando sin despedirse con el cuerpo entre sus brazos.

Capítulo 15 – Las ideas siempre son fuego de dragón

Haré un pequeño parón antes de proseguir. ¿No os parece que últimamente aparezco demasiado? No sé, quizá, quién sabe, nunca fui escritor, sin embargo, a veces, me gusta plasmar algún que otro sentimiento inesperado y, por encima de todo, amo lo complejo, quién me diría que lo simple se haría tan aburrido; hasta mi libro, el cual ni entiendo, es un producto demasiado simple y todos conocéis a mi hermana. El caso, me gustaría contaros una historia, pequeña, ajena e inmersa en esta liturgia, es irrisoria la ironía (más bien no). Todo comienza con un principio (obvio), un terrorífico principio. Era las cuatro de la mañana en un mundo oscuro, envuelto en la guerra más fugaz y más trágica de los últimos años imaginarios. Una familia, una curiosa y enigmática familia de magos ortodoxos de la religión de la llama azul; me gustan los nombres simbólicos, sobre todo aquellos que reflejan la absurdez de la fantasía, ya que al final no es más que palabras escritas de una forma imaginativa y aleatoria, pero gusta y eso es lo importante. La hija pequeña estaba a punto de parir lo que en nuestro mundo es conocido como un pequeño dragón, aunque en este contexto podría alterarse un poco el concepto, pues no tenía alas, ni escupía fuego, era un bebe normal, pequeño, adorable, y desubicado; el cual buscaba con ansía el calor de su fría madre. Tan solo podríamos apreciar una diferencia entre él y cualquier humano, ese diminuto omnívoro nacería lleno de escamas, con unos ojos amarillos propio de los reptiles más siniestros. En definitiva no era más que el hijo de unos magos anclados en unas costumbres anticuadas y despreciables que en el futuro entendería el pasado como el fugaz paso de un tiempo interminable, pues los dragones son inmortales y para ellos el tiempo no es más que el transcurso inesperado de un mar que no sabe evaporarse.

El crío envuelto en sabanas de desprecio creció arropado por una familia no muy dada a conservar el calor de la infancia y del amor. Tan solo lo alimentaban y lo lanzaban a las llamas para que se divirtiera un poco esquivando el fuego abrasador, el cual le producía unas cosquillas aguantables y a la vez molestas en su espalda cicatrizada. Poseía la sangre de los antiguos dragones, poderosas armas del caos que dominaron el mundo antiguo en un pasado invisible, mas no por ello menos revuelto y eficaz. De esta manera su inteligencia se desarrollaba de un modo poco habitual, era capaz de todo lo tardío a temprana edad, además de transformar en posibles los deseos y los posibles en verdad. De la jaula al cuarto y del cuarto a la jaula, toda su familia lo temía. Era un niño envuelto en odio, un hijo de la nada convertido en la esperanza del todo. Así son algunos, risueños y admirables, mediocres e imprescindibles. Un dragón, sinónimo de necesidad y alegoría.

Llameante y atrapado en la locura de cuatro paredes, aproximándose en su mente, bifurcaba pensamientos envueltos en el fuego más oscuro que la humanidad había conocido jamás. Muchos dicen que los niños provienen del mal, otros que son lo más puro que hay en este mundo cruel e irregular, nada que decir. Un dragón no es un niño, al menos no uno común, tan solo es hijo de las llamas, aunque muchos pienses que ángeles o dioses estuvieron detrás, la realidad es que el caos tan solo es hijo del ardor del tiempo. Él no era menos, convertía el agua en arena, y la arena en un reloj, pues era capaz de controlarlo todo y al mismo tiempo transformarlo en calor; y aun así, nunca era suficiente, siempre había algo que le atormentaba. No era su esclavitud, no era su cárcel terrenal. Aun así escapó, un día, una noche, voló, convirtiendo en cenizas su hogar, el templo donde nació, con su insignificante familia en su interior. Voló bien alto, ¿cómo?, sin alas, pues él no necesitaba moverse, todo su alrededor se movía a su antojo. Hacia delante, hacia atrás, su cárcel se convirtió en mares, océanos, desiertos, montañas, prados, espacio, planetas, estrellas y todo regreso al dorado iris encima de algún lugar de cuyo nombre sería imposible acordarse, pues aún no había sido descubierto. Ahí se encontraba, ahí transitaba, en movimiento, estático, era indiferente, démosle una ubicación. Allí entre las estrellas que alumbran al navegante, entre los planetas que nos hacen soñar y la oscuridad de la que provenimos se encontraba, un dragón, un pequeño niño envuelto entre la cálida sábana de la circunstancia y del azar, capaz de asimilarlo todo, capaz de apreciar los recónditos lugares donde nadie ha estado ni nadie estará pues en ese momento como todos los dragones…. se extinguió.

Cuervo sin alas. 

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4 Replies to “El paraíso de una mente perdida”

  1. Gracias por escribir, por escribirlo. Las bellas descripciones en tu relato me transportan a tu mundo. Son maravillosas, oníricas, surrealistas y a la vez palpables y reales. Las sensaciones que transmites son de una profundidad que eriza la piel.
    Toda creación comentada no es nada en comparación con el acto mágico de crear, de escribir, de expresarse. Y aún así al compartirlo con el resto del mundo, la persona que lo valora pasa a formar parte de esa magia.

    1. Muchísimas gracias por tus palabras, ayuda mucho escuchar bonitas palabras acerca de lo que uno hace. Me alegro de verdad que te haya gustado.

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